tú te lo pierdes

DANIELA

GARCÍA

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El gato de Schrödinger, Diario de Menorca

TÚ TE LO PIERDES

 

Hace un mes, un compañero de este periódico –hola, Rubén– me entrevistó para la sección Menorquines con acento. Allí, gracias a mi verborrea habitual y a las geniales preguntas del periodista, expresé sin tapujos cómo era para mí, viajera y anidada, vivir en la Isla. En resumen, sentencié que había encontrado mi lugar y reconocí que estoy enamorada hasta las trancas de este paraíso –como pueden intuir en el ronroneo de este gato que ahora les maúlla–. Claro, cómo no estarlo. Para mí es obvio, como para muchos otros: tan lógico como amar los días soleados o tu canción favorita en la radio: Menorca es de las cosas que nunca te cansas, de las que nunca tienes bastante.

 

Pues no. Una y otra vez la vida me demuestra que no hay que dar nada por sentado, ni por hecho, ni por sabido. A veces lo más evidente es lo más cuestionado. Para algunos no es tan obvio que la Isla sea un paraíso. Así me lo han hecho saber algunas de las personas que leyeron la entrevista. Imagínense mi consternación. Cómo puedo convencer a alguien de que éste es el mejor lugar para vivir de todos cuanto he pisado, cómo cautivarle, si la Isla no lo ha logrado –como si ella en sí misma no fuera suficiente–. Me recuerda a todas esas mujeres, amigas, colegas, hermanas, que he consolado porque el ciego de turno no las quería, no las amaba, no les correspondía. El tipo de ciego que no es capaz de ver la auténtica belleza porque vive anclado en cualquier tiempo pasado, que le parece mejor. Y quien dice tiempo, dice lugar, pareja, trabajo. A Menorca le digo lo mismo que en su momento les dije a ellas:

 

—Amiga, él/ella se lo pierde.

 

No logro entenderlo, por mucho que lo intento. Ya no digamos, compartir su percepción. No fueron pocos los que cuestionaron mis afirmaciones, preguntándome si había sido sincera o sólo políticamente correcta, interrogándome incrédulos sobre si realmente pensaba que yo era parte de la Isla. Incluso llegaron a decirme: “hagas lo que hagas para ellos siempre serás un foraster”, con la indudable intención de arrastrarme con ellos a ese bando de los que se quejan, de los que no ven, de los ciegos. No soy yo quien para discutir con nadie acerca de sus convicciones. Más faltaría. Las ideas nacen desde la propia experiencia. Formamos nuestros criterios a partir de íntimas vivencias. Nadie puede sentir lo que tú estás sintiendo –este es un ejemplo de esas cosas que para mí son obvias, pero que para muchos, inexplicablemente, son objeto de debate–.

 

No soy quien para decirle a esas personas que, a lo mejor, no se sienten parte de Menorca porque no se han movido demasiado, o quizá porque no han hecho un pequeñísimo esfuerzo por conocer a sus vecinos, en el bar, en la panadería. No soy nadie para decirles que este lugar mejora, si eso es posible, gracias a su gente, porque hasta la fecha no ha habido menorquín que me hiciera sentir que no soy bienvenida, que no estoy en mi casa. Cómo no iban a ser anfitriones de bandera, después de tantas como han izado –vándalos, piratas turcos; musulmanes, ingleses, franceses–. Es posible que esas personas no se sientan parte de la Isla porque no han tenido la oportunidad. Lo dudo, pero es posible. Pero si realmente lo desean, si quieren de verdad sentirse vinculados, no tienen más que quitarse la venda e interactuar con los que tienen a su alrededor. Y no me refiero con el turista, al que hay que atender. Me refiero a relacionarse con esa persona que ven todos los días de otoño en el bar y todavía no conocen su nombre. Les aseguro que nadie va a negarles el saludo. A mí no me ha pasado. ¿O quizás es que soy simplemente una persona con suerte?

 

 

 

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