El magnetismo de la roca

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EL MAGNETISMO DE LA ROCA

Diario de Menorca 19 Feb 2017

No sé si quienes nacieron en la Isla lo han sentido. No sé si aquellos que han estado aquí desde siempre han llegado a advertir lo que me he atrevido a llamar El magnetismo de la Roca. Intuyo que sí. Porque, ¿han oído alguna vez a un menorquín decir que no extraña su Isla? ¿Que no desea volver? Imposible. Aunque me pregunto si éste habrá notado su fuerza: la que golpea a quienes venimos de lugares comunes.

Si alguna vez lo han experimentado, ya saben de qué hablo. Para quienes no hayan tenido la fortuna de verse invadidos por el magnetismo, les contaré que es como el choque de dos trenes en colisión frontal. Menorca es un tren, el forastero es el otro, y en el momento en que ambos se encuentran el estallido es profundo, hermoso e ineludible: no hay forma de sortearlo.

 

La primera vez ocurre desde el aire: la isla lejana y baja, ajena a todo lo corriente, a lo ordinario, reposando sobre el agua con sus cuevas abiertas, su camino circular y eterno, como ella. Entonces la descubres desde lo alto del avión y en ese instante la explosión detona en tu interior, arrasándolo todo: atrás quedan las autopistas, los vendedores ambulantes, las bocinas, las prisas diarias. Recuerdas todo lo que has escuchado, todo lo que te han contado acerca de Menorca, sus playas —siempre sus playas—, sus atardeceres, el Sant Joan de Ciutadella, la langosta de Fornells. Piensas en lo que has visto por televisión y leído en las guías, y nada se parece. ¿Por qué nadie te habló nunca de esta sensación, tan intensa, tan feroz? Quizá nadie supo expresarlo. Lo intentaron, como ahora lo hacen estas líneas, pero no lo consiguieron, porque es posible que sólo exista para ser sentido.

 

El magnetismo de la roca es el culpable de que miles de turistas vuelvan cada año, y de que sea el único lugar al que siempre regresan. Es el responsable de que ahora yo y muchos otros vivamos aquí, y de que a pesar de haber viajado o habitado en distintos lugares alrededor del mundo, una decida anidar y establecerse entre el Faro de Nati y la Isla del Aire —hasta que el tiempo se acabe—. Porque al aterrizar, tras la primera imagen desde las alturas, tras haber notado ese rasguño aquí dentro, caminas sobre su suelo y absorbes su aire húmedo de sal, y ese contacto es eléctrico: estás atrapado.

 

Lo mejor de El magnetismo es que no cesa. Al principio crees que es una cuestión del momento, que muy probablemente sea un espejismo creado por tus ganas de llegar: llevabas días planeando estas vacaciones. Pero más tarde, después de unos días recorriendo sus secretos, te das cuenta de que ese impacto no fue momentáneo, de que sigue tronando en tu interior, y de que muy al contrario de detenerse, sólo crece, y su potencia permanece como el balanceo del mar, infinito, pues todo te araña el corazón: el Pont D’en Gil que es la puerta al cielo de Menorca, Favaritx y su paisaje lunar, Pregonda con su arena de fuego, Sa Cova des Coloms y su catedral de piedra, para resguardarte de la lluvia al volver del baño vespertino en Binigaus.

Cada uno de sus rincones reaviva el estruendo en tu interior, y aunque pasen días, meses o incluso los años, El magnetismo de la roca continuará manteniéndote adherido a sus recodos. Le perteneces desde aquel primer vistazo en lo alto, y por mucho que lo ocultes, lo disimules o intentes acallarlo, Menorca siempre tendrá un as bajo la manga en forma de viento de Tramuntana y olas salvajes, o tal vez de Arròs de la terra sobre una mesa frente al mar, para que no huyas de esta imantación irrepetible. Así que ya saben: adviertan a sus conocidos que nunca antes han pisado la Roca: al hacerlo estarán perdidos para siempre.

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