Dia de Navidad

CUENTO

 

Día de Navidad

Y aquel varón se llamaba Nabal, y su mujer, Abigail.

Era aquella mujer de buen entendimiento y de

hermosa apariencia, pero el hombre era duro y de malas obras;

y era del linaje de Caleb.

 

Libro de Samuel, Capítulo 5, Versículo 3

 

 

 

Y Abigail volvió a Nabal, y he aquí que

él tenía banquete en su casa como banquete de rey;

y el corazón de Nabal estaba alegre,

y estaba completamente ebrio,

por lo cual ella no le declaró cosa alguna hasta el día siguiente.

Pero por la mañana, cuando ya a Nabal

se le habían pasado los efectos del vino,

le refirió su mujer estas cosas; y desmayó su corazón en él,

y se quedó como una piedra.

Y diez días después, Jehová hirió a Nabal, y murió.

 

Libro de Samuel, Capítulo 5, Versículos 36, 37 y 38

 

No llueve con furia, pero en el patio de luces cada gota tiene su eco. María tiene que sacar la mano dos veces por la ventana de la cocina para comprobar que ese estruendo de tormenta encerrada solo es en realidad una lluvia lenta y constante. Al mirar hacia abajo, ve a la vecina del primero salir corriendo envuelta en su bata de felpa azul a rescatar las prendas de las garras del agua. Por los gritos embotellados que se oyen desde su piso es fácil deducir que no se ha salvado ninguna. En un día despejado, a esta hora el sol estaría irrumpiendo en la cocina como un foco violento de sala de interrogatorio. Es la única ventana de todo el edificio por la que los rayos entran directos. Los demás pisos, todos por debajo, deben conformarse con los restos del reflejo. Sin embargo, hace un rato que ya ha amanecido y la persistencia de esas nubes negras deja sobre María una sensación de noche interminable. Jesús lleva varios minutos amasando el relleno, pero a diferencia de los demás años, en los que se abandonaba a un amasado letárgico y automático, hoy lo hace con suma atención, tenso y concentrado. María asoma los ojos por encima de su hombro y comprueba que la masa parece la misma de siempre, rojiza y lechosa, y que su densidad es la adecuada. Jesús la aparta en silencio como cuando le dice, tranquila, mujer, ya lo hago yo. Del horno sale el olor de las galletas de queso, tomate seco y orégano. Son tradición desde que los niños aprendieron a sujetar objetos. Entonces los metían con ellos en la cocina y espolvoreaban la harina de trigo y la levadura sobre la mesa y se pasaban las mañanas de Navidad inundando la casa con ese olor. Había años, como este, en que ni siquiera las comían, lo único que querían es que todo se impregnara de ese aroma a hogar feliz.

María tiene que continuar preparando el resto de platos, a pesar de que tampoco vayan a comerse, debe cocinarlo todo como cualquier otra Navidad. Noemí debe de estar preparando el guirlache de piñones y las manzanas asadas, Judit dijo que se encargaría del caldo, y como siempre Ezequiel traerá el cava y el vino. María piensa en si llamar de nuevo a su hijo para recordarle que este año no puede traer a nadie, por muy amigo especial que sea. Pero decide confiar en él, al fin y al cabo, Ezequiel fue quien dio la voz de alarma. Saca de la nevera el kilo de carne roja y lo tira sobre la encimera. El sonido pegajoso de la carne contra el mármol, esa mañana, la hace sonreír. Del primer cajón, extrae un cuchillo hermoso que corta sin esfuerzo, y filetea el solomillo hasta que no queda ningún pedazo entero. Jesús, mientras tanto, empana los zepelines y enchufa la freidora, y cae en la cuenta de que mañana, sin falta, tendrá que tirarla. Una cierta nostalgia le asola el rostro, le gustaba esa freidora.

