Cap I - Misericordia

MISERICORDIA


I

Me despertó el casero aporreando la puerta. Despierta, hija de puta, tienes que pagarme ya, gritaba. Abrí la puerta con las tetas al aire y las bragas de algodón roídas, frotándome los ojos. Pero qué hora es Augusto, dame tregua, hombre. El tipo me apartó y se metió dentro observándolo todo con un asco profundo. Duermes como los putos perros, dijo, dándole una patada al colchón del suelo. Aunque yo ya me había acostumbrado, reconozco que la escena golpeaba el estómago. Augusto se sacó una bolsa gigante del bolsillo trasero del pantalón y comenzó a recoger botellas vacías y a vaciarme los ceniceros. Eres una puta cerda, me vas a dejar esto inhabitable, a qué mierda huele aquí, decía. Augusto, voy a pagarte, la semana que viene tengo que cobrar algunas cosas, ten paciencia, hombre, todo va a salir bien. Una semana, respondió. Una semana o te vas a la puta calle.

     Se marchó y volví a tenderme en el colchón sin sábanas ni almohada. El humo de los cigarrillos y las humedades habían pintado un cuadro fúnebre en el techo. Me quedé observándolo intentando averiguar qué forma tenían las manchas tal y como hacen los niños con las nubes. Me encendí un cigarrillo y volvió a atacarme la tos. Decidí que saldría y no regresaría hasta haber conseguido un trabajo.

En la esquina encontré a Roberta peleando con otra mujer. Cambié de acera y me eché la capucha sobre la cabeza para que no me reclamara el pago de los tres litros del día anterior. Para buscar trabajo debía alejarme varios barrios a las afueras, a los alrededores ya todos me conocían y nadie confiaba en mí.

Me subí a un bus cualquiera por la puerta de atrás y una señora se asustó y tuve que pedirle que se callara poniéndole el dedo en los labios. Me apeé cuando dejé de reconocer las calles y todo me resultó extraño. Hacía un calor de mil demonios y empecé a desprender un olor agrio. Vi una perfumería de barrio y entré a ducharme en colonia de muestra. La dependienta me vigilaba de cerca, rabiando por no poder echarme. ¿Necesitáis una ayudante?, pregunté mientras me perfumaba. ¿Perdona?, contestó la chica. Que si necesitáis a alguien para trabajar. Anda, lárgate.

     En la calle contigua había varios comercios con toldos desgastados y letreros quemados por el sol. Entré en una frutería que exponía todas las cajas vacías, excepto por dos o tres que contenían limones cubiertos de moscas. Allí me ofrecieron un par de cervezas a cambio de llevar todas esas cajas al contenedor. Acepté. Tenía sed.

Al terminar, fui a una lavandería y el dueño me echó gritando que iba a ensuciarle todas las prendas. Fui también a un estanco, una mercería, un casino viejo y triste, hasta dar con una pescadería más pequeña que el cuartucho de Augusto. La dueña, una señora grande de busto generoso, me miró de arriba abajo, se acercó y me cogió las manos. Tienes buenas manos, dijo, duras y fuertes, ¿Sabes limpiar pescado? No, pero aprendo rápido, dije. Me condujo a un cuartucho claustrofóbico sin ventilación detrás de una torre de cajas de pescado. Me tiró un delantal enorme de lona y me dio un cuchillo grande y hermoso. Se lo clavas en el vientre, lo abres con los dedos y les sacas las tripas y las huevas. Luego los descamas a contrapelo ¿Entendido?, dijo. Y se marchó.

Las tripas eran viscosas y suaves. Me gustaba arrastrarlas con las uñas desde la cabeza hasta la cola y sacarlas enrolladas en los dedos. Poco a poco el suelo se convirtió en una piscina de vísceras. Las escamas saltaban como copos de plata metiéndoseme en las orejas y pegándoseme al pelo. Cuando hube terminado de limpiar todo el pescado de las cajas, la señora me tendió algunos billetes y me envolvió en papel marrón un par de merluzas que olían a podrido. Vuelve mañana a las seis, dijo. ¿A las seis de la tarde?, pregunté. Ja ja ja qué graciosa, dijo pero sin reír, y trae botas de agua. Me despedí contenta porque por fin iba a comer algo.

