El olor

CUENTO

 

El olor

A mi hermano lo mataron por allá, lejos, en mitad de algún páramo reseco y sangriento, en uno de esos lugares donde todo es guerra y ni las blancas estrellas fulgentes de la noche amansan el odio. Tuvimos que inventarnos un cuerpo al que enterrar porque ni cuerpo ni nada regresó para velarlo, sólo volvió en forma de noticia triste volando de boca hambrienta en boca hambrienta a través del desierto, y aterrizó en los oídos de mis padres como una de esas bombas que se lanzan al aire sin importar la desgracia inminente.

«Ha muerto», les dijeron, y mi madre arrojó un grito que le desgarró la garganta y más nunca pudo volver a cosérsela.

Yo ya sabía que mi hermano había muerto incluso antes de que el único testigo lo contara y la noticia se desparramara por los eriales. No podría explicar qué fue lo que me hizo sentirlo, una especie de frío anquilosante que se me engarzó a los huesos y se me vertió en el corazón.

Ocurrió una mañana en la que arreaba mis mulas cargadas sin piedad, las bejuqueaba con crueldad como queriendo descargar sobre sus grupas el peso de tanta desdicha. La verdad es que uno a veces no sabe por qué hace las cosas que hace hasta que pasan los días y el fervor de las emociones se apaga como una fogata bajo la lluvia, pero en ese momento yo azotaba hasta el cansancio, usando por fusta una rama arrancada de la acacia que afilé sobre piedra para que les quemara duro el cuero a las bestias, tal era mi ansia de soltar. Cuando noté el hielo adentro les dije, lo mataron, y continué vareándolas como si ellas hubiesen sido las responsables de su muerte. Pasaron varios días hasta que corroboraron mi videncia, y para cuando conocimos el final de mi hermano con certeza, yo ya le había llorado a escondidas lo que da para resucitar un río. Gracias a eso pude sujetar a mi vieja y beberme sus lágrimas, y aunque yo pensaba que después de mil jornadas ya no le quedaría agua en los ojos que derramar, ella continuó regando su recuerdo hasta el mismo día en que fue a su encuentro.

Esta vez sí teníamos cuerpo al que enterrar, un cuerpo diminuto, antiguo y marchito, la carne ajada que había contenido el alma de mi pobre madre. La enterramos junto a la tumba imaginada de mi hermano, y mientras mi viejo padre cavaba sin descanso el hoyo que habría de engullir a la mujer amada, me di cuenta que ni dolor sentía ya. Hay sufrimientos que matan en vida y lo dejan a uno como un saco de papas yerto y aterido, incapaz de afectarse por lo que acontece, y entonces ya solo queda esperar el turno de ser manduca de larvas y colémbolos, y reunirse por fin con aquellos cuya ausencia dejó los días huecos. Le dimos sepultura bajo un sol calcinador en mitad de la pampa, por eso no pude distinguir si entre las arrugas profundas de mi padre se encajonaban lágrimas o gotas de sudor, y yo tampoco tuve valor de preguntarlo.

 

Un día, varios meses después de que madre también se extinguiera, mientras araba la tierra tan árida que formaba terrones polvorientos, un olor dulce como de fruta madura me zamarreó la dormidera, porque cuando se crece haciendo los mismos movimientos mecánicos sobre los campos llanos de sol a sol día tras día, uno es capaz de hundirse en un sueño vasto sin mayor esfuerzo al tiempo que se iza la azada y se clava y rasga el suelo. No recuerdo por cuál de los mundos que visito mientras aro estaría vagando, pero sí recuerdo que me demoré un rato largo en ubicar ese aroma meloso entre lo onírico y lo real, era tan suave como las manos de madre y tan azucarado que de pronto me dominaron unas ansias animales de chupar el aire, de lamerle el olor, y me puse a lengüetear el vacío sin dirección de acá para allá, y hubo un momento en que estaba tan ida con la lengua babosa toda desesperada buscando el origen de esa fragancia empalagosa que me encontré desplegada en el piso lamiendo los terrones de tierra amarillenta y chupándoles la humedad que retenían de lluvias antañas. Nadie me creyó entonces y nadie me cree ahora, pero yo les digo por la memoria de mis muertos amados que esos pedazos de tierra amarga fueron lo más dulce que yo probé jamás. Al salir del trance y vomitar el polvo embuchado, fui en busca de mi padre y lo hallé medio mareado fleteando los enormes sacos de leña seca que cada noche nos calienta el cuartucho aunque nunca el corazón. Corrí a ayudarle, pero como siempre desde que la tristeza le hace de esposa, me apartó con un gesto de rechazo y siguió ensimismado halando lo que en ese momento me pareció su propio dolor. Y mientras observaba cómo se alejaba con su joroba que es como una montaña de cima inalcanzable bien puntiaguda y escarpada, le dije:

—Viejo, ¿ha notado ese olor?

