Sin libros no hay paraíso

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SIN LIBROS NO HAY PARAÍSO

Diario de Menorca 23 May 2017

Supongo que recuerdan esa frase célebre, casi axioma, del bendito Borges, en cuyo sentido nos abrigamos quienes soñamos con lo mismo: «Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca». A menudo pienso en el porqué de ese pretérito y ese condicional de los dos únicos verbos de esta oración inolvidable. ¿Será que ya entonces la imagen de un vergel laberíntico –tratándose de Jorge Luis, ¿cómo si no?– de paredes hechas de libros, se le antojaba irrealizable? A mí, esa elección de los tiempos verbales, precisa y en absoluto inocente, me parece del todo arbitraria. Creo que en algún momento, vaya usted a saber por qué motivo, razón o desazón, el eterno cuentista dejó de imaginar tal paraíso, se dio por vencido y dio por imposible una fantasía que muy probablemente arrastraba desde sus tiernos primeros años. Porque para ser franca, no creo que hablara de su edén personal –ese que todos llevamos dentro y al que huimos cada vez que la vida se torna insoportable: en el mío, por ejemplo, me esperan mis perros y hay montañas de libros y montañas de verdad–, sino que se refería al paraíso al que irrevocablemente seremos arrojados al final del túnel.

Él siempre imaginó, pero un día ya no lo hizo más. Y es que ya por aquellos años la humanidad apuntaba hacia otros derroteros menos silenciosos, y a día de hoy, pensar en el último eslabón de la eternidad como en una biblioteca tiene más de valentía que de esperanza. Pienso que en su infinito amor por el prójimo, Borges deseaba un refugio donde hubiera cabida para todas las almas, donde todos encontráramos la forma de continuar viviendo aun después de lo terrenal, pero un buen día todos esos sueños bibliófilos fueron apagándose: no había ni hay suficientes almas lectoras para mantenerlos con vida.

Porque son muy pocos los que leen. Es un hecho. Cuando les pregunto a mis alumnos, en busca de alguna señal que atisbe optimismo, ilusa de mí, si les gustaría leer –ojo, no ya si lo hacen: conozco de sobra la respuesta– su cara refleja una contracción incómoda de rechazo y pereza, y por mucho que les animo y recomiendo libros que estoy segura, adorarían, no hay forma de hacerles visualizar el paraíso prometido. Pero lo que más me preocupa no es que no lean, ni que no tengan ninguna intención de hacerlo, sino que no comprendo dónde hallarán respuesta a todo lo que les desvela, bajo qué sombra se arroparán cuando les asaltan las dudas. Me duele que las sendas de sus vidas pobremente tengan un único sentido, una única dirección ¿o no es verdad que quienes leemos experimentamos a diario cientos de caminos distintos?

No sé qué contestarían los no-lectores si les preguntara cómo imaginan el paraíso, ya fuese el personal o el de la humanidad entera, cómo creen que debe de ser el albergue final. Obviamente cada individuo haría de los propios anhelos su nirvana incuestionable. Pero si no hay libros, ¿cómo perpetuar la vida más allá de lo mundano? Borges, desde luego, no le llamaría paraíso.

 

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