Cap V - Misericordia

MISERICORDIA




V



Creí que Germán estaba muerto. Al recobrar el sentido, lo encontré yaciendo sobre el manto de colillas con la cara color ictericia. Lo sacudí varias veces, pero no respondió. Le tiré lo que quedaba en el fondo de un litro y el líquido se le acumuló en las fosas. Temí ahogarle, así que se lo reabsorbí. Le golpeé el pecho hasta que me dolieron los puños. Al final, tuve que marcharme rezando porque fuera un mal viaje y estuviera vivo.

No sabía qué hora era. Por la altura del sol, calculé que sería alrededor de mediodía. La casa de Germán estaba a las afueras y habíamos venido en su coche. No recordaba el camino.

Me movía tambaleante y con la cabeza todavía sumida en alguna parte, la luz me ardía como cuchillas hirvientes al contacto con los ojos. Tropecé con un tipo y quise preguntarle dónde estábamos exactamente, pero andaba mucho más pasado que yo. 


De pronto reconocí una valla publicitaria de Mc Donald’s y logré situarme. Sólo debía andar algunas calles hacia el sur y llegaría a casa de Lorenza en menos de media hora.

Nunca   había   visto   aquella zona durante el día. Reconocí a algunas chicas, nos cruzábamos a menudo por el barrio. Se asomaban a los coches ofreciendo todo cuanto tenían y mostrando las nalgas al inclinarse sobre las ventanillas, unos culos enormes y grasientos encaramados sobre tacones imposibles. La mayoría, salvo las que acababan de apearse de alguno, corrían cuando un coche se detenía y las carnes les temblaban como gelatina recién hecha. Una se torció el tobillo por la altura de los zapatos y cayó sobre un charco sin que nadie la ayudara a levantarse. La resaca se hacía más dolorosa con aquel panorama. Estuve contemplándolas un rato mientras intentaba acostumbrarme de nuevo a la claridad y el equilibrio, hasta que una de ellas me increpó, eh tú, comemierda, pírate de aquí, nos espantas la clientela. Las calles seguían siendo de tierra y la lluvia de la noche anterior las convirtió en barrizales. Al acelerar, las ruedas de los coches las salpicaban, y ellas no tenían más remedio que dejarse mojar para no perder la postura incitadora. Distinguí a la hermana de Federica alejándose en un BMW con tres tipos, tenía peor aspecto que Fede y eso me entristeció.


Llegando a casa de Lorenza, pensaba en que Misericordia era como una fruta que se pudre primero por la piel y las bacterias van introduciéndose hasta el centro. Aquella zona era la piel ennegrecida y cubierta de mosquitos. Más hacia dentro, la pulpa comenzaba a oscurecerse y supurar. Misericordia era un organismo en descomposición y nosotros sus gusanos.


Jacoba no quería abrirme. Vete, sinvergüenza, no tienes palabra, mira qué hora es, decía. Le rogué que me abriera, que me dejara explicarle, imaginaba a Lorenza todavía en su cama sin que nadie pudiera moverla y sentía un profundo desprecio por mí misma. Había fallado a esa viejita de encías dulces que apenas conservaba su dignidad, definitivamente no había esperanzas para mí. Hubo un momento en que se me resquebrajó la voz y eso debió ablandarle la compasión, porque por fin me abrió y se apartó para que pasara. No me cuentes milongas, que no me chupo el dedo, dijo, apestas a alcohol a mil pueblos.

