La patria es un invento

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LA PATRIA ES UN INVENTO

Diario de Menorca 16 Nov 2017

Hace casi un mes murió Federico Luppi, el actorazo argentino que enfundado en la piel de Martín Echenique –Martín (Hache) (1997)– pronunció ese certero discurso que tantas veces he necesitado reproducir en los últimos meses: “El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental. ¡La patria es un invento! Uno se siente parte de muy poca gente; tu país son tus amigos, y eso sí se extraña, pero se pasa”. Suscribo cada una de estas palabras, ya no por afinidad idealista, sino porque la vida misma, con sus vueltas y reveses, así me lo ha enseñado. Salvo una excepción: nunca se deja de extrañar.

 

Si tras leer esas líneas, alguien se ha ofendido, le invito a que se pregunte por qué. Es posible que sea un patriota de bandera y que haya asumido desde su más tierna infancia que el lugar donde nació le representa, es parte de su identidad, es una extensión de sí mismo. De ser este el caso, las palabras de Martín han debido de suponerle al agraviado un puñetazo directo al estómago: le ha –hemos– llamado tarado mental. Pero respire, que no es a usted, personalmente. Vuelva a leer: la patria es un invento, tan antiguo como la religión, las clasificación de las razas o las clases sociales. Todos estos conceptos, tan arraigados a la humanidad que cuesta pensar en ésta como una unidad –la única que debería existir–, tuvieron en su momento y hasta hoy una sola función: fragmentarnos. Aunque, eso sí, haciéndonos creer que son ideales de fraternización, oh hermanos, uníos a nosotros y veréis cómo nunca más estaréis solos.

 

Ahora, sería fútil obviar la necesidad intrínseca al hombre de formar parte de un colectivo bajo el que arroparse. Necesitamos como el agua sentirnos partícipes y aceptados, reconocernos en los demás, unirnos al grupo que más se asemeje a lo que somos. Y desde el primer momento, el concepto patria sacia esta sed de pertenencia: nos brinda una lengua, unas tradiciones, un clima y una gastronomía que más tarde serán el prisma con el que observaremos el mundo. Pues, qué es la patria sino un concepto de pertenencia limitante y confinado, cuyo único requisito es el azar, el capricho, la suerte o la mala suerte –según el caso– de haber nacido en un determinado estado. Y no sólo eso, sino que además, algunos convierten esa ridícula arbitrariedad en identidad, como si lo que no elegimos nos representara, algo que defender, algo por lo que enemistarse, algo por lo que morir –llegado el caso–. Para sentirse parte de la piña patriótica, inquebrantable e inseparable, la única condición es abrazar todo lo que ésta dicte.

Yo no sé si será la perspectiva que me ha otorgado el haber dejado la mía, mi patria, hace ya tantos años, siendo tan niña que apenas me reconozco en sus contornos; o si se deberá al hecho de haber vivido desde entonces en otras que no fueron las que me tocaron al nacer, pero que, como la mía, también me ofrecieron sus lenguas, sus literaturas, sus tradiciones, sus climas y sus maravillas culinarias, y fue tanto lo que me dieron, que lo cierto es que una se pregunta cómo hay quien va por la vida orgulloso de pertenecer solamente a una. Cómo es posible que se persiga la homogeneidad dentro de unas fronteras que abarcan tantos accidentes geográficos como lenguas, cómo es posible que alguien no desee empaparse de todas estas diferencias para crecer y expandirse, y ¡Cómo es posible que alguien que prefiere mantenerse alejado de estas diferencias pida que los diferentes se queden! Ya lo dijo Luppi, que en paz descanse, desde la voz de Martín: el que se siente patriota es un tarado mental. Sin perdón.

 

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