largo letargo

DANIELA

GARCÍA

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El gato de Schrödinger, Diario de Menorca

LARGO LETARGO

 

Vivo en el centro histórico de Ciutadella, por esa calle ineludible en el camino trazado de todos los saraos, fiestas y batucadas. Hace sólo unos días, mientras tendía la ropa recién lavada en la azotea, vi en el edificio de enfrente a un hombre mayor pintar las paredes de su terraza. Al mismo tiempo, dos balcones más allá, otra vecina sacudía una alfombra atizándole con la escoba. Al verme, el hombre que pintaba levantó su mano manchada de blanco, dubitativo, casi incrédulo. Le devolví el saludo instantáneamente, y la señora culpable de la nube de polvo creyó que mi gesto era para ella, porque rápidamente se metió dentro de su casa.

 

Puede parecer rutinario, pero lo cierto es que esa pequeña e insignificante anécdota fue una revelación: no veía a mis vecinos desde hacía varios meses. La mano perpleja que el señor me regaló venía a decir algo así como, no sé si de verdad hay alguien ahí, no sé si eres la misma persona del verano pasado. Además, caí en la cuenta de que en ese triángulo de saludos escurridizos se estaban llevando a cabo tareas de resurgimiento, aquellas que se requieren tras la hibernación: lavar, quitar el polvo acumulado del invierno, pintar por encima de las manchas que provocó la humedad otoñal.

 

Y como siempre pasa, que al descubrir algo nuevo luego crees verlo u oírlo por todas partes, empecé a notar las reformas dentro los locales, los obreros en las fachadas, los carteles de próxima reapertura. Poco a poco los menorquines vuelven a despertar, dejando atrás el largo letargo y preparándose de nuevo para el sol. Empecé a pensar, también, que los habitantes de la Isla somos como osos pardos guarecidos en los meses más fríos ─algunos se cobijan en sus casas, otros viajan a refugiarse en lugares más cálidos─, auténticos recolectores durante la temporada estival ─cuántos no dependemos de ella─; y gracias a ese carácter menorquín, precavido y prudente, las cosas recuperan su color.

 

Para mí, la demostración definitiva de este resucitar ha sido el Carnaval. Los ciutadellencs en concreto ─e imagino que los isleños en general─ hemos salido a las calles sedientos de multitud, ansiosos de ruido, música y vida, y disfrazados de época talayótica hemos roto, por fin, la rutina de invierno. Aunque en sus orígenes el Carnaval celebrara los días previos al inicio de la cuaresma cristiana, ahora creo que el propósito de esta tradición es sacarnos de ese estado de entumecimiento, y es la excusa perfecta para liberarnos de telarañas y de la pesada somnolencia hibernal, y reencontrarnos con los vecinos que nunca vemos en días templados. Yo hasta ese día no sospechaba que tantas personas viviésemos aquí también en febrero, y por lo que alcancé a escuchar en las conversaciones ajenas de los más achispados, poca gente era realmente consciente de todos los osos pardos que nos quedamos aquí también después del calor, pasando el temporal en la Isla.

 

Ojalá y este ciclo nunca cambie. Gracias a él, noches como las del pasado viernes 24 cobran todo su valor, y es por este proceso necesario ─letargo hibernal y vigilia en temporada─ por lo que las fachadas siempre parecen recién construidas y todo en verano se ve tan bonito: porque todos los años tenemos tiempo de rehacernos de nuevo.

 

 

 

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