Amor de hermano

CUENTO

 

Amor de hermano

En el momento en que escribí la carta fui feliz. ¿Cómo no serlo? Cinco horas antes por fin había logrado deshacerme de la cobardía, después de tanto, había logrado llegar hasta ese momento en el que mi imaginación tantas veces se había recreado: había tomado, finalmente, la decisión irreparable, casi podía sentir la liberación. Me senté frente al escritorio, encendí el flexo, tomé un papel en blanco del montón y un bolígrafo negro del portalápices que siempre ha permanecido sobre la mesa, junto a la pantalla del ordenador y el montón de facturas acumuladas de luz, agua, y gas y folletos publicitarios. Empecé escribiendo sólo su nombre, pero se trataba de que en esa carta hallara el consuelo amoroso de un hermano que se despide para siempre, de modo que opté por coger otro folio en blanco y abrir el texto con un, querida hermana, lo cual sabía que la haría romper en llanto antes incluso de leer el resto de mis confesiones.

Porque ésa era, precisamente, la primera de ellas: en ese saludo admitía que sí la había querido, algo que, por otra parte, ella continua dudando aún hoy debido a la absoluta frialdad y distancia que siempre procuré mantener con todo ser humano.

 

Seguí escribiendo que sentía ser el culpable de su tristeza en ese momento en que suponía que ya habrían encontrado mi cuerpo, pero que esperaba que tras leer esas líneas, se sintiera mejor. No quería extenderme. No pretendía divagar sobre el calvario que había sido mi vida desde que me expulsaron a ella, pues ¿Cómo explicar que este suicidio era en realidad mi nacimiento? Cómo hacerle entender que eso que había acontecido cuando mis pulmones se abrieron por vez primera al mundo en aquel quirófano del hospital La Candelaria, bajo aquellos tubos fluorescentes que lo llenaban todo de una gélida luz blanca, con nuestra madre aún abierta y sus muslos y el vientre ensangrentados, en realidad no había sido el inicio de mi vida: había sido mi llegada al infierno. Por ello, desde el principio decidí ser escueto, expresar lo esencial y necesario para que su dolor pronto encontrara alivio. Proseguí, entonces, con la confesión más importante de todas. Escribí: “No ha sido tu culpa. No hay nada que pudieras haber hecho para evitarlo. No es tu culpa. No es tu culpa. No es tu culpa. No es tu culpa. No es tu culpa”. Lo repetí cinco veces porque así me pareció que esa verdad se le metería muy dentro y de esta forma le haría más corto el camino al sosiego.

Tras estas palabras, me dispuse a relatar el motor de mi desenlace, de un modo, como ya he dicho, sucinto, pues a fin de cuentas mi hermana no tenía por qué enterarse de la tortura que desde el mismo momento de nacer me había tocado vivir. Proseguí mi carta de la siguiente forma: “Espero que la explicación que a continuación leerás, te dé las respuestas a todas esas preguntas que ahora deben estar perturbándote. He decidido parar mi corazón por un motivo simple pero que, tal vez, tú no compartas: siempre he estado seguro de que en la muerte está la vida”. Releí cinco, diez, quince veces lo que acababa de revelar, y me pareció que me había salido una frase perfecta que no requería más aclaraciones. Continué, por tanto, diciéndole lo siguiente: “Alégrate por mí, hermana, pues en el momento en que lees esto, yo ya habré regresado al lugar que me corresponde, por fin eximido del suplicio al que todos erróneamente llamáis vida”, y subrayé con fuerza la palabra vida, con el fin de que notara en ese énfasis la falta de coherencia entre lo que para mí significaba esa palabra, y lo que el resto le atribuían.

 

 

Como sabía que, inevitablemente, iba a achacar mi suicidio a lo que el común de los mortales padece antes de este final –o principio, en mi caso–, es decir, a la depresión, quise dejar claro que bajo ninguna circunstancia ésa era la causa de mi adiós: “Por favor, no vayas a pensar ni por un segundo que he sucumbido a la más profunda de las tristezas. La depresión nunca ha aparecido en la senda de mi destino, pues para estar deprimido, antes es menester haber conocido eso que, de nuevo erróneamente, buscáis en vida: la felicidad. De modo que, al yo nunca haber siquiera intuido qué es la felicidad, tampoco he conocido qué es la tristeza, pues tú bien sabes, perspicaz hermana, que las emociones se definen por oposición: sientes que hoy estás triste porque en algún momento de tu existencia has estado feliz, y es esta dualidad la que rige el universo del que huyo”.

