Cap III - Misericordia

MISERICORDIA


III

Necesitaba comer algo, cualquier cosa. El hambre estaba torturándome, apretándome las tripas y retorciéndomelas hasta hacerme gemir de dolor. Me sentía mareada, a cada paso las náuseas me sacudían y apenas conseguía mantenerme en pie.

No sé de dónde saqué las fuerzas, pero logré llegar a la parroquia, tambaleante, a punto de dejarme caer. El padre Gabriel rezaba de rodillas al altar, y visto desde la puerta parecía un cuervo negro y hambriento como yo al acecho de su presa. Carraspeé para interrumpirle la plegaria sin asustarle, y al verme se irguió inquieto con su habitual cara de reproche y desconfianza. Qué haces aquí, te dije que no volvieras, dijo. ¿No se supone que practica el perdón? Imploré. Mantuvimos nuestras miradas impasibles hasta que se percató de mi palidez fantasmal y corrió a sujetarme. Ven, sígueme, te daré algo, dijo.


     Entramos en un almacén cubierto de estanterías altas hasta el techo que sostenían cientos de botes de conservas, kilos de legumbres, pasta, arroz, algunas frutas. Casi muero de felicidad y tristeza al mismo tiempo. Gabriel cogió una bolsa y comenzó a llenarla de varios alimentos que me hacían salivar. Mientras tanto, yo hacía un esfuerzo imposible por no desmayarme ni romper en llanto. ¿Cómo van las cosas? Preguntó, más por ahuyentar el silencio que por averiguar realmente el estado de mi vida.

Pues verá, dije, la situación es la siguiente: en cinco días volverá Augusto a reclamarme el pago del alquiler. No tengo un maldito centavo y no veo en el horizonte posibilidad alguna de conseguirlo. Quizás esta vez sea como las anteriores y Augusto se conforme con insultarme y amenazarme, sin embargo, algo me dice que esta vez se ha cansado y va en serio. De modo que es muy probable que, la semana que viene, me encuentre durmiendo bajo el Puente de la Resurrección con Basim y los demás. Por otro lado, desde hace meses me noto la tos distinta, mucho más espesa y profunda. Hay noches en las que no me deja dormir y la Inmaculada ya ha venido a decirme varias veces que le despierto a los niños. Me duele el pecho constantemente, día y noche, y tengo varios dientes sueltos a punto de caer. Por lo demás, todo bien, padre.

Gabriel se levantó, puso su mano piadosa sobre mi hombro y me hizo prometerle que esta vez no revendería lo que acababa de darme. Cuando ya atravesaba la puerta para irme, vino de prisa hasta mí y se sacó del bolsillo un papel con una dirección. Esta señora necesita ayuda con su madre, dijo, la pobre no se vale por sí misma y alguien tiene que bañarla y levantarla de la cama. Sé que no le es posible pagar con dinero, pero así al menos no tendré que verte de nuevo por aquí. Nos dimos un apretón de manos y me marché.

Llegué a casa y engullí la mitad de las cosas. Los plátanos, las sardinas en escabeche, cocí las patatas y las mezclé con manteca añeja, la lata de maíz dulce, el bote de lentejas cocidas. Poco a poco fui recobrando la postura estable y un color lejano a la muerte. No recordaba la última vez que había comido hasta verme la barriga hinchada como una perra preñada, así que me tumbé en el colchón para acariciarme el vientre inflado como una madre orgullosa de lo que está gestando. Caí en un sueño plácido en el que llovían frutas silvestres y mis pies las espachurraban hasta convertirlas en mermelada.

     La dirección que me había indicado el párroco se encontraba a diez calles de mi casa, en un pasaje angosto y asfixiante, donde las vecinas se susurraban de una ventana frente a otra con el cuerpo inclinado sobre las barandillas de sus balcones. Al llamar a la puerta, un estruendo de sartenes y ollas que cayeron me sobresaltó. Abrió Jacoba, una abuela arrugada pero firme igual que un árbol centenario. Se quedó callada secándose las manos en el delantal sucio de grasa, esperando que le explicara el motivo de mi visita. El padre Gabriel me dijo que necesitaba ayuda, dije. Por un momento pensé que me había tomado el pelo, esa señora parecía valerse perfectamente por sí misma. Pero me invitó a pasar y me presentó a una mujer incluso más vieja que ella, debía de tener más de cien años, y por un instante tuve la sensación de que, de pronto, se quitaría la máscara decrépita y el traje de piel colgante y aparecería una persona joven y perversa riéndose a carcajadas. Tenía que ser una broma, porque ¿Cómo era posible vivir tanto? ¿Para qué?

