La casualidad no existe

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LA CASUALIDAD NO EXISTE

Diario de Menorca 5 Abr 2017

El mismo día en que Trump ganó las elecciones, recibí un correo de la embajada británica en el que se me denegaba el visado de turista que había solicitado con motivo de una cortísima –siete días– visita familiar. A estas alturas el lector ya intuye que no poseo un pasaporte europeo y por este motivo, para entrar en cualquier país que no pertenece al Tratado Schengen, necesito afrontar una serie de trabas burocráticas dignas de cualquier película de los hermanos Marx.

La sorpresa fue triple por varias razones. En primer lugar, estaba tan convencida de que la cantidad de años que llevo viviendo en Europa me avalaban como ciudadana merecedora de sus fronteras, que en ningún momento se me ocurrió pensar que para los ingleses, vivir más de quince años en España es precisamente lo contrario a una prueba de estabilidad. En segundo lugar, junto a mi solicitud envié una carta de invitación escrita por un amigo británico donde corroboraba mis intenciones en el país. De nada sirvió que mi amigo asumiera las consecuencias de mi visita. ¿Quién iba a imaginar que no confiarían en uno de sus conciudadanos? Y por último y para hacer más inverosímil la experiencia, me animaron a intentarlo en otra ocasión.

Y yo me pregunto, si a la ocasión la pinta calva y al mundo lo pintan del gris de los muros que están obstinados y decididos a erigir, si esto cada vez se hace más duro y a la nueva dama de hierro, Theresa May, le dio lo mismo haber dicho que no, que ni hablar de Brexit, que iría hasta las últimas con su compi Cameron, para luego clavarle la estaca como sólo hacen los que conocen los hilos del teatro, la traición y el juego a dos bandas, y donde dije digo, digo diego, y acabar firmando el pasado miércoles 29, sin que le temblara el pulso, la carta que supone el primer ladrillo del paredón antieuropeo. Si no hay forma de creerse que pueda existir, ni en este futuro inmediato –tan hostil, tan adverso– ni en cualquiera de los venideros, una señal que diga, esto pasará, sólo es cuestión del momento –porque el momento es cuanto menos, convulso, y el pronóstico, desalentador–; y si nada indica que la situación vaya a mejorar, ¿A qué ocasión se referían los embajadores en su e-mail? ¿Cuándo demonios seré acreedora de pisar sus tierras? Será en otra vida.

A mí, ese día inolvidable en los anaqueles de la historia, en el que Trump fue proclamado presidente, el mundo me manifestó que una triste y nueva etapa acababa de comenzar, y que una casualidad como aquella –los países anglosajones unidos para separar– era la evidencia irrefutable de que ellos, los más poderosos, habían implantado en los más ignorantes la histeria, aprovechándose de su miedo y de su falta de (in)formación, e inventándose cabezas de turco con las que mantener a la población ocupada en el odio. Trump como presidente y aquel correo electrónico fueron una muestra del triunfo de la sinrazón. Ahora entiendo por qué mi madre dice que no crea nunca en las casualidades. Éstas son sólo las consecuencias de todo un camino labrado por nosotros mismos.

 

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