Las croquetas crepitan hundidas en el aceite hirviendo y ese sonido apaga un poco el de la lluvia incesante. La casa ya huele a banquete nupcial, y los padres de la novia han adornado todo para la fiesta. Del cuarto piso suben las notas rezagadas de unos villancicos, y ambos las siguen, tarareando, hasta que rompen a cantar como si nadie les oyera. María ha puesto sobre las llamas altas una sartén y en ella rehoga la cebolla, el ajo picado y el tomillo. Una chispa de aceite le quema el dorso de la mano, pero no importa, la adrenalina y el estado de alerta no le permiten sentir dolor. Mientras la carne se estofa junto a la cebolla, María cuelga el delantal y abandona la cocina por primera vez desde la madrugada.

 

En la esquina del salón un abeto frondoso y recargado hasta los límites hace que la estancia parezca, indiscutiblemente, más pequeña. El árbol es natural, lo compraron hace solo cinco días, y el intenso olor a bosque todavía le persigue como una sombra. Bajo el árbol hay cajas envueltas con distintos tipos de papel regalo, y cada una lleva un nombre. Conoce a Pedro desde hace demasiados años, y sabe que al llegar lo primero que hará será coger las cajas con su nombre y agitarlas pegándoselas al oído mientras dice, qué será qué será, en un tonito juguetón que a María le pone enferma. Por ello, este año ha metido en ellas trapos, alguna piedra para que al zarandearla rebote, un viejo cepillo de dientes y los tapones plásticos de unas botellas. Anoche sacaron la vajilla y la cubertería del armario y las abrillantaron, de modo que ahora solo queda colocar la mantelería blanca y todos los utensilios en sus respectivos sitios. Ella se sienta en cabeza, Jesús en la cabeza opuesta. A su lado, Judit, quedará frente a Noemí que estará sentada junto a su verdugo Pedro, y frente a éste, Ezequiel. Un instante de duda hace que se replantee la disposición habitual de los puestos y por unos segundos rehace el plan con Pedro a su lado y Judit frente a Ezequiel, pero teme de sí misma y de su capacidad para mantenerse impasible y sonriente junto al monstruo, además de que las preguntas que podría despertar un cambio de posiciones suponen un riesgo que no pueden concederse. Los hombres siempre se han sentado juntos porque con el cava final se envalentonan y acaban apostando el resultado del próximo partido, y es mejor dejar que piense que esta Navidad también acabará así.

Regresa a la cocina, donde Jesús ya ha sacado las galletas del horno y está escurriendo las últimas croquetas. Se miran, cómplices e incondicionales, y ambos sienten la lealtad del otro arropándoles como una armadura infranqueable, juntos son un ejército invencible. Jesús tapa las croquetas con una servilleta, se quita los guantes de látex y los echa al fregadero. María les prende fuego y ambos observan cómo se derriten hasta que sólo queda en el aire la peste a neumático quemado. Deciden ducharse juntos para frotarse bien el uno al otro. Se visten, aunque este año María no se pondrá los zapatos rojos de tacón, solo espera que nadie lo haga notar. María le ata el nudo de la corbata a Jesús y ambos aprovechan la cercanía para susurrarse de nuevo los detalles.

—Tú pones las croquetas frente a Pedro.

—Sí — contesta Jesús henchido de honor, como si el general le encargara la misión definitiva.

—Yo les recibo a todos en la entrada, probablemente llegue el niño primero. Si es así, cuando entre al salón repítele que bajo ningún concepto las toque.

—Ya lo sabe, María.

—Por si acaso, Jesús, tú hazlo. He hablado con Judit esta mañana y me ha contado que Noemí no ha podido dormir. Yo no sé si es que esta niña piensa que en esta casa alguien ha podido dormir. Cuando lleguen, coloca el guirlache y las manzanas asadas de Noemí en la cocina, yo cogeré el caldo de Judit y lo llevaré a la mesa. Recuerda que tú tienes que ser el último en sentarte. Si es necesario, espera a que te llamemos. Y no te olvides, Jesús, por Dios, lo más importante… —Jesús la interrumpe y termina por ella la frase.

—Abrir la ventana de la cocina. Todo va a salir bien, María, haz el favor de no ponerme más nervioso.