Entonces mi viejo de inmediato soltó la leña pesada que al caer sonó como un desprendimiento, como si acabara de alcanzarle un disparo en el centro del pecho y se le paralizaran las fuerzas, y por primera vez desde que nos quedamos solos los dos, me regaló una mirada envuelta en sus ojos borrosos y me habló, o mejor dicho, habló, y su voz rauca era la de un monstruo dormido al que se le molesta después de milenios, y con ella contestó:

—¿Tú también lo hueles?

A él el olor lo había cogido recogiendo la madera recién cortada, y me contó que fue tal la intensidad de esa peste meliflua que, como yo con la tierra, se puso a chupetear los troncos y a arrancarles la corteza con las muelas y a comérselos como una bestia hambrienta ante carne cruda. Tenía la boca rojiza de la sangre que le provocaron las astillas y entre los cuatro dientes delanteros que todavía conservaba se le encasillaron restos negros de madera que le hacían la sonrisa aún más mohína. Desde ese día el olor a fruta añeja ya no se fue más.

 

Con el tiempo aprendimos a distinguir las horas en que el olor era más tupido, había instantes concretos en los que nos apretaba como queriendo ahogarnos, eran los ratos de más calor, cuando el sol se instalaba arriba en el centro y su fuego cenital irrigaba las parameras hasta evaporarlas; y a veces, cuando al viento le daba por aparecer como un padre arrepentido después de tanto abandono, nos traía sobre sus ráfagas puñados de la esencia almibarada con la que nos golpeaba hasta reconciliarnos con nuestros instintos más primarios. Cada vez que esto ocurría, estuviéramos donde estuviéramos, levantábamos la nariz y empezábamos a aspirar con furia, y entonces les preguntábamos a los que en ese preciso momento estaban a nuestro alrededor:

—¿No lo huelen? ¿En serio no se les apelmazan las ñatas con este hedor como de postre mermelado, como de pulpa jugosa y fresca?

Sin embargo nuestros vecinos se alzaban de hombros y al principio continuaban con sus labores maquinales, tal vez pensaban que se nos había muerto también la razón, pero como a mi viejo y a mí se nos llevaba el olor como arrastrados por un torrente bravo, poco nos importaba lo que creyeran, y persistíamos en nuestro rastreo persiguiendo el hilo invisible de la esencia, dejándonos tirar por su dulce anzuelo, nos agachábamos o estirábamos según su recorrido lo exigiera, nos revolcábamos en los focos espesos del aroma que se condensaban en ciertos puntos del terreno, succionábamos la tierra, mordíamos el aire, hasta que el sol aflojaba y la densidad del olor mermaba hasta volverse recuerdo. Después, permanecíamos en silencio con la mirada atrofiada y la boca hecha un lodazal por todo lo ingerido. A pesar de esa sensación de esclavitud que los episodios salvajes dejaban en nosotros, como de haber sido domados por un bárbaro cirquero de látigo humeante que tras la fiesta nos desechaba, solo anhelábamos su regreso, porque por un extraño motivo que entonces desconocía, nos sentíamos de nuevo acompañados, dejábamos de ser mi viejo y yo como una sola soledad y de pronto éramos tres, el viejo, el aroma y yo, y éste nos abrazaba con sus partículas y nos hacía olvidar que ya no nos quedaba nadie más en toda la tierra. Y en este pueblo detenido como en una eterna espera, cualquier gesto que se rebela ante el régimen de la rutina supone todo un acontecimiento que ni las muertes ni los nacimientos, que a esos estamos acostumbrados ya. Sin embargo vernos a mi viejo y a mí restregándonos y untándonos y asediando el olor como perros famélicos era causa suficiente para romper los hábitos, se llamaban los unos a los otros para observar nuestra olfativa locura y con el espanto amasándoles el rostro ninguno era capaz de entrometerse en ese ritual diario, no fuera a ser que se mezclara en la espesura del olor y también nos lo comiéramos.

 

Entonces, durante una noche tan clara que parecía una mentira, mi padre me zarandeó hasta sacudirme el sueño y me dijo:

—Ya están listas las mulas, mija. Nos vamos.

Instantes después me encontré siendo arrullada por el contoneo de mi vetusta mula esmirriada atravesando por primerita vez en toda nuestra existencia la llanura en la que naufraga nuestro pueblo.

