Cap II - Misericordia

MISERICORDIA

 

II

Una cucaracha negra y brillante caminaba por encima de los restos de merluza pegados a la sartén. En los ceniceros había colillas manchadas del carmín de Federica. Cogí una, la encendí y le absorbí lo que quedaba. Entré al baño y el olor a tripas de pescado que salía del desagüe me revolvió el estómago. Vomité un líquido amarillo que me dejó un regusto amargo por un buen rato.

Fui a casa de Lili con la esperanza de que me diera algo de comer, de fumar o de beber. Allí estaban Jessica y la imbécil de Eva pintándose las uñas. Vaya cara traes, das puta pena, dijo Lili al verme. Me dio un poco de sopa y partió lo que le quedaba de pan y lo compartimos. Ninguna mencionó el trabajo en la pescadería. Me sentía culpable, pero estaba acostumbrada a ese sentimiento y ya no había nada que hacer.

 

Eva no dejaba de mirarme con cara de odio. A ti qué coño te pasa, dije, olvídame. No tenía fuerzas para pelear ni gritar, solo quería que me dejara tranquila. Eva se levantó desafiante con ganas de guerra y Lili le pidió que se fuera. Joder, tenéis que acabar con esto ya, sois un puto incordio. La cuestión es que yo no sabía ni cómo había empezado. Sabía que Eva amaba a Federica y que Federica alguna vez se había dejado amar. Pero Eva sabía que Federica me prefería a mí y no comprendía el motivo. Lo cierto es que yo tampoco.

Jessica propuso ir al Infierno a pedirle a Roberta que nos fiara un par de botellas. Salimos y el cielo nos mostró algunas estrellas, frágiles, casi transparentes. No soplaba una brizna de aire y al andar era como si tuviéramos una bolsa de plástico tapándonos la cabeza. Los seis niños de Inmaculada jugaban en la calle con una botella de Coca-Cola, pateándola como si fuera una pelota. El viejo Ernesto paseaba su carrito lleno de basura que él consideraba tesoros. Mirad, mirad lo que he encontrado, nos gritó, pero no teníamos ganas de escuchar sus historias.

 

Al entrar, encontramos a los tipos que la noche anterior habían asediado a Roberta acodados en la barra. Qué coño hacéis aquí, grité, largaos. Tsé tsé tsé tranquilita fiera, dijo Roberta, han venido a disculparse y a consumir, así que te calmas. El tipo que me había dado el puñetazo le dijo a Roberta, ponles lo que quieran, yo pago. Hubiese querido partirles la cara y dejarlos sin dientes, pero necesitaba urgentemente algo de beber. Se acercaron a nuestra mesa y nos pidieron amablemente permiso para sentarse. Miré a Lili y Jessica en busca de indignación, pero ambas se mostraban sonrientes y complacientes presentándose a los tipos. Soy Germán, dijo el que me había pegado, perdona por lo de anoche, iba puesto hasta arriba y te confundí con un hombre. ¿Qué quieres decir?, le pregunté. Pues que de haber sabido que eras una tía no te habría pegado. Me reí irónica tratando de concentrarme en el trago que tenía en la mano y en la visión de los siguientes. Más tarde damos una fiesta en mi casa, dijo, habrá de todo, por qué no venís, lo pasaremos bien.

La casa estaba a las afueras de Misericordia, en uno de esos terrenos arenosos vallados por púas y perros guardianes con bocas sangrantes. En el salón había un sofá carcomido por la mugre, una tele rota en el suelo, una pila de ropa que despedía un fuerte tufo a meado. En la mesa de centro las colillas y las botellas vacías no dejaban ver la superficie. Lo mismo ocurría con el suelo. La única luz caía de una bombilla cuyos cables colgaban desnudos y chispeantes. En las paredes había dibujados varios grafitis obscenos y en ellas colgaban carteles de antiguas peleas de boxeo. El púas vs. The Killer, El púas vs. Boom Boy, El púas vs. Iron Toro. Solo hacía cinco años de aquellas peleas y, de no ser por los tatuajes en el cuello, resultaba imposible adivinar que aquel cuerpo atlético una vez perteneció al gordo de Germán. Ahora lo entiendo, dije, menudo derechazo. Le sonreí cómplice y con ello zanjamos el tema para siempre.