El regreso a casa tuve que hacerlo andando porque al entrar en el bus por la puerta de atrás, el olor a pescado me delató y el conductor frenó de pronto haciéndome caer al suelo. Bájate o llamo a la policía, dijo. Escupí, le maldije y me bajé.

     Supe que me había perdido tras un par de horas de caminar y caminar y que todo siguiera pareciéndome extraño. Vi a unos jóvenes envejecidos pasándose la botella en plena calle y de inmediato supe que con ellos me entendería. Qué pasa, tíos, ¿Sabéis por dónde se va a Misericordia? Ni puta idea, ¿Tienes un cigarrillo? Les tendí un par de cigarrillos, me senté junto a ellos y bebí de su botella. ¿Cómo os llamáis? Yo soy Fran y éste de aquí es El Mono. No me devolvieron la pregunta y eso me hizo sentir como en casa. Hueles que apestas, joder, dijeron. Sonreí sin fuerzas, dándoles la razón. Me despedí y continué mi camino hacia ninguna parte.

El sol empezaba a caer y se despedía tiñéndolo todo de un naranja bello e insoportable. Me dolían las manos por la falta de costumbre al trabajo y el estómago por el hambre y la sed. Unas estrellas tímidas asomaron sus débiles destellos. Un señor que pasaba a mi lado mirando hacia el suelo y hablando solo se asustó cuando lo detuve. No hizo ni el más mínimo esfuerzo por disimular las náuseas que le provocaron mi olor y mi aspecto. Qué quieres, dijo. ¿Sabe cómo llegar a Misericordia? Tienes que coger la línea cuarenta y ocho. Me refiero caminando, no tengo para pagar el bus, contesté. El tipo suspiró con mucha paciencia, se metió las manos en el bolsillo de la solapa y sacó unas monedas. Muchas gracias, caballero, Dios se lo pague. Sí, sí, lo que tú digas, y continuó su camino hablando consigo mismo. Con las monedas entré a un bar y pedí una lata de cerveza. Allí me dijeron que debía andar hacia el norte y buscar la Avenida Piedad. Me pidieron que me marchara de inmediato o espantaría a la clientela, a pesar de que no había nadie.

Enfilé hacia el norte guiándome por los restos del atardecer. El tráfico se intensificó y de pronto las calles fueron ríos de luces rojas y blancas. Oía las bocinas ensordecedoras y el rugido brutal de los motores y tuve una sensación fugaz de no estar sola. No está nada mal, pensé. Llegué a la Avenida Piedad cuando ya era completamente de noche. Varios coches se detuvieron a mi lado y me preguntaron cuánto. Se ha confundido, les decía, y entonces aceleraban insultándome y deseándome lo peor, y me quedaba pensando en si realmente se podía vivir peor. Siempre se puede estar peor, concluí, y ese pensamiento me heló la sangre.

     Cuando llegué a Misericordia, Roberta se acercó corriendo y gritando, eh tú, hija de perra, me debes lo de ayer. No tengo nada Roberta, mañana te pago. Qué llevas ahí, dijo señalando el pescado envuelto en papel marrón. Nada, unas sobras. Las cogió y las olió. No irás a comerte esto, dijo, está podrido. Con un poco de limón y manteca todo pasa, Roberta. Se marchó gritando, un día te encontraremos muerta, perra.

Al llegar a casa encendí el pequeño fogón de gas y puse a calentar la manteca, freí las merluzas y las empapé en jugo de limón hasta que logré disimularles el olor. Las engullí con ansia animal, incluso me comí las espinas y una se me clavó en la garganta. Me metí en la ducha con la ropa puesta y los restos de tripas y escamas secas se acumularon en el desagüe. Entonces llamaron a la puerta. Eran Jessica y Lili. Vamos a por unos litros, dijeron. No puedo, tengo que descansar. Descansar de qué, de respirar ja ja ja, rió Lili. Hoy he trabajado y mañana tengo que volver. Cómo, cómo, cuenta, cuenta, y se metieron en mi casa y se tumbaron en mi colchón. Les conté el día y dijeron, joder con más razón, vamos a celebrarlo.

