Cap IV - Misericordia

MISERICORDIA


IV

Pedir, robar, o prostituirte, querida, no te queda otra, dijo Roberta. Me cago en Dios, contesté, por qué no hay mujeres que paguen a otras mujeres para que les coman el coño, ¿Tú conoces a alguna? Porque a eso sí me apuntaba, ese sería mi trabajo soñado, joder, de eso sí podría vivir, pero prefiero morirme de hambre antes que tocar una polla, prefiero dormir bajo el puente y que me coman las ratas, Roberta, así te lo digo, porque es ver una polla y vomitar, es imaginar una polla y vomitar, ¿Por qué son siempre pollas las que pagan para que las toquen? Porque solo pagando pueden ser tocadas, por eso. Anda, replicó Roberta, deja de decir estupideces, lárgate.

Salí del Infierno rabiando por la negativa de Roberta a fiarme, por la imposibilidad de conseguir efectivo para pagarme una triste cerveza. En Misericordia no había a quién pedir, no había a quién robar, pero sí había mucho donde prostituirse.


Todas habían recurrido a ello alguna vez, luego las veía regresar limpiándose la comisura de los labios y con lo ganado se pagaban la siguiente ronda. Parecía que les resultaba fácil y en el fondo las envidiaba por ello. Solían hacerlo gratis, por qué no hacerlo a cambio de un par de billetes. Empecé a plantearme seriamente esta salida, pero al visualizar la situación me sentía enferma.

Fui a la plaza y encontré al viejo Ernesto sentado al lado de su carrito. Abrí el recipiente que acababa de darme Jacoba con judías y patatas y las compartí con él. Al menos la comida, de momento, no suponía un problema, siempre que consiguiera levantarme temprano y cuidar de Lorenza. Ernesto me explicaba historias sobre cómo había encontrado cada una de sus posesiones, lo hacía con un amor absoluto, ni siquiera Inmaculada hablaba de sus niños con tanto amor. Me fijé en que dentro del carrito tenía un DVD portátil y un monitor, una radio con Bluetooth, varios aparatos rotos que podrían revenderse. Mientras oía su voz temblorosa de viejo emocionado, pensé en robarle, pero eso también me hizo sentir enferma.

Dejé al viejo Ernesto hablando solo y fui a casa de Federica. Con suerte, podríamos follar y tendría algo de beber. Llamé a su puerta varias veces, y cuando estaba a punto de marcharme, abrió. Noté que se había arreglado el pelo de prisa y pintarrajeado a oscuras, tenía pintalabios en los dientes y por fuera de los labios, probablemente vio que era yo a través de la mirilla. Tenía los ojos hinchados y la mirada atravesada, como de haber dormido y llorado mucho y todo al mismo tiempo. Tiró de mí hacia dentro con fuerza, cerró de un portazo, me empujó sobre su cama. El aliento le olía a estómago vacío, a pastillas y alcohol. Le provoqué un orgasmo rápido y le pedí algo de beber. Abrió un litro que estaba caliente pero que me supo a gloria. Enseguida sentí cómo mi cuerpo recuperaba el ritmo tranquilo, dejé de sudar frío y las manos dejaron de temblarme. ¿Qué tal va el curro? Preguntó Federica. Ahora cuido de una abuela a cambio de comida, contesté. Ah, joder, qué mierda, dijo Federica. ¿Tienes otra cerveza? Federica trajo otro litro caliente y nos lo bebimos tumbadas sobre la cama. Puede que la semana que viene tenga que mudarme bajo el Puente de la Resurrección, dije, Augusto va a echarme. Ah, joder, qué mierda, volvió a decir Federica, y por fin me di cuenta de que estaba drogada. Empecé a vestirme y Federica se echó a llorar. Intenté que se calmara pero resultó imposible. Lloraba y lloraba y decía cosas que apenas lograba entender, cosas horribles de sí misma, de este barrio de mierda, de su padre. Me fui antes de ver cómo se rajaba las mismas cicatrices.