Poco a poco la noche fue incendiándose. Comenzamos con latas de cerveza brindando y charlando animadamente. Nos contaron que nunca iban al centro de Misericordia por movidas, ya sabes, cuentas pendientes, dijo Germán, pero hace poco que encerraron al hijo de puta ese y ya podemos movernos más tranquilos. Matías, uno de los amigos de Germán, sacó un par de gramos y al empolvarme la nariz estornudé y el polvo blanco voló como nieve fresca bajo el viento. Todos rieron y sus dientes amarillos me recordaron al trigo silvestre que antes crecía por esos mismos lados. El humo condensado de los cigarrillos difuminaba sus siluetas y me parecía que sus voces salían de algún bosque engullido por la niebla. Estaba borracha, realmente borracha, como hacía muchos meses no conseguía estarlo. Debía de ser por el hecho de beber por diversión y en nueva compañía.

Vimos como Jessica arrastraba de la mano a Fabio, otro de los amigos de Germán, y se lo llevaba a uno de los cuartuchos del interior. Nos reíamos mientras les escuchábamos follar porque Lili imitaba los sonidos feroces de Jessica con movimientos de serpiente que recreaban la escena. Me oriné encima por la presión de la risa, no me había dado cuenta de que hacía rato que estaba aguantando. Salí fuera a respirar y el cielo me golpeó con su manto de estrellas, blancas, vivas. Nunca había visto tantas y fue como aparecer en mitad del sueño de alguien feliz. Por primera vez en toda mi vida vi una estrella fugaz y rápidamente cerré los ojos con fuerza y apreté los puños para que mi deseo adquiriera la consistencia de algo tangible. El deseo jamás se cumplió pero fue bonito creer por un instante que lo haría.

Regresé adentro y vi que Germán había sacado un viejo discman al que le había enchufado unos altavoces ridículos que distorsionaban las voces hasta convertirlas en un maullido metálico. Era un sonido desastroso pero suficiente para no tener que hablar todo el tiempo. Lili y Matías se estaban enrollando en el sofá y Germán iba y venía del baño a cada rato. Me tumbé en el suelo al lado de la mesa de centro, entre botellas, colillas y cucarachas muertas, y permanecí quieta observando las chispas que saltaban de los cables pelados de la bombilla. Son como fuegos artificiales, dije, pero nadie respondió.

De pronto llegó más gente, a algunos los había visto deambular por el barrio, a la mayoría no los había visto nunca. Se sentaron en el suelo, a mi lado, y todos me ofrecieron lo poco que tenían. Mientras compartíamos unos tragos, algunas líneas, me contaban sus vidas y todos sin excepción se quejaban de la mala suerte que siempre les perseguía. Conocí a una muchacha esquelética de huesos afilados que se fijó en cómo le miraba las clavículas salientes y los dedos largos como ramas. ¿Quieres dar una vuelta? Me preguntó. Salimos a la noche tibia y los perros nos saludaron con sus ladridos. La abracé rodeándola por la cintura y la sentí como un pajarito frágil y desamparado. Abrimos la alambrada y caminamos en silencio hasta dejar el ruido de la fiesta hecho un murmullo. Nos tumbamos en unos matorrales y cuando estábamos calentándonos la muchacha gritó. Se le había clavado una aguja en el centro de la espalda y al quitársela un hilo de sangre le cayó por la columna.

Al volver a la fiesta, un tipo enorme con cara de desquiciado cogió a la muchacha del brazo y empezó a arrastrarla. Le di una patada en la espalda, lo tiré al suelo, le di varios puñetazos en la cara y en la nuez. La muchacha me agarraba de la ropa y me rogaba que lo soltara, por favor, para, para, lo vas a matar. Germán salió del baño y fue el único capaz de detenerme. Me levantó como a un saco de patatas y me echó a la calle. Vete, ya hablaremos.

Misericordia dormía callada y ajena a su propio abismo. Las calles vacías me devolvían el eco de mis pasos. Me caí un par de veces y me di cuenta que las estrellas allí dentro no brillaban, la luz de las farolas se tragaba el cielo. Un viento suave hacía ondear la ropa en todas las ventanas. Vi al viejo Ernesto durmiendo en la plaza a la sombra de su carrito. Le puse un cartón a modo de manta y le di un beso en la frente. Cuando llegué a casa y me tumbé en mi colchón, no podía dormir. Las manchas en el techo danzaban encima de mí y dibujaban paisajes frondosos que solo he visto en los cuadros de los restaurantes chinos. Empezó a despuntar el día, tórrido y cargado de humedad. El sueño me cogió contando las grietas de la pared. Había nuevas.

 

 

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