 

 

En ese preciso instante el timbre suena y ambos se paralizan como animales aturdidos. Han dejado de respirar y ni siquiera lo saben, hasta que el segundo timbrazo vuelve a ponerles en marcha y cada uno se dirige a su puesto, propulsado por un motivo noble e inconfesable. María abre el portal sin contestar el telefonillo, y enseguida escuchan la maquinaria del ascensor rasgar las poleas tras la pared. Calculan que tienen menos de un minuto antes de que la obra que han planificado, organizado y trazado en este último año de sus vidas se despliegue y revele, por fin, el amor sin límites de esta familia. Tocan a la puerta, tres toques idénticos que suenan como una vieja canción. Al abrir, Ezequiel está de pie, grande y robusto, y como el abeto, enseguida empequeñece la estancia. Va cargado con varias bolsas, aunque no es eso lo que le pesa en el semblante. Su madre lo abraza con fuerza exagerada, como hacía muchos años no lo abrazaba. Ezequiel soporta lo justo antes de zafarse, cree que va a llorar.

Al entrar en el salón, su padre está perfeccionando el orden de los cubiertos. Las copas de cristal de Vista Alegre llevan, enrolladas en el fuste, las diminutas guirnaldas doradas que los tres hermanos pegaron en silencio una mañana de otra Navidad lejana, cuando todavía eran unos niños sin más posibilidad que regalar manualidades. Los tres pensaron que era una buena idea, lo que no sabían es que esas copas eran lo más caro que tenían en toda la casa y que su madre se pasaría aquella Navidad llorando sin consuelo por el estropicio. Ahora las copas decoradas daban un toque mágico y centelleante a la mesa, parecía que allí iba a celebrarse una fiesta de verdad.

—¿Todo listo, papá? —Ezequiel necesita ir directo al grano, y hoy más que nunca.

—Todo listo. Ezequiel hijo, qué mala cara traes. Abre una de esas botellas, creo que ambos necesitamos un trago.

—¿Cómo lo has hecho? —incide.

—Lo que usa Judit para dormir a los caballos, y no preguntes más: es mejor que no conozcas los detalles. Limítate a no tocar las croquetas, y todo saldrá bien.

Ezequiel descorcha una de las botellas de vino tinto y el timbre vuelve a sonar. Padre e hijo se miran, tendrán que beber más tarde. A través del pasillo, las voces de sus dos hijas y la de Pedro van acercándose, y Jesús tiene la sensación que, de un momento a otro, se le va a parar el corazón, nunca lo había sentido tan desbocado. Respira profundamente y recoloca los hombros y el cuello en un afán por adquirir una postura serena. Todos irrumpen en el salón con cierta alegría, sobre todo Judit, hoy se muestra resplandeciente, como si sus ojos también estuvieran adornados con guirnaldas doradas. Jesús estrecha la mano a Pedro intentando controlar la fuerza estranguladora que siente que le brota del centro de lo más hondo. La mirada secuaz de su hija Noemí le calma. Le quita de las manos las bandejas con el guirlache y las manzanas asadas, y se dirige a la cocina.

 

Una vez allí, oye las voces animadas e ininteligibles de todos en el salón, alguna risotada, el tintineo de unas copas. Esos sonidos festivos son la señal esperada, y Jesús, por fin, abre la ventana. De hecho, no puede creer que en realidad lo esté haciendo, que ya haya llegado el momento de abrir la maldita ventana de la cocina, después de tantas noches en vilo repasando mentalmente los pasos a seguir hasta este movimiento. No hay duda, todo está en marcha. La lluvia persistente sigue sostenida entre el aire y el suelo, y por un instante a Jesús le parece que ese goteo infatigable en el patio de luces es una melodía sempiterna que se instaló hace mucho tiempo. Permanece varios segundos de pie frente a la ventana, y perplejo comprueba que la lluvia no se ve, solo se escucha, y que aunque la ventana está abierta de par en par, ni una gota le salpica en la ropa ni en la cara. Qué extraño, es como una cortina invisible de agua, piensa. Oye las voces de sus vecinos encerradas en los pisos de abajo, oye risas embotadas y un villancico distante que sale de alguna parte. Quisiera abstenerse, pero una especie de morbo incontenible hace que se asome y mire hacia abajo. No hay ni una prenda tendida en las cuerdas de nylon, y en el patio pentagonal sólo alcanza a vislumbrar algunos juguetes olvidados con descuido.