De camino a casa vi una multitud concentrada en una esquina. Me acerqué y descubrí a Inmaculada peleando con otra mujer a la que acusaba de zorra robamaridos. Nadie, salvo los niños de Inmaculada, luchaba por separarlas. Todos disfrutaban del espectáculo mirando impasibles, chupando sus latas, fumando sus cigarrillos. ¡Qué mierda pasa aquí! Grité. Los niños de Inmaculada lloraban con el miedo atenazado en sus caritas sucias, mamá, para, por favor, mamá, decían, pero Inmaculada tenía los ojos inyectados en sangre y parecía decidida a matar a aquella mujer. Inmaculada no se dio cuenta, pero con el codo le dio a uno de sus pequeños en la boca, lo tiró al suelo y le partió el labio. El niño sangraba abundantemente, la camiseta comenzó a empapársele de sangre y la criatura lloraba sin aire, como lloran los niños cuando algo les duele mucho y es tal el dolor que no son capaces de producir ningún sonido, con la boca abierta y los dientes rojos. Las separé poniéndome en medio y recibiendo algunos golpes. Empujé a Inmaculada y se cayó, ordené a la otra tipa que se largara de inmediato. Vi que le faltaba pelo en lo alto de la coronilla y que Inmaculada le había roto la nariz. Me llevé a Inmaculada y a sus críos a rastras hasta su casa. Lavé al niño bajo el grifo, el golpe hizo que dos dientecitos de leche le saltaran por los aires. Le hice una broma sobre lo gracioso que ahora se veía, el niño se río entre lágrimas y comenzó a tranquilizarse.

¿¡Pero a ti qué coño te pasa!? Le grité en un susurro a Inmaculada encerradas en la cocina, para que los niños no me escucharan. Esa zorra se tira a Samuel, desde hace tiempo que me lo huelo pero hoy Paqui me lo confirmó, que los vio en el descampado metidos en el coche abandonado, y los vio despedirse con un beso en la boca y todo, la muy puta. Vuelvo a estar preñada, y no iba a decirle nada, te lo juro, no quería peleas para no tener disgustos con el bebé. Pero es que va y me saluda y me da recuerdos para Samuel. No me jodas, vino provocándome, ¿Qué podía hacer? Si no hubieses venido la mato, te juro que la mato, cómo se puede ser tan mala. Permanecí en silencio observando cómo se limpiaba los arañazos de la cara y los brazos con un trapo de cocina. Pensé en decirle que si tenía que matar a alguien, matara a Samuel, que es él quien la deja preñada y se folla a otras, pero no dije nada porque supuse que eso ella ya lo sabía. Fui a ver a los niños y estaban peleando por una caja de zapatos que habían pintado de colores y parecía ser muy especial. Jugué con ellos a levantar la caja y a que saltaran intentando cogerla, parecían una camada obediente brincando por su hueso. El niño sin dientes se reía a carcajadas ajeno ya a todo lo ocurrido.

La noche era gris, soplaba un aire nervioso con olor a lluvia próxima. Se oyeron unos truenos lejanos. Los perros peligrosos ladraban encerrados en alguna parte. El viejo Ernesto arrastraba su carrito que chirriaba como un lamento continuo, supuse que se dirigía al Puente de la Resurrección a resguardarse de la tormenta. Cuando llegué a casa, Jessica y Lili estaban aporreando mi puerta con desesperación. Eh, eh, eh, qué coño os pasa, dije tras ellas. ¿Dónde cojones te has metido todo el día? Pensábamos que estarías aquí dentro muerta. Entraron tras de mí, se quitaron los zapatos, se tumbaron en mi colchón. Abrí unas latas de conservas que todavía me quedaban de mi visita a la parroquia. Melocotones en almíbar, sardinas, guisantes. Mientras engullíamos con las manos les conté lo de la abuela a la que tengo que limpiar a cambio de comida. ¿Cómo se llama? ¿Quién? Quién va a ser, pues la vieja. Ah, Lorenza. ¡No jodas! Gritaron al unísono. ¡La madre de Jacoba! Bfff no sabes dónde te has metido. ¿Por qué, qué pasa? Esa vieja mordió a Eva, le arrancó un trozo del antebrazo con las encías, ¿Te lo puedes creer? ¡Con las encías! A Carmencita le metió un dedo en el ojo mientras le cambiaba los pañales, tuvo que ir con parche un montón de tiempo. A las vecinas que ayudaban a Jacoba a bañarla les ha vomitado encima, pero no porque estuviera enferma, la vieja se provocó los vómitos en el momento justo. A Jenni le ha tirado caca, me contó también que casi nunca habla pero que cuando lo hace, dice que te va a matar y cosas así. Media Misericordia ha pasado por esa casa, pero prefieren irse de putas a cuidar a esa vieja. Yo me reí imaginando a Lorenza combatiendo con las pocas armas de las que todavía dispone, siendo una guerrera imbatible en defensa de su dignidad. Me cayó bien Lorenza, pensé en ella y de nuevo la ternura se me abrió dentro.

