Memorizo, luego nada

PUBLICADOS

MEMORIZO, LUEGO NADA

Diario de Menorca 1 Dic 2017

Anna, 16 años. Siempre llega tarde a nuestras clases. Observo en ella claros síntomas de estrés: respira agitada, casi buscando el oxígeno que le falta, se retuerce las manos como si quisiera escurrirles el agua sobrante. Ha intentado disimular sin éxito sus perennes ojeras bajo una gruesa y aún así, insuficiente capa de maquillaje. Le pregunto si se encuentra bien, y es entonces cuando Anna me confiesa lo evidente: no puede más.

 

La fortuna de dedicarme a la enseñanza particular, vamos, a la maravillosa tarea de sentarme frente a un solo alumno dispuesto a escuchar lo que tengo que decirle, me regala lo mejor del oficio de profesor: la posibilidad de tenderles una mano en la que apoyarse y unos oídos en los que volcar lo que les frustra. Puedo averiguar de propia voz qué es eso tan terrible que ha conducido a Anna hasta ese estado de ansiedad. Et voilà: los inservibles, obsoletos e inútiles exámenes tienen la culpa.

 

Siempre he sido una ferviente detractora de los exámenes. Ya en mi época de estudiante no comprendía para qué servían, en qué fortalecían o ayudaban al aprendizaje, cuál era su función a la hora de aprehender conocimientos. Y he aquí precisamente el quid de la cuestión: aprehender es un verbo olvidado en este podrido y anacrónico sistema educativo. No hay tiempo para asimilar ni comprender. Los profesores tienen que ceñirse a un currículum, una lista de conceptos que enseñar, y si no cumplen… ¡Ay! De modo que los maestros no tienen más remedio que explicar escuetamente porque no llegan, porque el calendario manda, calendar rules, y a los chavales no les queda otra que apuntar con prisa, preguntar las dudas con prisa, y sobre todo, memorizar con prisa para vomitarlo todo más tarde en ese método caduco y arcaico de escribir sobre un papel lo que milagrosamente recuerden, si es que los nervios no les fallan.

 

Anna no puede más, me confiesa. Es una persona autoexigente, responsable y competitiva. Sus notas son altas, lo que sólo significa que tiene buena memoria. Nada más. A los padres que se preocupan por las notas de sus hijos: dejen de hacerlo, sólo cuentan lo bueno que es recordando cosas, y eso ¿Qué importa si no entienden? Anna es capaz de recitar, sin parpadear, una página entera del libro de historia, o la lista de elementos que intervienen en la comunicación, o el nombre de las técnicas de arte. Pero Anna no entiende lo que dice. No sabe explicarlo con sus propias palabras. No tiene ni idea de a qué se refiere cuando dice novecentismo, república, oligarquía. Aunque cualquiera lo diría oyéndola hablar, con tantos ilustres palabros. Sin embargo, dice que no puede más. Tiene miedo a que el almacén de su memoria reviente por tantos conceptos acumulados allí dentro, y le aterra olvidarlo todo antes del examen. Se siente insegura porque no comprende, porque sabe que no es ella quien habla: es esa parte robótica que se encarga de repetir lo leído. Así ha sido siempre. Anna, de hecho, sabe muy pocas cosas con seguridad, aunque nadie lo creería viendo sus notas, y ha llegado al último eslabón de la educación obligatoria rellenándose de conceptos que más tarde elimina de su memoria para hacer espacio a los que vienen. ¿No es tristísimo y ridículo?

 

Pero no es su culpa. Ni siquiera lo es de los profesores, quienes, al igual que sus alumnos, también sufren las consecuencias. La responsabilidad siempre es de quien decide qué sistema aplicar. Por mi parte, creo firmemente en una educación basada en la imaginación, en la aplicación de los conceptos aprendidos sobre formas reales y tangibles, donde los estudiantes palpen, sientan y hagan suyos todos los conocimientos, participando activamente, sin notas, haciendo equipo con sus compañeros y no rivalidades, en definitiva: sueño con que todos los profesores nos convirtamos en Robin Williams en El club de los poetas muertos. A Anna seguro que le relajaría sentarse en el césped a debatir con su profesor y sus compañeros qué es poesía. Y por cierto: Anna son todos mis alumnos.

 

 

PUBLICADOS

Artículos, opinión, ficción.

CONTACTO

 

Email: hola@danielagarciatabares.com

 

© Copyright. All Rights Reserved.

Todos los derechos reservados