Llegados a este punto, tuve la sensación de estar alargándome en exceso, así que me decidí firmemente a terminar mi epístola en las próximas líneas: “lo único que ha podido retenerme en este lado del telón, ha sido la cobardía, que a fin de cuentas es lo que define mi paso por el mundo. Tenía miedo a que, lo que hallara del otro lado, fuera peor. Pero ahora, hermana, te juro que puedo sentir ya la ingravidez y la ligereza de la verdadera vida, en la que no hay espacio para la angustia que en ésta gobierna: ahora sé que he esperado demasiado tiempo”. Y de esta forma concluí mi carta de despedida. La leí varias veces, una y otra vez, esforzándome por ponerme en sus ojos al hacerlo, y descubrí entonces, satisfecho, que el resultado era lacónico y suficiente, pues al haber elegido no prolongar más de lo imprescindible mis argumentos, había conseguido justificar nítidamente mi final, sin detalles ni accesorios, sólo lo trascendental, para ahuyentar de su pensamiento cualquier señal que asociara mi última decisión con un arrebato curable –pues en absoluto podía curarse– ni pasajero –o sí: tanto como lo era yo–, pero sobre todo, escogí esa forma concisa de expresarme porque no quería que sintiera en su propio corazón, ni por un instante, lo que yo había soportado: el peso insostenible de la certeza que me había acompañado cada uno de mis días, y es que eso no era la vida.

 

Ah, si pudiera oírme, le contaría que siempre tuve razón. Pero no puede, por mucho que me esfuerzo y abro la boca y obligo a mi garganta a soltar la voz que de ese lado guardaba, no logro emitir sonido alguno –aquí todo es inservible–. De modo que tampoco puede oírme cuando la desesperación, cada vez que pasa tan cerca de la carta que casi la roza con sus manos, me sobrepasa, y grito con todas mis fuerzas –un grito inexistente–: “¡Coge la carta! ¡Coge la carta!”. Por eso la carta sigue donde la dejé, encima del montón de facturas de luz, agua y gas y folletos publicitarios. Claramente, ahora veo que fue un pésimo lugar para dejarla, pues el desorden y el caos que imperan en el escritorio y, en realidad, en todos los rincones de mi antiguo hogar, hacen que nada parezca relevante ni merecedor de ser salvado. De hecho, desde la perspectiva en que ahora me encuentro, puedo pensar fácilmente que este lugar no contiene nada de valor –más valdría quemarlo todo–. Además, por si no bastara con el desastre que la hace invisible, la doblé por la mitad, por lo que parece una factura más… ¡Ay! ¡Si supiera!

Pero no sabe, ni sospecha siquiera que la explicación que tanto ansía, en efecto, existe. Así que, desde entonces, mi hermana se pasea cabizbaja, con las preguntas azotándole el rostro contraído y cada vez más arrugado, y las dudas fustigándole la piel, tanto, que si alguien por un instante se atreviera a acariciarla con la yema de los dedos, podría leerlas todas en braille: por qué, cómo, con qué, qué sintió antes de partir, y de nuevo, por qué. Siento lástima por ella, me apena enormemente no poder brindarle consuelo… ¡Pero lo intenté! ¡Juro que lo intenté! Escribí esa carta para ella, sólo para ella… Para, justamente, evitarle este martirio de no saber… Y que volviera a su vida plena y risueña tan pronto como la leyera, que me olvidara en cuanto lanzara esa rosa roja al interior de la tumba, sobre el ataúd que contenía mi cuerpo –¡por fin!–, y que, en el mismo segundo en que, sirviéndose de una pala, arrojara el primer kilo de tierra sobre el roble pulido y brillante de la caja que me contenía, depositara también en ese polvo el lastre de mi recuerdo, y siguiera, tan etérea y liviana como siempre, con sus viajes por el mundo y sus fiestas hasta el amanecer, rodeada de amigos que, hasta ése entonces, la adoraban, que hubiesen dado la vida por ella –¡ja! ¡La vida!–, que la llamaban simplemente para saber cómo estaba, qué hacía, y que le regalaban tartas de cumpleaños y le cantaban en coro, deseándole felicidad, aplaudiendo y riendo a su alrededor, haciéndola feliz, insoportablemente feliz…