Lorenza seguía, tal y como la había imaginado, tumbada sobre su cama, rígida e inmóvil. Buenos días, guapa, grité cerca de ella, y al reconocerme me sonrío con esa inocencia propia de quienes han perdido la noción del tiempo. Le quité la colcha que la cubría y descubrí que el pañal no había aguantado. Un cerco de ocre rodeaba las caderas de Lorenza y el charco absorbido por el colchón debía haber reavivado meados anteriores. El hedor era demasiado añejo y concentrado. La cogí en brazos y la metí en la ducha. Jacoba me gritó tras la puerta que no era necesario bañarla si ya la había lavado el día anterior, pero le dije que estaba toda meada y cagada y que no iba a dejarla así. No me replicó. La vestí y la llevé a su sillón. Pasé canales en la televisión hasta que hizo un gesto con la mano para que parara. Era uno de esos programas en los que todo el mundo grita y nada se entiende, le gustaban por ser los únicos que alcanzaba a oír. La dejé mirando la televisión y fui a cambiar las sábanas, se las di a Jacoba en la cocina y me pidió que bajara el colchón al sol para que se secara. Me tumbé en él y los vapores del orín, mezclados con el tierno calor del sol, me adormecieron. Aún cargaba restos de la noche brutal con Germán y sentí cómo las sustancias en la sangre se elevaban de nuevo hasta volver a colocarme. Después de un rato, escuché la voz de Jacoba muy, muy lejos, como si viniera de dentro de un nicho, creí que estaba soñando hasta que un hilo de conciencia me devolvió al mundo. La vi asomada a la ventana agitando su inseparable trapo de cocina. Pero habrase visto, por Dios santo, sube ahora mismo, me gritaba. El colchón se había secado suficiente y pesaba menos que al bajarlo. Cuando llegué, Jacoba y Lorenza estaban esperándome para merendar. No sabía que tenía hambre hasta que olí el chorizo y el revoltijo de verduras, Jacoba me observaba comer como si fuera un animal extraño. Oye, Jacoba, le dije, siento mucho lo de hoy, es que a veces el tiempo se me escapa sin darme cuenta. Tras un largo silencio, contestó. Mira, querida, yo sé que esta vida es muy dura y en este barrio vivir es casi un milagro. No soy quién para decirte lo que tienes que hacer, aquí cada uno sortea los días como puede. Pero ya sabrás que el camino por el que vas no es bueno. Quizá me arrepiento de decirte esto, pero por nosotras puedes quedarte aquí. Al menos hasta que se te calme el vicio y te alejes de esas compañías que te llevan a la perdición. A mi madre le gustas mucho y dicho sea de paso, a mi madre no le gusta nunca nadie. A mí me ha tocado la lotería contigo. El sofá es duro pero creo que puede servirte. Si vienes a dormir cada noche y cumples con los horarios, no tienes más de qué preocuparte. Donde comen dos, comen tres, ¿O no? Además sé que van a echarte, que me lo ha contado el padre Gabriel esta mañana que he ido a preguntarle si sabía dónde te habías metido. A mí me daría mucha pena verte por ahí mendigando o haciendo sabe Dios qué cosas por un pedazo de pan. Eres una buena muchacha, los viejos tenemos buen olfato para esas cosas, ¿No ves que hemos visto ya demasiado y de todos los colores? Y tú eres buena, lo que pasa es que vas como pollo sin cabeza dando tumbos. Lo único que necesitas es un poquito de orden, estoy segura de que con un poquito de orden las cosas se te arreglarían. Eso sí, lo de hoy no puede volver a pasar porque entonces yo misma te pondré de patitas en la calle y me dará lo mismo, vamos, eso que te quede claro.

No contesté. Aún tenía esperanzas de solucionar el tema con Augusto, de algún modo lograría pagarle o que me diera más tiempo. Terminé mi bocadillo y permanecí callada, hasta que Jacoba comprendió que debía darme espacio y me mandó a hacer la cama para meter a Lorenza de nuevo. Antes de salir, me tendió varios bocadillos envueltos en papel aluminio y un par de mandarinas. De vuelta a casa, medité seriamente mi situación.