     Llegamos al Infierno y encontramos a las demás. Abrid hueco, zorras, vamos a celebrar que aquí la menda ha encontrado trabajo, dijo Jessica pasándome el brazo por los hombros y revolviéndome el pelo. Un coro de gallinas alegres me felicitó y alguien puso un vaso con whisky en mi mano. Me hicieron repetir la historia de mi día y cuando terminé de hablar todas dijeron, ah coño, por eso hueles así.

Pedí una cerveza con la intención firme de que sería la única, pero pronto ya había tomado varios whiskies más, cervezas, algún tequila. Jessica se encargó de comunicarle a todo aquel que atravesaba las puertas del Infierno que aquí la menda había encontrado trabajo. Que no se te suba a la cabeza, decían, no nos vayas a olvidar cuando seas una niña bien.

Llegó Roberta a cubrir el turno de noche detrás de la barra. Le pagué los litros de la noche pasada y me tendió otro dándome la enhorabuena. Perdona por haberte mentido antes, dije, ya ves que hoy sí puedo pagarte. Siempre has sido una perra mentirosa, contestó, guiñándome un ojo y mostrándome la lengua. Todas estaban realmente eufóricas. Yo procuraba contagiarme de su alegría pero resultaba difícil dado el estado habitual de las cosas. Iba a cagarla, tarde o temprano iba a cagarla. Entonces comprendí que no importaba el hecho en sí, sino la excusa triste y minúscula de tener algo que celebrar.

     Unos tipos que no habíamos visto nunca empezaron a asediar a Roberta y entre todas los echamos a patadas. Si volvéis por aquí os matamos, grité y les escupí. Uno de ellos me dio un puñetazo que me dejó ardiendo la cara. Quise devolvérselo pero entre todas me sujetaron y al tipo se lo llevaron sus amigos. Me encendí un cigarrillo. Fuera, el aire era denso y cálido. A lo lejos, vi a Federica hablando con otra tipa. Me acerqué y las interrumpí. Qué hay Fede, hay que ver qué guapa estás esta noche. Subimos a mi casa y abrimos el litro. Bebimos de la botella sentadas en el colchón. Federica era una jovencita dulce y risueña, la más bonita de todo Misericordia. Tenía serios problemas mentales y en noches como aquella me dejaba besarle las cicatrices. Estaba muy emocionada por mi nuevo empleo. ¿Sabes cuántas cosas cambiarán a partir de ahora?, me preguntó. No, cuéntamelas. La veía mover los labios en esa carita menuda y graciosa y sentía muchas ganas de abrazarla. Ven, túmbate a mi lado, le pedí. Federica no paraba de hablar, excitada por mi nueva situación. Ya verás, te irás de este barrio de mierda y todo irá mejor, y quién sabe, quizá puedas llevarme contigo. Ambas nos sonreímos sin esperanza.

     Después del sexo bajamos de nuevo al Infierno. Lili ya estaba fuera de combate durmiendo con la cabeza apoyada en la barra. Al verme todas gritaron, aquí está la nueva marquesa. Seguí bebiendo hasta gastarme todo lo ganado en la pescadería porque Roberta se negó a fiarme más. Si no podía beber, no tenía sentido quedarme. Dejé a Federica con las demás y fui a deambular bajo la noche.

A pesar del cansancio extremo, no tenía sueño. Las calles estaban desiertas. Unos gatos reñían a lo lejos aullando salvajemente y rompiendo el silencio. El cielo, con su masa gris de aire sucio, me hacía pesada la respiración. Después de un rato se me acabaron los cigarrillos y empecé a ponerme nerviosa. Sin fumar y sin beber, el hambre puede matar de dolor.

     Desperté rodeada de palomas. Me había quedado dormida en uno de los bancos de la plaza. Me costó recordar cómo había llegado hasta allí, tardé varios minutos en recomponerme. Empezaba a clarear y todo regresaba con su ruido. Entonces recordé la pescadería y maldije la hora en que encontré ese trabajo. A la mierda, pensé. Estaba exhausta y necesitaba un buen descanso. Me fui a casa anhelando mi colchón y planeando dormir todo el día. Ya vería qué hacer luego.


CAPÍTULO II


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