 

 

Sin embargo, mis cálculos e intenciones resultaron del todo fallidos. Había supuesto que tras el entierro y las formalidades, se dirigiría a mi viejo piso, y buscaría con la obsesión del sabueso hambriento algún indicio, algún signo de lo que pretendía llevar a cabo, incluso quizá, con suerte, presintiera mi carta y emplease todos sus esfuerzos en encontrarla. Mas, para mi sorpresa, mi hermana decidió mantener mi viejo piso como un santuario, así se lo oí decir a mi casero, a quien sigue pagándole el alquiler de ese piso ahora deshabitado –mi exitosa hermana puede permitírselo–. Le dijo que, mientras ella viviera –¡ja! ¡Viviera!– nadie tocaría mis pertenencias, ni desharía mis últimas acciones, pues tenía la sensación que en la posición de las cosas todavía estaba yo.

–Mire, Señor –le había dicho de pie en mitad del angustiante e inmundo salón–. ¿Ve sobre la mesa esa taza con los posos de té y la mantequilla reseca que recubre todavía el cuchillo? ¿Y el control remoto de la televisión en el suelo y los zapatos desperdigados? ¿Verdad que puede imaginar sin dificultad los movimientos previos a este abandono? ¿Acaso no ve en la posición de cada uno de estos objetos los últimos coletazos de una vida?

Y así había negociado, sin opción a réplica para mi casero, conservarlo intacto, incluso ahora, que deambula por estas habitaciones y lo mira todo sin observar nada, sin ver nada, sin ni siquiera toquetear mis papeles ni ojear las facturas –¡coge la carta! ¡coge la carta!–, no se atreve a levantar ni tan solo las bolsas que dejé en mitad del corredor, y que cada vez que pasa por allí le estorban, pero se estira y se retuerce con tal de no rozarlas, y con la gota de sudor que le emerge en el centro de la frente logra sortearlas, sin moverlas un milímetro del puesto que les asigné, en el que se quedarán hasta que ya no quede nadie en el mundo que quiera preservar este templo de la locura y por fin le prenda fuego.

Yo no contaba con esta determinación incomprensible ni este apego fraternal e inenarrable a los objetos que había manejado en vida, por lo que no preví la posibilidad de que mi pobre hermanita nunca obtuviera las respuestas que anhelaba con todo su ser, para mí era tan obvio que daría con la carta… Tan obvio que lo di por sentado… Y todo el mundo sabe lo que ocurre cuando las cosas se dan por sentado: se estropean antes de lo esperado, y de la peor forma… Mi frágil hermana… Yo, que quise protegerla de la agonía, que había seleccionado con rigor de médico cada una de las palabras de mi carta, para no hacerle saber más de lo necesario, para que no sufriera su débil alma las penurias de mi existencia, para no romperle la burbuja de dicha y alegría en la que flotaba por el mundo, y que continuara con su vida perfecta… Su vida perfecta…

 

De modo que, cuando el desasosiego y la zozobra empezaron a distraerle el sueño, y la observaba sentada en su propia cama mordiéndose las uñas con los ojos desorbitados y confusos, mirando de un lado a otro como si buscara una salida de emergencia o como si sus pupilas fueran pelotas de pin pon rebotando de un lado a otro, yo pensaba: “Oh, mi pobre hermana…”, y cada vez que el alba la encontraba ya sin uñas que morder y las órbitas unas horas antes blancas se le habían inyectado en sangre, yo pensaba: “Oh, mi pobrecita hermana…”, y cuando un día no se levantó de la cama y llamó al trabajo para comunicar que ese día no iría, yo pensé: “Oh, mi pobre, pobre hermana…”, y cuando los días fueron pasando y los amigos ya no la llamaban porque ella había dejado de responder, yo, inexorablemente pensaba: “oh, oh, qué puedo hacer por mi pobre hermana…”; y cuando, –¡por fin!– tras incontables noches sin la paz de Morfeo, la vi sufrir con todo su corazón, ése que tanto me esforcé en proteger, y dijo…

–Esto no es vida –. Yo pensé…

 

 

FIN

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