Dueños del todo

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DUEÑOS DEL TODO

Diario de Menorca 15 Jun 2017

Acabo de leer un artículo de Antonio Navalón donde expresa su opinión sobre nosotros, los Millennials, esa generación a la deriva, sin ideales ni conflictos, la generación sin puerto, y una vez más vuelvo a sentir la impaciencia y el desespero que me producen declaraciones de esta magnitud. El título de dicho artículo, «Dueños de la nada», ya de por sí hace que me hierva la sangre y me invadan las ganas de defenderme, a mí y a mis contemporáneos, y que expulse un suspiro hondo y sonoro con el que intento llenarme de calma, para que ésta me acompañe en lo que preveo, será una lectura difícil de digerir.

No sé si es necesario recordar que ser joven implica una responsabilidad, tan intrínseca como inexorable, de crear formas revolucionarias con las que inducir un cambio de conciencia, ya sea social, biológico o cultural. Pero, ¿qué ocurre cuando nuestra revolución no coincide con la imagen icónica que tienen de ésta los ya no tan jóvenes? ¿Qué ocurre si nuestro modo de conducir la realidad hacia lo que consideramos justo, bueno e igualitario no es el mismo que profesan los más vividos? Pues que entonces no hay revolución, no existe compromiso ni conciencia del mundo ni de la Historia, o como afirma Navalón: «no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir». Es duro ser parte de una generación en la que nadie confía ni nadie parece tener fe, de una generación severamente juzgada por la falta de comprensión y desconocimiento, y tal y como vuelve a demostrarme Navalón en su artículo, somos una generación estigmatizada por lo que a los más veteranos se les escapa del entendimiento.

Porque se atreven a definirnos a través de lo que ellos no controlan, para estos eruditos somos «likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido». Navalón y sus secuaces no han asimilado, todavía, que el hecho mayoritario de no sentir afinidad hacia ningún movimiento político, ni religioso, el hecho de exhibir y enaltecer el yo como bastión infranqueable, de vivir un presente sin futuro, no porque no lo queramos, sino porque se lo cargaron, el hecho de lidiar con la ausencia de esperanza y la exigencia de una identidad profesional, la exigencia de creer en imposibles como la estabilidad y la seguridad, sueños de antaño, todo ello es nuestra propia revolución, y nada de esto es sinónimo de ignorancia o desinterés: es nuestra forma de manejar el mundo de ahora, con las herramientas del hoy, y cuando Navalón afirma sin ningún matiz, que entre el ser humano y el Millennial existe un eslabón perdido, pienso que, iluso de él, cree que el único vehículo verdadero y acertado hacia el cambio es el que ya se usó en su momento, el de los estudiantes tomando calles, los hippies y sus flores, los gritos y las multitudes, los NO WAR.

Conozco tantísimos jóvenes, gran parte, como yo, nacidos a principios de los 90, incluso más tarde, que le demostrarían a Navalón y a quien hiciera falta que estamos aquí, siendo partícipes y protagonistas, conocedores de la Historia, de férreos ideales y principios, con miles de seguidores en sus redes, y aun así, con los pies en la Tierra, la que están dispuestos a cuidar y preservar a como dé lugar, más allá de esquemas políticos tradicionales, de manidas etiquetas sociales, porque el mundo es ya uno solo. Jóvenes que a pesar de no asistir a manifestaciones ni izar bandera alguna, tenemos presente que el futuro sólo lo reconstruimos nosotros: eso sí, a nuestra propia, única e incomprendida manera, siendo dueños del todo.

 

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