La unión balsámica

CUENTO

 

La unión balsámica

Estaba acostado sobre la angosta cama de hierro dentro de la habitación tenue. Desde esa posición, la perspectiva era dolorosamente lúgubre. Veía su enorme barriga más blanca que nunca brillar bajo la nívea luz de la luna, que a esas horas de la noche irrumpía con crueldad a través de la diminuta ventana, y el desconsuelo aumentaba cada vez que la masa deforme de su estómago subía y bajaba al ritmo de su propia respiración, vidriosa y consumida. Tenía apoyada sobre su tripa la cabeza huesuda de su perro viejo, que dormía arrullado por los vaivenes del vientre hinchado. Cuando trajo al animal a casa por primera vez éste era un cachorro escurrido y llorón que temblaba sin parar a causa del recién estrenado desapego maternal, y para calmarle, jugaron como dos oseznos salvajes y cómplices, hasta que cansados, se durmieron enrollados como dos ovillos sobre la misma cama que hoy, quince años después, continuaban habitando.

La relación que existía entre ambos iba más allá de la jerarquía previsible amo-mascota, pues estaba basada en una devoción mutua capaz de apaciguar la soledad, la enfermedad, incluso el silencio, siempre omnipresente. Desde aquel primer día los lazos que les unían eran fuertes e incuestionables, para Jiwu eran el vínculo que le ataba a la vida, le obligaba a permanecer unido a ella, aun cuando ésta parecía despreciarle.

En momentos como ése, en que el perro acompasaba sus débiles inhalaciones a las de su dueño y se abandonaba a la calidez del cuerpo cercano, Jiwu sentía como si una mano firme le agarrara del pelo y tirara de él, y le sacara del profundo lodazal en el que inevitablemente se ahogaba, y por unos instantes volvía a respirar libre y calmado, como cuando todo tenía sentido, como cuando todavía tenía esperanza, y en esos breves segundos en los que se olvidaba de su gigantesco estómago enfermo, se perdía en los dulces recuerdos de su cuerpo sano y recio, se acordaba de sus piernas a las que solía observar de pie, contemplándolas desde lo alto, y veía los músculos fuertes y el vello negro formar relieves frondosos. Pensaba en sus genitales, en cuánto tiempo hacía que no podía verlos, ni acariciarlos, ahora escondidos bajo el aplastante mondongo, y en lo mucho que había disfrutado observando cómo poco a poco su miembro crecía, elevándose sobre el tupido monte negro que desde la pubertad le cubría, y solía deleitarse con la perspectiva de su abdomen llano que terminaba allá, abajo, con los instintos abriéndose paso, y todas esas imágenes de él mismo conectado a la vida como un ser eléctrico le parecían de otro, de un hombre al que nunca conoció.

 

 

**

 

 

Un día el perro había empezado olisqueando fervientemente la zona abdominal de su amo, aspiraba con desesperación la mugre del ombligo humano, sus costillas afiladas. Al principio los gestos del animal se le antojaban inocentes, divertidos, los bigotes blancos y el tacto húmedo de la nariz fría le hacían cosquillas. Pero más tarde el animal dejó de olfatearle con vehemencia y pasó a lamerle, mientras emitía sollozos de angustia apenas audibles, chirridos imperceptibles que emergían de su garganta. Cubría el vientre de Jiwu con lametones mamíferos, eran gestos de yegua recién parida que limpia con amor el tejido sangrante que recubre el cuerpo sin equilibrio del potrillo. Jiwu se dejaba hacer, dejaba que el perro le envolviera el vientre, entonces todavía cóncavo y vital, con su saliva caliente y densa, hasta que la lengua canina se secaba y empezaba a rasparle y cortarle la piel.

Fue por los días en que seguía viendo a Han. Habían construido por fin una especie de equilibrio práctico en el que los encuentros eran más un hábito provechoso que un fervor pasional. Hablaban poco y preciso, las palabras exactas para que la intimidad no acabara por conquistar el santuario de sus soledades. Nunca mencionaban su pasado, ni confesaban sus deseos o temores, quizá porque intuían que no les hacía falta, eran el fiel reflejo el uno del otro, y cada vez que se miraban, se veían a ellos mismos dentro de los ojos ajenos mostrarse sola y tristemente. Una vez Han le dijo que era como hacerse el amor a ella misma, y Jiwu comprendió de inmediato a qué se refería. A Han le agradaba la planicie de su cuerpo horizontal, y al igual que Jiwu, también se deleitaba con la imagen de la naturaleza erguida y saliente del bajo universo.

