insomnio

DANIELA

GARCÍA

TABARES

HISTORIAS DE MIS DÍAS

 

Estos son mis días sin historia.

INSOMNIO

Hoy hemos ido en busca de un colchón. Es la tercera vez en tres meses. Como en las anteriores, en esta ocasión también hemos vuelto a casa sin colchón. Qué imbéciles somos. Siempre llegamos a la conclusión de que son demasiado caros para nuestro presupuesto, pero en cambio siempre tenemos suficiente dinero para emborracharnos. Qué idiotas. Ahora son las 4:14 de la mañana. Llevo despierta más de una hora, tal vez dos. Me ha despertado la respiración agitada y entrecortada de Kiko. Cuando escucho que hace esos ruidos me entra el miedo de que esa respiración sean sus últimos suspiros. Tengo miedo de presenciar cómo su cuerpecito se apaga. Soy demasiado cobarde, y hace un rato al despertarme he sentido el impulso de salir corriendo a la mínima señal de desesperación por parte del perro. Por suerte sólo tenía calor. En la penumbra he oído cómo bajaba las escaleras. Me parece increíble su capacidad de bajarlas a oscuras con las cataratas de sus ojos ocultándole todo camino. Cada paso que daba me tensaba. Estaba convencida de que se caería escaleras abajo y con sus huesecitos ya tan viejos se fracturaría alguno. Pero de repente le he oído beber agua. Eso significaba que había llegado hasta la cocina sin problemas. He bajado a comprobar que tenía suficiente agua en su cuenco. Por el ruido que hacía, parecía estar seco. Pero tenía suficiente agua, así que me he sentado en el sofá y él me ha visto, o intuido, no sé, y ha puesto su cabecita entre mis piernas para que le acariciara un rato. Su respiración se ha calmado. La ventana del lado del sofá estaba abierta y el aire que entraba por ella nos acariciaba. Era fresco y húmedo. El aire de la primavera mediterránea. Me han dado ganas de tumbarme en el sofá y quedarme dormida con Kiko cerca de mí, pero también nuestro sofá es viejo, está roto y es pequeño. Cuando, a veces, me quedo dormida ahí, me despierto siempre con dolor en el cuello y en los tobillos. Porque al estirarme encima de él mi cabeza sólo puede apoyarse en un reposabrazos y mis pies sobresalen por el otro extremo. Además, siempre me despierto entumecida. Así que he vuelto arriba, deseando que esa misma sensación de aire fresco y calma me acompañara también en la cama. He apagado las luces y le he hecho un gesto a Kiko para que subiera de nuevo a la habitación con nosotros. Benjamín duerme plácidamente. Cómo puede. Nada más tumbarme en la cama uno de los muelles ha ido directo a uno de los moratones que tengo en las piernas y que me salieron como prueba de mi estúpida caída por las escaleras la semana pasada. Ya deberían haber, al menos, perdido color. Pero cada día están más negros. Estoy convencida de que la sangre sigue coagulada por los muelles reventados del colchón, que se me clavan como si dentro hubiera personas pegando puñetazos a diestro y siniestro. He dado vueltas y vueltas. Primero sobre mi hombro derecho, luego sobre el izquierdo. Quizá si me pongo boca abajo. Mejor debería taparme. Nada. He intentado que Benjamín me notara despierta con la intención de que también se despertara y poder hacer el amor, que es el único somnífero eficaz en mí. O quizá que se levantara y me liara un porro, ya que también con la marihuana suelo caer en cuestión de minutos. Pero no ha habido manera de desvelarle. He pensado en retomar la lectura por donde hacía sólo tres horas la había dejado. Ese Knausgard me está transformando. Sólo llevo un tomo y medio de su magistral obra de seis, y ya siento cómo su prosa se ha posado en mí, se ha establecido. Hacía muchos años que no sentía esto. La última vez fue gracias a Harry Mulisch. Su obra El descubrimiento del cielo se conserva intacta en mi memoria lectora. Fue el primer libro que leí que hablaba de cuestiones como la astrofísica y la religión de una forma que jamás había intuido. Fue directo a mi interior. Recuerdo perfectamente cómo en mi cerebro todas las conexiones neuronales echaban chispas, y estallaban en mil terminaciones que me hacían vibrar de emoción al ser consciente de mi ignorancia. Porque cuánto ignoraba, y aunque ya lo sabía, ese libro hizo que de algún modo toda mi vacuidad se hiciera patente. Era la prueba de que el universo y el ser humano, ambos cosmos inabarcables, estaban ahí, eran infinitos, y yo los desconocía. Yo era parte de todo ello, era una ínfima parte de todo lo que en ese libro se contaba, me di cuenta de que era humana y de que estaba siendo parte del universo, pero que sin embargo todo me era ajeno. Fui consciente de mi niñez ante la vida y ante la historia. Y eso jamás lo olvidaré. Entonces tenía 22 años.

