La literatura universal ya no cuenta

PUBLICADOS

LA LITERATURA UNIVERSAL YA NO CUENTA

Diario de Menorca 24 Abr 2017

Todas las mañanas tomo el café largo, negro, amargo. Lo tomo así desde que mi profesor de Literatura Universal en primero de bachillerato explicara que ése es un rasgo identificativo de la familia Buendía, en Cien años de soledad. Yo, en mi búsqueda de la identidad y en mi afán pueril de imitar todo cuanto admiraba o maravillaba, me adueñé de ese hábito desagradable y lo asumí con todo el sacrificio gustativo del que fui capaz. Era mi forma de olfatear Macondo antes de salir de casa y de llegar a clase entusiasmada por escuchar qué otras cosas podrían unirme a los personajes que me habían acompañado en mi, hasta entonces, corto paso por la vida.

También gracias a mi profesor de Literatura Universal supe que no estaba sola en esa ciénaga oscura llamada baja autoestima. Kafka me había allanado el terreno -qué alivio saberme comprendida por uno de los grandes-. Bendita la falta de amor propio que dio como resultado que su eterno personaje, Gregorio Samsa, despertara convertido en un horroroso escarabajo y no en un aburrido y majestuoso león o, peor aún, en un egocéntrico príncipe encantador. De las tinieblas personales de los escritores emergen los cuentos donde arroparnos en caso de soledad y urgencia humana.

Y ahora, la orden 1941/2016 de nuestro acertado Ministerio de Educación, Cultura y Deporte determina que todos estos conocimientos sobre obras literarias de los autores universales no son relevantes ni evaluables en las pruebas de acceso a la universidad, que no cuentan para nada a la hora de medir el bagaje intelectual y la madurez personal que se requiere para afrontar la última etapa de la formación voluntaria. Porque como toda bruja de cuento, fría y calculadora, han planeado hasta la última consecuencia esta decisión, y saben bien que si estudiar literatura no suma en la nota final, los alumnos terminarán por olvidar a Balzac, a Rulfo o a Byron.

Con toda esa desfachatez heredada de Wert han decidido unilateralmente y sin consulta previa a profesores y maestros, que haber viajado por el infierno, el purgatorio y el paraíso de Dante o haber odiado a Elizabeth por su rechazo a Fitzwilliam en Orgullo y prejuicio no tiene importancia alguna para acceder a un grado de letras. Pero qué podíamos esperar de un sistema que examina los conocimientos de lengua con una prueba de tipo test, que sentencia el nivel de dominio de la lengua en ridículas crucecitas sobre la casilla correcta ahí donde más imprescindible y necesaria es la demostración de las habilidades en la expresión escrita. Qué podíamos esperar de un sistema educativo que hace de la falta de coherencia su seña de identidad.

Recuerdo haber elegido la asignatura optativa de Literatura Universal porque, más tarde, ésta sería mi as bajo la manga en el tedioso procedimiento de sumar puntos en la nota de selectividad. Ahora todos aquellos alumnos, como yo, enamorados de la palabra escrita y la ficción literaria tendrán que renunciar al placer de la lectura y centrarse en asignaturas más utilitarias -que no útiles- asignaturas que al fin y al cabo les enseñen a producir y a servir en lugar de a pensar y crear.

Estos alumnos se han quedado huérfanos. Descubrir con dieciséis o diecisiete años que tus temores, complejos o traumas no son nada nuevo, ni nada especial, sino que tienen su reflejo exacto en obras muy anteriores a tu tiempo y muy lejanas a tu espacio -¿qué teníamos en común Kafka y yo salvo nuestra angustia?-, es el bálsamo que hace soportable la existencia. Ahora no nos queda otra que rezar por estas jóvenes almas solitarias.

 

PUBLICADOS

Artículos, opinión, ficción.

CONTACTO

 

Email: hola@danielagarciatabares.com

 

© Copyright. All Rights Reserved.

Todos los derechos reservados