Llevaban días sin verse, la última vez fue en la víspera de año nuevo y tras un melancólico encuentro habían acordado visitarse una vez acabado todo ruido de celebración. Ese día Han apareció en su casa con una botella de licor de arroz y las sobras de la comida familiar. Hacía algunos días que Jiwu no se llevaba a la boca nada sólido, y el simple hedor de los alimentos cocinados que Han traía consigo hizo que las náuseas le golpearan dentro. Han se quedó inmóvil, presenciando cómo la cara de Jiwu pasaba de una palidez rancia y amarilla al verde inmundo de lo infecto. Jiwu siempre había tenido un halo enfermizo de salud endeble, con sus costillas entalladas bajo la piel transparente y el sudor perpetuo sobre la frente reseca, pero es cierto que Han jamás antes había advertido en él ese color dañado que le traía la imagen de la muerte.

Sin hablar, Han le empujó hasta la cama y aunque en apariencia nada hubiera cambiado, al tumbarle y arroparle la levedad de su cuerpo le hizo pensar en la fragilidad de un lactante. Entonces el perro, que había estado observando cada movimiento echado sobre el suelo de la habitación, se levantó nervioso y saltó sobre Jiwu, sin acallar el sollozo continuo que producía sin descanso desde que semanas atrás percibiera el aroma séptico y pestilente que emergía de su amo. Le sacó de encima las sábanas polvorientas lamiendo y arañando sobre el núcleo del olor, el vientre hundido y blando lleno de diminutos rasguños encarnados. De pie junto a la aciaga escena, Han no pudo más que seguir el impulso maquinal de huir, abandonarles en ese ritual impenetrable en el que tanto bestia como hombre parecían hallar alivio, como si un bálsamo gélido les acariciara las heridas, y al ver cómo sus caras pasaban del calvario al sosiego, esa ceremonia maternal y lánguida fue lo último que Han pudo soportar.

Jiwu escuchó la puerta abrirse y cerrarse casi al mismo tiempo. Sobre él, el ansioso animal continuaba imperturbable con los movimientos suaves y rectilíneos de la lengua curativa, limpiando a consciencia el tufo ulcerado que sólo un perro era capaz de distinguir. Miró el animal y su cara de placer inenarrable, y por primera vez desde que empezaran con ese rito extraño, sintió el terror de quien descubre lo que nunca quiso oír, y lo que había estado oculto bajo un manto de ingenuidad y cariño se convirtió de súbito en la evidencia de que algo ahí dentro se pudría sin remedio.

Quiso correr tras Han, pedirle que permaneciera a su lado, obligarla a ayudarle en la búsqueda de las respuestas que ya de sobras conocía. Pero la certeza de que todo ruego sería inútil y de que lo que acababa de revelársele era una batalla que sólo pertenecía a él y a su perro, impidió que se arrastrara ante ella y que la humillación fuera el recuerdo final de una relación sin emociones. Ahora estaba solo, definitivamente solo y muerto de miedo. Se deshizo del perro con un empujón y un grito grave, y sin entender qué quería decir su amo, éste agachó la cabeza y se escondió sumiso bajo la cama oxidada.

 

**

 

 

Los años fueron sucediéndose entre liturgias babosas y alaridos de dolor, y poco a poco el lugar donde el perro concentraba sus lavativas fue creciendo y aumentando su volumen, y donde antes las costillas visibles dibujaban líneas diagonales y el hundimiento del vientre creaba una cavidad hueca, ahora el tamaño monstruoso del estómago enfermo había enterrado por completo todos esos rasgos preciosos y distintivos del hombre que había sido. La única razón por la que no podía pensar en la muerte con alegría era que el apegado perro iba a quedarse sin nadie a quien lamer, y ese pensamiento le conducía inexorablemente al siguiente.

Todas las veces que había intentado matar al perro, la deforme y titánica tripa había imposibilitado la ejecución. No dominaba las medidas del bulto ventral, ahora los brazos eran demasiado cortos y las piernas demasiado enclenques, y cada vez que se disponía a estrangularlo o asfixiarlo, terminaba agotado en una lucha que desde el comienzo resultaba patética, pues para el perro era un juego nuevo y excitante. Y tras esas extenuantes contiendas volvían a tumbarse muy juntos sobre la cama de fierro, y el perro caía dormido aunando su respiración a la de su venerado amo, sincronizando los soplidos y las exhalaciones, instaurando una armonía injusta que a Jiwu le hacía sentir miserable, y así llenos de paz y quietud, los tres, hombre, animal y tumor fueron apagándose, para dejar atrás por fin esta guerra incurable.

 

 

FIN

 

CONTACTO

 

Email: hola@danielagarciatabares.com

 

© Copyright. All Rights Reserved.

Todos los derechos reservados