 

Algo así no ocurre muchas veces. Pienso que ante cada maestro de la literatura nos hallamos en pañales. Ante ellos me siento totalmente desprotegida, inocente y temerosa, y cada vez que leo a alguno de los grandes, me refiero a uno como Dostoievski, Hesse o Miller, o a Sun Tzu y su El arte de la guerra, en fin, ese tipo de grandeza universal y eterna, me siento descubierta. Es como ese sueño recurrente que tengo en el que hay una fiesta, lujosa, extraordinaria y elegante, todos bailan con vestidos de purpurina y smoking, y de repente alguien me señala y grita ¡Mirad, está desnuda!, y todos ríen a carcajadas y sacan sus teléfonos móviles y me hacen fotos. En el sueño además estoy sin depilar y mi vello púbico llama toda su atención. Es largo y negro y oigo decir cómo les recuerda a la barba de Fidel Castro. Pero en el sueño no me siento humillada, ni tampoco trato de taparme ni de esconderme. Estoy allí en mitad de la fiesta observando cómo ríen y tratando de comprender por qué nadie me ofrece ayuda. Más o menos es lo que siento cuando leo un libro como el que ahora reposa en mi mesita de noche. Knausgard ha reabierto en mí la necesidad de saber, de conocimiento y comprensión de la humanidad, y ha hecho que resurjan esas sensaciones de cobijo y protección que normalmente nunca me acompañan ante el abandono del mundo. Porque cuando leo una obra como Mi lucha, o como también En busca del tiempo perdido de Proust, siento muy dentro de mí que tengo padres dispuestos a guiarme, los cuales siempre han estado ahí con su sabiduría y su amor, dispuestos a acogerme en su regazo y a sentarme en sus piernas para escucharme, porque saben perfectamente cuáles son mis tormentos, y siento que en sus palabras se halla el alivio que ando buscando.

 

Estos últimos días me he empapado de teoría literaria sobre el cuento. Encontré una frase de Cortázar, o Quiroga, ahora no recuerdo de quién, quizá de Joan Bosch, que decía que lo importante del cuento no son los sucesos, sino el tratamiento que a éstos se les dé. Un momento. Ahora recuerdo. Es de Cortázar, de su texto “Algunos aspectos del cuento”. En él dice que no existen malos o buenos temas, que incluso lo más trivial es un buen tema si es tratado por un Kafka o un Henry James. Cuando leí esta reflexión ya había acabado el primer tomo de Knausgard y había empezado el segundo, y ambas cosas, la conclusión de Cortázar y la obra del noruego, hicieron coalición, se produjo una fusión de la teoría llevada a la práctica, un engranaje perfecto en el que visualicé qué es la literatura, en definitiva, después de tanto, lo vi, y entonces hizo ¡pum!, y se produjo la explosión en mi consciencia. Porque realmente he oído, leído, estudiado y analizado desde mi escueto y humilde entendimiento miles de teorías sobre qué es un texto literario y qué no lo es, sobre dónde se haya el límite, la fina línea de meta que sólo los más privilegiados logran alcanzar, y vi lo que tan claro estaba pero siempre se me escapaba, y es que cualquier cosa, cualquier acontecimiento por banal que parezca, puede ser utilizado para divagar sobre la existencia, la miseria, o el amor, o para simplemente dejar constancia de lo vivido, siempre y cuando el modo en el que se hable de ello produzca placer: el placer de estar vivo y de ser parte, del universo, de la humanidad, de los días, y ha de producirlo tanto en quien lo escribe como en quien lo lee, y en el que todo lo minúsculo llegue a ser trascendente sólo gracias al hecho de haber sido motivo y objeto del arte de escribir. Sábato afirma que un bueno escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras. La grandeza de mi ahora venerado Knausgard reside precisamente en su habilidad de convertir en objeto literario todas las cosas insignificantes de su rutina.

 

Son las 6:01 de la mañana. Kiko, como siempre desde que está en casa, no se ha separado de mí. Su calor inunda la habitación en la que escribo. Cerré la ventana a cal y canto para aislar la luz del alba y el ruido de los pájaros que despiertan, pero que a pesar de mi vano intento consiguen traspasar con su canto la ventana de madera y cristal. Las luces de las farolas ya se han apagado. Fuera todo es azul. Es esa hora exacta en la que ni la luna ni el sol están presentes, sólo el cielo, enorme y profundo, y en el que todas las estrellas, que existen para mí desde que vivo en esta isla, nunca antes, se apagan una a una. Benjamín ha venido hace un rato a preguntarme qué hago. Le he contestado con una ironía, mirar la pantalla, a ti qué te parece, y me ha contestado dulce y somnoliento, bueno, bueno, y yo sé que se refería a qué hago exactamente, en qué estoy trabajando, si en un cuento o simplemente estudio, y a pesar de ello le he contestado así, y cuando él me responde de esa manera enseguida me arrepiento de ser tan estúpida y tan poco cariñosa, pero es que detesto con toda mi alma que se me desconcentre cuando mi mente va más rápido que mis dedos. Entonces ha vuelto a la cama y me ha pedido que cerrase la puerta. Ahora oigo su respiración a través de la pared. Me va a resultar imposible dormir, pero tengo que obligarme. Necesito energía para ser parte de la historia.

 

 

 

 

 

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