un perro enfermo

DANIELA

GARCÍA

TABARES

HISTORIAS DE MIS DÍAS

 

Estos son mis días sin historia.

UN PERRO ENFERMO

 

Un perro enfermo vive conmigo. No fue mi elección, tampoco la suya. Pero un perro enfermo vive conmigo y con mi perra sana, mi pareja sana, mis plantas sanas. Llegó a mí por circunstancias de otras personas. Al principio eran sólo unos días, y no sabíamos que estaba enfermo. Es un perro viejo, muy viejo, tanto, que cada veterinario expulsa un silbido de admiración cuando decimos su edad, para acto seguido levantar los hombros en un gesto de resignación, un ademán que dice ya nada se puede hacer, es el desgaste de la vida. Ese gesto me hiere. No es mi perro, no he convivido con él ni he sido parte de su proceso, y puedo comprender que el cuerpo llega hasta donde llega. Pero sigue doliéndome la idea de la aceptación fría, fácil. Cuando supimos que estaba enfermo decidimos que se quedaría con nosotros hasta el fin de sus días. Hasta que su bazo sea tan grande que ya no pueda respirar o los ganglios linfáticos de todo su cuerpecito huesudo y frágil obstaculicen su circulación. Hemos decidido, también, que el día en que ya no sea digno verle, ese día en el que todo lo que haga se convierta en un esfuerzo titánico y humillante, ese día le ayudaremos a descansar. Gracias a esta situación nos hemos prometido hacer lo mismo el uno por el otro. Llegado el caso, ayudarnos a descansar cuando la vida llegue a ser una enfermedad denigrante.

 

Desde que él está en casa he sentido cómo algo entre nosotros ha cambiado. Es posible que Benjamín no lo haya notado, pero yo sí. Ahora no se trata de una perrita sana, juguetona y feliz a la que hay que cuidar, a la que le basta con una pelota y un par de caricias. Ahora se trata del compromiso que se ha establecido entre ambos y que nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos. Se trata de no olvidarnos de la medicación a las horas calculadas, de las visitas al veterinario, de las comidas preparadas como si fuera un bebé. Además está completamente sordo y ciego. Las condiciones de su salud nos fuerzan a ser dulces y suaves incluso cuando no tenemos ganas de serlo. Incluso cuando la ausencia de tiempo y la falta de espacio nos agobian y nos frustran, tenemos que ser todo eso que nos gustaría encontrar en los últimos meses de nuestra propia vida. Paz, quietud, amor.

 

No puedo decir que sea un sacrificio tenerle aquí. Me gusta llegar del trabajo y ver cómo sale a recibirme porque ha notado mi olor, porque reconoce mi olor. Mi perra sana corre y salta y ladra, y eso me llena de vida. Pero verle a él avanzar temerosamente por un pasillo al que todavía no se acostumbra, moviendo su nariz de un lado a otro, rastreando mi olor y moviendo su cola larga y peluda, contento de notarme en el aire, me llena de emoción. A veces me cuesta reprimir las lágrimas. Entro muy despacio y avanzo hacia él, extiendo mi mano y dejo que me olisquee antes de tocarle. Los primeros días no le conocía y le tocaba bruscamente. Él se asustaba y enseñaba sus encías ya sin dientes, lanzando un mordisco fallido al aire, lleno de ira. Ahora, cuando me agacho y nos saludamos, busca mi regazo, mi barriga, y se frota en ella. Yo le abrazo y dejo que lo haga. Sé que me está diciendo tantas cosas. Sé que eso es lo máximo que su energía de viejo enfermo le permite demostrar.

 

Las primeras semanas dormía abajo, al lado del mueble de la televisión. Por las mañanas lo encontrábamos enrollado en el sofá, en una maniobra que no nos explicábamos. Hace unos días decidió que abajo se siente solo, y una noche, a la hora de dormir, lo encontramos al lado de la cama de nuestra perrita sana, la cual siempre ha dormido en su propia camita, en el suelo, al lado de Benjamín. El perrito enfermo estaba hecho un ovillo a ras del suelo frío. Nosotros estábamos en el baño, lavándonos los dientes y orinando antes de meternos en la cama, como todas las noches, y no nos dimos cuenta de cómo subió las escaleras que conducen a nuestra habitación. Fue enternecedor, toda una proeza para su cuerpo débil. Le felicitamos y Benjamín bajó a coger su camita. Desde entonces duerme también con nosotros. Los cuatro en un habitáculo en el que, dependiendo del calor nocturno, resulta difícil conciliar el sueño. Pero somos extremadamente felices viendo a los dos chuchos acurrucados en sus camitas, a nuestro lado. Me gusta cuando al despertar levanta la cabeza al notar nuestros movimientos, cómo me busca en mi lado de la cama, cómo se guía por los olores de la habitación para saber dónde estoy yo y dónde duerme Benjamín. Me río llena de amor. Pone su cabecita encima de la cama y espera paciente a que le dé los buenos días, le sobe detrás de las orejas, juegue con su pelo revuelto y salvaje.