 

 

**

 

 

Era esa hora de silencio azul y quietud de muertos en la que ni el sol ni la luna alumbran. Este es el filo de los días, pensé. Las estrellas se guarecieron una a una huyendo de la claridad cercana y nada más alcanzábamos a ver la estepa licuarse con el cielo. Solo nos quebraba la calma el ruido del galope lento contra la tierra que sonaba tac tac como si chocaran dos huesos. Llevábamos varias jornadas siguiendo los rastros del olor y la verdad es que ya ni alimentarnos queríamos con tal de no distraernos. Yo notaba a mi viejo achicado bajo su joroba vertical y erguida porque excepto ella todo su cuerpecito se le iba haciendo todo piel.

—Dale viejo, paremos acá. A las mulas ya se les van a tronchar las patas.

—Sigamos un poco más.

—Bueno.

Y así duramos hasta que en serio se les fragmentaron las patas a las mulas y no nos quedó otra que acabarles el alifafe. Quizás les resulte curioso pero después de todo lo que les estoy narrando lo que más me apalea las entrañas fue tener que matar a las mulas, porque está bien que a uno se le muera hasta el rencor que ése nunca muere, que uno entierre a su hermano en sueños y a su madre en la vigilia, pero que además uno tenga que cargar en el alma ese sonido pesado del cuerpo que cae sin vida, eso es un castigo. ¿Cuánta muerte puede aguantar una misma vida? De modo que continuamos a pie el camino señalado por el aire, hasta que una lluvia violenta, de esas que solo fustigan en estos llanos olvidados de Dios, nos borró toda brizna del aroma.

 

La lluvia nos abandonó empapados como fetos recién escupidos, asidos a las manos del otro, eran la única referencia que teníamos de que seguíamos vivos, y entonces el miedo le agarró los ojos a mi viejo y ya no se los soltó nunca más. Mi hermano siempre decía que un desierto mojado es un mal presagio, y todo a nuestro alrededor parecía llorar por nosotros. Solo veíamos un círculo de horizontes de tierra mojada y detrás de los límites más y más tierra. Un cuervo negro como el olvido apareció de la pura nada y bebió del charco reciente acumulado a nuestros pies. Luego echó a volar graznando como si algo le hiriera. Yo sabía que mi viejo se sentía perdido y culpable por habernos matado, pero la verdad es que hay vidas que una vez probadas, pues para qué más. De modo que le dije:

—Venga mi viejito, súbase, yo le llevo.

—Pero a dónde mija. —contestó a puntito de romperse.

—Pues hasta el final.

Y trepó sobre mis espaldas como yo solía hacerlo sobre las suyas cuando era chiquita, y pensé que hay ocasiones en que la muerte parece una esperanza. Y así anduvimos otras tantas jornadas hasta que comencé a sentirle el peso imposible y caí en la cuenta que hacía rato que se le había callado la respiración.

 

Como ya les dije antes, hay dolores que lo dejan a uno como un saco de papas, y para serles franca yo creí que después de haber llorado a mi hermano y a mi madre ya no me quedaría ni una hebra de agua en mis restos. Sin embargo, al despedirme de mi viejo se me abrió un pozo oculto, las últimas reservas de sufrimiento, y me vacié sobre su joroba montañosa y se la inundé de cascadas. Y ya había decidido dejarme morir así, cuando de repente el olor a fruta regresó como una mano maternal a detener mi descenso. El sol resucitó de su sepulcro ávido de nubes, las devoró con su sed de fuego, y pronto el olor volvió a ser tan palpable y tangible como todas las personas que amé. Yo no sé de dónde saca uno las fuerzas después de tantas penitencias, pero me cargué el cuerpecito frío de mi viejo sobre los hombros, afilé el olfato, y seguí sus directrices con la resignación definitiva de quien emprende su último viaje.

Los recuerdos que guardo desde ese día hasta el final son una maraña de imágenes del infierno. El olor me arreaba como yo arreaba a mis mulas. Las suelas de mis babuchas se derritieron por el calor y los pies se me churruscaron hasta que el olor a carne asada y a cadáver se mezcló con la fragancia dulce. El peso de un muerto sobre las espaldas se espesa con el sol, y a cada paso su gravedad crecía como mis deseos de cambiarme por él. Pero el olor azucarado me mantenía amarrada al mundo, y si hubiese sabido a dónde me conducía, hubiese corrido aun con los muñones ajados.

 

Al descubrir la fuente del aroma, solté lo que quedaba de mi viejito y sonó como los troncos de leña que siempre cortaba. Una brisa de polvo se levantó de la tierra y en ese instante el mismo cuervo negro sobrevoló el cielo. Me quité el barro de los ojos y les froté la tristeza y entonces pude verla: una higuera frondosa y abundante se erguía solitaria en mitad del olvido. Corrí a cobijarme bajo su sombra y le abracé las raíces hasta dormirme, y antes del final me oí decir:

—Ya no estamos solos, viejo.

 

FIN

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