Esta es mi madre, Lorenza. Le cuesta hablar pero a veces se arranca, aunque siempre son cosas sin sentido. Hay que cambiarle los pañales seis veces al día, dependiendo de cómo vaya del estómago. La bañábamos cada semana, hasta ahora lo hacía con ayuda de algunas vecinas, pero se revuelve, las araña y las muerde y ya se han hartado. Ahora lleva unos tres meses sin lavarse. Si le hablas, hazlo por el lado del oído izquierdo y grita fuerte. De darle de comer, ya me encargo yo. Tú solo tienes que venir por las mañanas a levantarla de la cama y ponerla en el sillón, revisarle el olor cada dos horas por si hay que cambiarla, y sobre las cinco de la tarde volver a llevarla a su cama. ¿Alguna duda? Dijo. Quise preguntarle cómo pensaba pagarme, pero me contuve por no tentar a la mala suerte.

Mi primera labor consistió en bañar a Lorenza. Nunca había lavado a otra persona, y mucho menos a una vieja, pero me guié por la intuición y por la empatía, pensando en cómo me sentiría siendo una anciana inválida a la que una desconocida con aspecto de delincuente toquetea y desnuda sin compasión. Tranquila, Lorenza, voy a limpiarte y a ponerte guapa ¿Vale? Grité al lado de su enorme y peluda oreja izquierda. Sentada en su sillón, tenía la mirada perdida en el vacío y la cabeza colgando inerme sobre el pecho. Cuando fui a cogerla, resurgió a la conciencia y se reveló como una niña malcriada y violenta. No resultó difícil levantarla, pesaba como un saco de plumas. Me arañó la cara y el cuello, y tuve que respirar hondo para no dejarla caer. Noté cómo me abrió algunas heridas.

Empecé a desnudarla, luchando por esquivar sus garras. Era una imagen irreal, sus brazos lánguidos se movían con agilidad, como si la furia le rejuveneciese los reflejos. Desprendía un olor distinto y único, un olor que nunca se olvida a pesar de que uno no lo quiere recordar. Dentro de los pliegues que se le habían formado por toda la piel, excesiva y sobrante, como de haber albergado mucha más masa y haberla perdido, escondía grumos de sudor mezclado con motas de la ropa. Algunos se le habían adherido tanto que al arrancárselos se quejaba por el escozor. Al quitarle los pañales, un manojo salvaje de vello blanco se abrió como una flor. Olía a amoníaco, a grasa, a abandono.

     La lavé con agua tibia y una esponja áspera, frotando con suavidad bajo las axilas, entre las ingles, detrás de las rodillas. Le corté las uñas de los pies y de las manos, largas como las de un buitre, también los pelos de las orejas, de la nariz, la peiné con agua de colonia caducada y la vestí con su pijama de algodón. Le puse un espejo de mano delante y le dije, mira lo guapa que has quedado, Lorenza, y ella me contestó sonriéndole a su propio reflejo. Era un bebé con las encías rojas y desiertas, recién lavadito y acicalado para dormir. Sentí una ternura desconocida y unas ganas irrefrenables de arrullarla hasta verla dormir.

     Al regresar al salón y ponerla de nuevo en su sillón, Jacoba apenas podía creerlo. Mira qué hermosa estás madre, le gritaba al oído, hacía tiempo no estabas tan bonita ¿verdad, cariño? ¿verdad? Mira qué bien, además creo que te gusta esta muchacha, ¿a que sí? Y Lorenza asintió con su sonrisa hueca de dientes. Ven conmigo, me ordenó Jacoba, vamos a traer la merienda. Jacoba alimentaba a su madre cucharada a cucharada con paciencia, le daba un menjunje de verduras trituradas y pescado enlatado, mientras yo me comía el bocadillo de chorizo con pan duro. Al terminar, me ordenó que la llevase a la cama y que ya podía irme. Esta vez, no se revolvió. Se agarró a mi cuello y hundió su carita surcada de manchas y arrugas profundas en mi pecho. La dejé sobre la cama con suavidad, por el constante temor a hacerle daño. Le ahuequé la almohada, la cubrí con la colcha, y le regalé la sonrisa más sincera que le he dado a nadie. Ella hizo lo mismo, cerró los ojos y se durmió. Antes de salir, Jacoba me tendió un recipiente lleno de comida preparada. Son unas judías con patatas, para que cenes, dijo, nos vemos mañana a las siete. Y cerró la puerta.


CAPÍTULO IV


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