Me gusta observar a Benjamín prepararle la comida. Suelo imaginar que no es al perro a quien se la prepara, sino a un bebé, quizá un bebé de ambos, quizá una personita que hemos creado entre los dos, que tiene sus cejas y mi color de piel, una personita de la que somos responsables. Suelo imaginarlo y cuando lo hago me tiemblan las piernas. Probablemente por el vértigo y el miedo. Porque al fantasear con la idea de ser padres, de ver a Benjamín siendo padre, me acuerdo de todas las metas que nos quedan por lograr, todos esos sueños de ser artistas, fotógrafo y escritora en un estudio en una preciosa casa menorquina, una de esas en mitad del campo, blanca y con las ventanas azules, o azul con las ventanas blancas, no nos importa, pero con perros y una barca con la que salir a navegar. Caigo en la cuenta de todo lo no conseguido y pienso en la última vez que tuve mi menstruación, pienso en el anillo vaginal que me pongo rigurosamente cada mes como anticonceptivo, respiro aliviada y vuelvo a ser consciente de que la comida que está preparando es para un perro enfermo. Benjamín se inventó un plato exquisito que incluso yo probaría. Coge un poco de paté de perro que compramos en el veterinario, según dice el envase de fácil digestión, y lo esparce por todo el cuenco antes de añadir las bolitas de pienso, que, según el tipo que nos lo vendió, llevan buey y arroz. Además son muy suaves para que pueda masticarlas con las tres muelas que le quedan. Para terminar, añade un poco de caldo de pollo, según dice Benjamín para que el olor le resulte más apetitoso. Empezó a prepararle una comida especial porque nos desesperaba que no comiera. Pasaban días en los que no probaba bocado de su comida para perros.

Está tan delgado. Ahora no sabría decir realmente si ha ganado peso. Sus heces siguen siendo totalmente líquidas y aunque le preparamos comidas que devora con ansia, no creo que engorde nunca más. Gracias a su pelo gris, espeso y largo logra disimular su escuálido cuerpecito. Debido a las cataratas tiene constantemente lágrimas en los ojos y lagañas resecas por toda la cara. He intentado quitárselas de mil formas pero siempre vuelven. Además odia que le limpie y me gruñe, ya no con ira, sino como en un ruego que me recuerda a los niños cuando les obligan a comer algo que detestan.

 

He reflexionado mucho sobre porqué la vida me ha dado este regalo. Lennon murió arrollado por un tren. Fue una fracción de segundo en la que de repente ya no tenía perro. Se esfumó. Mi compañero se fue y no tuvimos tiempo de crecer juntos, de envejecer juntos. Era mi primer perro y la primera vez que alguien, que era incapaz de hablar, me decía todo lo que necesitaba oír. Me daba todo lo que necesitaba tener. Un cuerpo cálido y silencioso que me acompañaba mientras escribía, mientras paseaba sin prisa o cuando no soportaba a nadie, ni siquiera a mí misma. Su sola presencia me bastaba. Lennon era todo lo que necesitaba y en un segundo todo lo que necesitaba ya no existía. Al menos no tangiblemente. Desde que el perro enfermo vive conmigo, con nosotros, he comprendido que es la oportunidad de despedirme como dos seres que se encuentran en el camino y se dan lo mejor de sí mismos, merecen despedirse. Es un regalo de la vida acompañarle en sus últimos coletazos, en sus últimos gruñidos. Es mi oportunidad de despedirme de Lennon, de enviarle recuerdos, de hacerle llegar mi mensaje. Kiko, dile a Lennon que cuando llegue allí donde esté, donde estéis, le llevaré todas las líneas que habré escrito en mi vida, y en cada una habrá un poco de él. Y el día que te vayas, ojalá dentro de muchos años más, puedas decirle que supe quererte gracias a que él me enseñó a ser capaz de hacerlo.

 

 

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