Ecos

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ECOS

Diario de Menorca 11 Ene 2018

Mientras escribo estas líneas, oigo el eco de los caramelos que caen sobre el asfalto y el de las voces infantiles pidiendo a los Reyes Magos más, muchos más. Logro distinguir los ¡aquí! ¡aquí!, a pesar de la lejanía. Al escucharles, pienso que ése es el sonido más hermoso del mundo porque anuncia el fin de las fiestas. Suelto un suspiro de alivio: por fin.

 

Éste ha sido el primer año que no las celebro. Al menos no como la mayoría –o los que pueden– lo hace. De un tiempo a esta parte no le encuentro mucho sentido a que una fecha concreta exija algo que siempre debería ser voluntario. Un regalo, una reunión familiar, prepararle una comida copiosa a la gente que quieres. No necesitamos esperar un año para hacer todas esas cosas, ni un calendario como excusa. Así que no me complico. Hablo con mi familia y acordamos festejar nuestra propia Navidad cuando a nosotros nos dé la gana, que para eso estamos vivos y quién sabe hasta cuándo. Pueden llamarnos raritos.

 

Admito que he perdido el espíritu navideño por el camino. No sé en qué punto ni en qué parte, pero qué bien está ahí dónde se quedó. Porque ¿Qué es eso de sentirse mal sólo porque es Navidad y no tenemos forma de celebrarla? ¿Desde cuándo una persona ha de sentirse triste por no estar ese día concreto con los suyos, cuando el resto del tiempo no le ve el drama? Converso con amigos que realmente se sienten desgraciados la noche del 24 y todo el día siguiente, ya sea porque su familia vive lejos y no pueden ir a visitarla, o porque tienen que trabajar y no pueden cambiarlo, o en fin, por el impedimento que sea les toca estar solos en una festividad tan especial y eso les amarga la existencia mientras dura la broma.

 

Pero luego, mucho más allá de estas tristezas pasajeras y reparables, están los incurables, los que ya no tendrán descanso ninguna Navidad más. Los que se acuerdan, durante estos días más que nunca, de los ausentes. Y es que esta maldita fecha es capaz de hacer sangrar de nuevo las heridas con nombre y apellidos, las que dejaron abiertas con su forma aquellos que la muerte nos arrebató. Nos dejaron una silla vacía. Y aunque la silla ningún otro día vuelve a llenarse, en Navidad parece más vacía que nunca. El espacio deshabitado retumba en la cabeza de los presentes. Ni siquiera nos escuchamos los unos a los otros: el eco de la vida robada no permite que nos oigamos.

 

Hay ecos que es mejor dejar resonar. Luchar por acallarlos es, desde el principio, una batalla perdida. Pero si se agudiza el oído, si por un momento dejamos que la silla vacía hable sin ruido, se puede distinguir una frase clara entre tanto estruendo de cubiertos: no esperéis a que el almanaque os siente de nuevo juntos, alrededor de esta ausencia. No esperéis a estar en el otro barrio para daros cuenta que Navidad puede ser todos los días. Sólo basta con seguir vivos.

 

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