Acabamos de cenar y fuimos a casa de Lili. Enseguida llegaron Germán y los demás. Traían bolsas llenas de latas, me levanté excitada con la excusa de ayudarles. Agarré una cerveza y la terminé de un trago. Germán empezó a darme la charla sobre la pelea en su casa, le había pegado a El Cobra, un ex boxeador como él, y ahora era la mofa de todo el barrio porque una tía le había zurrado delante de la novia. Estuve a punto de tirarme a su novia, le dije, y luego vi que la zarandeaba delante de mí, no iba a quedarme quieta. Germán me miró con absoluto desconcierto. Tía, joder, El Cobra no te ha buscado para matarte porque se lo he pedido yo ¿Lo entiendes ahora? Solté una risotada sonora y exagerada como hacía mucho tiempo no me escuchaba reír. Estate tranquilo, deja que me encuentre, le estaré esperando.

Lili puso música, bebimos, yo más que el resto por el miedo a no saber cuándo volvería a beber. No conseguía emborracharme, pero al menos no me sentía ansiosa ni alterada. Germán se lió un porro de hachís, nos lo pasábamos los unos a los otros, cuando llegaba a mí la boquilla estaba empapada de la saliva de todos. Me dio un ataque de risa, se me hincharon los ojos hasta ser dos líneas, hacía tiempo que no fumaba hachís. Le conté a Germán que ese día había empezado a cuidar a Lorenza y que iban a echarme de mi casa. Qué putada, tía, dijo, aunque no supe si se refería a lo de la vieja o lo de la casa. Lili y Matías follaban en el cuarto de Lili, que estaba separado del salón solo por una cortina. De modo que escuchábamos cada detalle, las respiraciones, los azotes, los escupitajos para humedecerse, la fricción. Subíamos la música pero esos sonidos prevalecen siempre por encima de cualquier cosa. Nos cansamos de oírles y bajamos a la calle.

Llovía con pereza, una lluvia gorda y lenta como una obesa mórbida. Las alcantarillas rebosaban, las calles empezaron a inundarse, por los bordes de las aceras bajaban ríos de colillas y basura plástica. Germán se desnudó y dijo, aprovecho para ducharme, y empezó a restregarse como si se estuviera enjabonando. Yo no dejaba de reírme, veía la barriga redonda y tersa de Germán bajo la lluvia y me parecía una mujer fea y preñada. Pasaron unos adolescentes embutidos en un Peugeot 106, recuerdo al menos ver diez caras. Le pitaron a Germán y éste les apuntó con su pene y el chorro de meado les cayó dentro. Jessica y Fabio se despidieron y se marcharon, imaginamos que se habían puesto cachondos escuchando a los otros y también querrían follar. Le pedí a Germán que se vistiera, tenía que hacerme un favor. Claro, lo que quieras, tú dirás.

Fuimos a casa de Inmaculada y golpeamos la puerta. Abrió Samuel con cara de ira, hasta que se encontró con Germán que era como un oso salvaje preparado para la guerra, entonces el gesto le cambió al mismo que tenían los niños mientras veían pelear a su madre. Salió Inmaculada detrás de Samuel, pero qué pasa, qué horas son estas, me vais a despertar a los niños. Germán agarró de la nuca a Samuel con su manaza, apretándole, y se lo acercó para susurrarle algo al oído. Yo cogí a Inmaculada y la llevé dentro, le dije que todo iba a ir bien, así ella no tendría que matar a nadie. Inmaculada intentó zafarse pero la rodeé con mis brazos. Que no iba a matar a nadie, imbécil, dejad en paz a mi Samuel, dijo ya llorando. Los niños se despertaron y me miraban somnolientos sujetar a su madre. Volved a la cama, chicos, todo va bien, pero ninguno se movió. Germán abrió la puerta y dijo, perdonad las molestias, familia, buenas noches, y me hizo señas para salir y dejarlos tranquilos. ¿Qué le has dicho? Pregunté. No volverá a joder con nadie. Te debo una. Sí, una muy grande, dijo, por cierto, ¿Vamos a mi casa? Allí tengo de todo. No lo sé, contesté, en tres horas tengo que estar en casa de la vieja. Anda ya, vamos, tengo mierda de la buena.



CONTINUARÁ...


© Copyright. All Rights Reserved.

Todos los derechos reservados