—¡Papá! ¿Vienes o qué? — grita Judit— ¡Que se enfría el caldo!

Jesús regresa al salón con una sonrisa excesiva de la que solo María advierte su falsedad.

—Estaba terminando las croquetas, impacientes. Este año son de jamón, del bueno bueno, a ver qué os parecen —ha intentado decirlo con la mayor naturalidad de la que ha sido capaz. Aun así ha sonado a discurso ensayado. Busca los ojos de María de soslayo, pero está concentrada sirviendo la sopa mientras ríe ruidosa y les cuenta sus clases de aquagym. Jesús busca la mirada de alguno de sus hijos, necesita un atisbo de seguridad, un guiño de confirmación de que todo sigue en pie, de que ellos están con él, que no va a quedarse solo, que de verdad nadie ha olvidado lo que han ido a hacer allí. Sin embargo, solo encuentra la mirada de Pedro.

—Qué, Jesús, cómo va todo —pregunta Pedro escuetamente, sin entonación interrogativa ni modulaciones en la voz. Un escalofrío recorre la espalda de Jesús.

—Bien, Pedro, bien. Todo como siempre. — Jesús evita iniciar una conversación, lo último que desea es darle la oportunidad de mostrarse humano. —¿Más vino?

 

Jesús se pone de pie para poner vino en todas las copas. Mientras llena la de Noemí, se da cuenta de que en la coronilla tiene una grieta remendada por varios puntos. Calcula seis visibles, deben de haber más escondidos bajo el pelo. Le mira las manos y son las de una anciana, se fija en su postura y de pronto siente que su hija carga sobre los hombros un dolor que no eligió, sino que la eligió a ella para vivir. El sufrimiento de Noemí le parece una sanguijuela que se alimenta de las lágrimas de su hija, que se nutre de su calvario. Se la figura gorda y sebosa, saciada por su amargura. Jesús aprieta el puño que le queda libre para sujetarse la violencia desmesurada, el odio incalculable. Si algún destello de duda quedaba recluido en las lindes de su conciencia, esa grieta púrpura en el cráneo de su hija era lo único que le faltaba por ver para librarse de cualquier resquicio de culpabilidad. Una ola expansiva de satisfacción de pronto le inunda el pecho, nunca antes estuvo tan seguro de hacer lo correcto. Jesús no entiende ahora cómo ha podido siquiera dudar, cómo ha permitido al malnacido que tiene sentado a su lado vivir junto a su pequeña Noemí tantos años, cómo no se dieron cuenta que ya en la boda Noemí tuvo que ser maquillada por profesionales, a pesar de que María había sido esteticien toda la vida. Noemí puso excusas creíbles para todos, quería que su madre no trabajara en un día tan especial, quería que solo se ocupara de ella misma y de estar allí para verla entrar radiante hacia el altar. Cómo permitió aquel día de verano en la casa de la playa, que Pedro leyera todos los mensajes del móvil de Noemí, cómo no vio que su hija estaba siendo humillada, mientras todos reían por las cursilerías que se escribía con sus amigos, pensando que solo eran bromas sin maldad sobre su dulzura sin límites. Qué se le pasó por la cabeza para fingir que no había visto nada aquel domingo en que les hizo una visita y al entrar en silencio vio a Pedro arrinconando a Noemí, y vio a su hijita tan diminuta y desvalida como un niño en mitad de una guerra, qué fue lo que pensó para salir corriendo y gritando que ya les llamaría más tarde. Por qué nunca llamó. Cómo fue dejando pasar los años y el tiempo, cómo permitió que solo pudieran verse si estaba Pedro delante, ha olvidado la última vez que vio a Noemí y la tuvo para él solo, padre e hija charlando sin testigos, cuándo fue la última vez que Noemí terminó una frase sin ser interrumpida por su marido, la última vez que Noemí se desvió de su camino para hacerles una visita sorpresa. No era el momento de pensar en todo el silencio, en la tranquilidad fingida que todos habían representado por cobardía, pura cobardía, era un silencio como una alfombra pesada y enorme bajo la que se oculta la mierda barrida, un secreto latente como un pájaro enjaulado. El primero fue Ezequiel, Jesús lo recuerda muy bien porque jamás pensó que fuese precisamente él, siempre tan ausente y distraído con sus cosas de amigos especiales y sus historias de activismo, quien pronunciara la verdad encerrada en el sótano de sus conciencias. Lo hizo un día anodino del invierno pasado, llegó sin aviso previo a pedirle a María los táperes de comida sobrante. Allí, con los tres de pie en el centro de la cocina, dijo “Pedro maltrata a Noemí”, y al oírlo fuera de sus cabezas, por una voz grave y clara que no pertenecía a ellos mismos si no a otro ser real que también había reparado en ello, una sensación de irrealidad y ensueño les sobrevino como un alud. No era posible que alguien estuviera pronunciando esas palabras, no era posible que ya nunca más pudieran volver a esconderlas bajo la ficticia calma familiar. Ezequiel había tirado de la alfombra dejando toda la porquería al descubierto, nunca más podrían echar a correr.