Por el momento, la oferta de Jacoba era la opción más segura. Pero yo sabía que hay que ser valiente para tomar el camino seguro. Nunca lo había pensado, pero lo más intrépido es elegir el desvío que nos aleja del peligro. Es fácil continuar por el rumbo acostumbrado, aun conociendo el final terrible, dejarse arrastrar no requiere agallas. Lo que Jacoba me proponía era una declaración de principios, todo un manifiesto de intenciones. El precio era alto, porque si fallaba, que iba a fallar, no podía soportar la idea de que Jacoba se sintiera decepcionada. Era la primera persona que confiaba en mí de esa manera, que veía algo bueno en mí. Podía aguantar que Augusto me echara a patadas y eso jamás me importaría. Pero otra cosa muy distinta es ver cómo la única persona en la faz de la tierra que cree en ti te tira a la calle como a un perro porque ya no se fía de tu palabra. Esos golpes son difíciles de asumir y después de eso solo queda matarse lentamente.


Cuando llegué a casa encontré a Lili sin Jessica. De inmediato supe que algo grave había pasado, Lili sin Jessica es una estampa de mal presagio. Germán está en el hospital, lo han encontrado Matías y Fabián en su casa medio muerto, dijo al verme. Corrimos al Infierno y le pedimos prestado el Fiat a Roberta. Como me lo estampéis os rajo, dijo, aunque nos dio las llaves de inmediato.

No recordaba la última vez que había conducido, quizás hacía tres o cuatro años cuando robamos aquel Renault a un cliente de la Paqui. Lili lloriqueaba y decía, otro más no por favor, otro más no. Los cuerpos de Yoli, Bernarda y Cristian seguían en el forense a la espera de que alguien los reclamara, otros ya habían sido usados por estudiantes. Lo peor de ser pobre es que no hay ni una mínima posibilidad de enterrarte ni quemarte. Todos terminamos como ratas de laboratorio.

El tráfico a esas horas se parece a las colas de la parroquia para pedir comida. Es humillante y aunque todos preferirían morirse antes que estar ahí, no les queda otra que pasar por ello porque son demasiado cobardes para morir. En la entrada de la ciudad nos encontramos con un atasco que le hizo a Lili entrar en una crisis de nervios. Sacaba la cabeza por la ventanilla y maldecía al de al lado solo por desahogarse. Uno de ellos no percibió la cara de loca de Lili y se tomó en serio los insultos y por poco nos embiste. Cuando llegamos al hospital encontramos a Jessica, Fabián y Matías fumando fuera. Están haciéndole una transfusión y un lavado de estómago, dijeron, se pondrá bien. Lili respiró aliviada porque no podía soportar la idea de una presencia menos. A Lili los ausentes se le acumulaban en el cuerpo, siempre decía que la frase “pesa como un muerto” era la única verdad en su vida.

Jessica me apartó para interrogarme. Anoche os dejamos en la plaza juntos, ¿Qué pasó luego? Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para rehacer nuestros pasos. Recordé la visita a casa de Inmaculada, la ducha de Germán bajo la lluvia, luego el coche de Germán zumbando por las calles vacías, y una vez en casa de Germán fui incapaz de averiguar qué habíamos hecho. Todo era una sombra difusa y alterada. Le dejé esta mañana en su casa, pero pensé que era solo un mal viaje y que ya se le pasaría, me excusé. Joder, me cago en Dios, ¿O sea que le viste mal y te piraste? Nos miramos sin saber qué decir, aunque pude leer la decepción y el miedo en su rostro. Tras varias horas pudimos entrar a verle. Germán llevaba el camisón blanco del hospital que le hacía parecer un niño gigante con babero. Estaba pálido pero al menos volvía a tener aspecto de hombre vivo. Le abracé y le pedí perdón, te juro que no pensaba que fuera tan grave, le dije. Qué va, tía, tranqui, si tú también debías llevar una buena encima. Le rodeamos y pronto ya estábamos haciendo bromas como si estuviéramos de juerga y no en la habitación de un hospital. Llegó el médico a pedirnos que nos marcháramos y le dejáramos descansar. Claro, doctor, ya nos vamos. Antes de marcharnos Germán dijo, una puntita más y no lo cuento, chavales, esto hay que celebrarlo. Y nos guiñó un ojo como muestra de su indestructible fidelidad a su camino.



CONTINUARÁ...

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