—¡Papá! ¡El vino! — Jesús ha llenado la copa de Noemí hasta rebosar. Normalmente, María hubiese chillado como un cerdo herido, pero no hoy. Hoy el mantel blanco puede teñirse de rojo. Jesús vuelve a sentarse, está un poco descompuesto. Dominar la rabia le está exigiendo más esfuerzo de lo esperado. En cambio, todos parecen disfrutar verdaderamente, beben sin parar y hablan a gritos, ríen escandalosamente, se miran sin tensión. La actuación que está presenciando le despierta una mezcla de confusión y orgullo, no tenía ni la más remota idea del talento interpretativo de su familia. Judit cuenta un chiste, Ezequiel hace una broma sobre su pelo color lila lavanda, María vuelve a contar la anécdota conocida de cuando los tres pequeños se perdieron en el parque de atracciones y los encontraron en lo alto de la noria encerrados en una cabina. Es una escena navideña de lo más común, los seres queridos entorno a una mesa reunidos anualmente para repetirse las mismas historias hasta la saciedad. Si alguien desde fuera les observara a través de la ventana, vería una estampa envidiable de hogar idílico. María se levanta con la copa en la mano y la hace sonar golpeándola sutilmente con el tenedor. Requiere la atención de todos, que la imitan poniéndose de pie y alzando las copas. María se yergue con solemnidad, elevando la barbilla hacia el cielo y regalando una mirada fugaz pero certera como un tiro a cada uno de ellos.

—Por nosotros, porque en esta familia nos cuidamos los unos a los otros, y si alguno necesita ayuda, acudimos todos a rescatarlo. Y no importa lo que ocurra después, solo importa mantenernos a salvo —Un silencio gélido invade por unos segundos la estancia. Nadie esperaba tal declaración. Las palabras de María resuenan como un eco, el desconcierto les sopla en el rostro como el rastro de un caballo desbocado. Solo oyen el rumor amurallado de la lluvia que les recuerda que fuera todo sigue oscuro, apagado.

—¡Anda, anda! ¡Por el vino que he traído que está buenísimo! —grita Ezequiel con un tono de júbilo artificial, en un sobreesfuerzo titánico por restar significado a esas palabras. Todos ríen incómodos, brindan y sorben al unísono.

 

Entonces, al volver a sentarse, se oye el golpe seco del cuerpo desplomado. Existen momentos cruciales para una familia, instantes en los que los lazos inquebrantables se tensan como cuerdas que soportan el peso del ahorcado. No hay posibilidad alguna de huir, tampoco de quedarse. Son limbos circunstanciales en los que el amor impuesto por esos seres que no se eligieron para crecer disuelve los límites, diluye la fronteras entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre lo correcto y lo erróneo. La familia es una institución guarecida por la propia devoción de sus miembros, y existen momentos, como éste, en los que todo ese amor incondicional del que siempre se alardea, debe demostrarse. Las consecuencias, cualesquiera que sean, siempre serán aceptadas con resignación cuando se trata de proteger lo único que indudablemente se ama.

Noemí rompe a llorar, es un llanto profundo, viene desde dentro, de algún lugar en el que lo tenía encadenado. Llora como el reo inocente al que sueltan después de una década de injusta condena, en sus gemidos van liberadas cientos de horas de angustia reprimida. Su madre la abraza, le susurra ya no tienes de qué preocuparte, le enjuga las lágrimas a besos. Judit, Ezequiel y Jesús están mirando atónitos el cuerpo desordenado de Pedro sobre el suelo. Ha caído como fulminado, tiene los brazos enclenques y todo el peso ha recaído sobre sus tobillos que están retorcidos sobre sí mismos de forma inverosímil para un cuerpo humano. Tienen la sensación que llevan contemplándolo una eternidad debido a los incontables días que pasaron imaginando este momento.

—Ezequiel, Jesús, ya sabéis lo que hay que hacer —ordena María sacándoles de la abstracción. — Judit, llévate a tu hermana a la habitación, pon los villancicos muy alto y cantad —Todos acatan las instrucciones de la madre conscientes de que ella es y siempre ha sido el capitán de este barco.

—Vamos, hijo, tú de los pies y yo de los brazos.

Jesús le da dos golpecitos en la cara a su hijo, le mira a los ojos y con ellos le dice tranquilo, todo va a salir bien. Levantan el cuerpo dormido que pesa como si ya estuviera muerto, y lo llevan a la cocina. Ezequiel vomita dentro del cubo de la basura, es la primera vez que lo hace por tensión, no sabía que en momentos así el estómago se encoge para darle espacio al páncreas que segrega litros de adrenalina. María llega tras ellos y coge la carne estofada para llevarla a la mesa. Antes de salir, mira con desprecio la cara de Pedro, tendida sobre el suelo, la mira con un odio antiguo, y cediendo a un impulso inútil pero placentero, le escupe un gargajo verde y espeso que le cae en un ojo. Jesús y María se miran y sonríen. De la habitación del fondo salen los villancicos angelicales de voces infantiles, y sobre ellos escuchan las voces temblorosas de sus hijas.

—Ahora —dice María y se dirige rápidamente al salón.

Jesús y Ezequiel levantan a Pedro y lo ponen de pie. Parece un muñeco de trapo relleno de agua, todo su cuerpo se mueve gelatinosamente, llamado a deslizarse por una gravedad aumentada. Lo acercan a la ventana de la cocina. María regresa de nuevo, lleva la copa de Pedro en la mano que tiene envuelta con una manopla. La deja en el alféizar de la ventana. La lluvia continua salpica el cristal de Vista Alegre y moja la pequeña guirnalda dorada. Ezequiel asoma una fracción de segundo la vista hacia el patio de luces, y comprueba que todos en el edificio están celebrando la Navidad dentro de sus casas. María coge las manos de su marido y de su hijo y los tres observan cómo el cuerpo que hería sin tregua el cuerpo de su hija, se derrumba y se precipita al vacío.

Permanecen inmóviles hasta que oyen el impacto contra el suelo. Ha sonado igual que el kilo de carne roja contra el mármol, un sonido viscoso y aglutinado. Ezequiel vuelve a vomitar en el cubo de la basura, aunque ya no tiene nada que echar. Todos se dirigen a la habitación, donde Judit y Noemí están sentadas en la cama de matrimonio de sus padres cantando villancicos, mientras Noemí llora y llora sin consuelo. Judit le acaricia la espalda, está preocupada, Noemí está entrando en estado de shock. María agita los índices como si fueran batutas y anima a Jesús y a Ezequiel a unirse al coro. Los cinco están cantando villancicos, María sube el volumen a su máxima expresión y el ruido agudo de las voces radiofónicas les ensordece. A veces es necesario dejar que el ruido no nos permita escuchar nuestras conciencias. Todos continúan cantando durante diez largos minutos que les parecen una eternidad en el infierno. Mientras cantan, se miran unos a otros y no se reconocen. Algo en su interior se ha roto, quizá ninguno llegó a creer jamás que iban a ser capaces. Sin embargo lo han sido, nadie se negó ni opuso resistencia, ni se arrepintió en el último momento, ni dio un discurso persuasivo con una lista interminable de razones por las que no deberían haberlo hecho. Han actuado como una sola cabeza y un solo corazón, empujados por el amor, sí, pero ahora saben, después de haberse desecho para siempre de la causa del sufrimiento, que lo que realmente les ha llevado hasta aquí ha sido el odio. No es posible odiar si no se parte del amor, el odio sólo es la respuesta que tiene nuestro corazón de salvarse del abismo. El amor por Noemí fue el inicio, a partir de él nació ese sentimiento oscuro y podrido hacia quien dañaba lo que tanto querían. Empezaron a odiar su actitud con Noemí, pero también su actitud ante cualquier situación, su forma de comportarse, su sola presencia. El odio fue extendiéndose como una mancha, empezó siendo una réplica obvia a lo que Pedro hacía con Noemí, y justificándose a sí mismos con estas razones esparcieron su odio hasta embadurnar todo cuanto era Pedro, todo lo que salía de su boca, del movimiento de su cuerpo, odiaban su aliento y la forma alquitranada que tenía de respirar, con ese silbidito agudo proveniente de los pulmones negros, esa perilla de chivo viejo que se acariciaba a la mínima ocasión, su calva reluciente de grasa sudorosa, su voz grave que rebotaba en su enorme tórax y que le servía de caja de resonancia y la hacía sonar dominante, y en fin, cada partícula de ese ser inmundo terminó por provocarles ardores y náuseas. Ahora lo sabían, y ahí juntos en la habitación paternal cantando villancicos inocentes, esa certeza les hacía sentirse miserables, de alguna forma habían disfrazado su móvil de amor puro y sincero, pero tras esa apariencia de justa salvación habían camuflado la más ulcerada de las aversiones. Han matado lo que les molestaba.

María baja poco a poco el volumen de la música, y hace señales a todos para que regresen al salón. Todos vuelven a sus puestos y se sientan en silencio. María sirve la carne estofada, también en el plato de Pedro. Noemí se ha calmado, tiene la mirada perdida, está totalmente ida, atolondrada. Judit moja su servilleta con saliva y le corrige el maquillaje estropeado, nadie puede saber que ha estado llorando previamente. Esperan en silencio, ya nadie busca la mirada del otro. María coge el teléfono y marca, respira profundamente antes de hablar, y desfigura la cara en un gesto de dolor inconmensurable.

—¡Por Dios que alguien venga! ¡Se ha caído, se ha caído! Dios mío, Dios mío —ha sonado tan creíble que también Noemí y Judit se han puesto a gemir como si acabaran de darles la noticia. María hace un gesto con la mano alentando a Jesús y Ezequiel a que sollocen, a que griten desesperados. Jesús levanta la voz, diciendo ay señor, con voz compungida, la operadora al otro lado del teléfono escucha un alboroto de desgracia reciente.

 

En los periódicos locales se habló de accidente desafortunado, la gente del edificio y el barrio siempre habló de suicidio. Cientos de personas acudieron al funeral, besaron a la familia dándoles el pésame, se lamentaban por la esposa rota, se preguntaban qué iba a hacer ahora sin su amado marido. Las investigaciones no fueron prolijas, los agentes llegaron a la escena y vieron la copa en el alféizar de la ventana y los platos servidos de carne estofada a la espera de que el yerno regresara a la mesa. María fingió un ataque de ansiedad, Noemí acabó por desmayarse. Al ver el dolor partiendo a una familia y haciéndola añicos, nadie se molestó en indagar demasiado. Es cierto que se preguntaron cómo se había caído, no había motivos para asomarse, por lo que en secreto todo el cuerpo policial arguyó un suicidio planeado. Los médicos no solicitaron autopsia. Desde entonces, los días de Navidad son realmente una fiesta, aunque nunca más volvieron a soportar el sonido de los villancicos.

 

 

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