Abuelo, eras tú

MINICUENTO

Abuelo, eras tú

Hacía varias horas que nada cambiaba. Me lo había advertido el señor Ōgai antes de partir: «La estepa es el infierno. Uno camina y camina y los pasos se los traga toda esa tierra yerma». Estaba al borde de un llanto desesperado. Ya no sabía volver atrás ni tampoco tenía fuerzas para seguir avanzando, así que me senté a contemplar la calma de los rumiantes que, quizá por su mutismo y su andar lento, siempre me recuerdan a mi abuelo. Había evitado quitarme las botas durante todo el día, porque intuía que ese dolor rojo y caliente en mis pies no tendría solución en mitad de aquel páramo sin llamas. Allí sentada, mientras me quitaba la bota derecha, fui la creyente más devota del universo, le juré a Dios que si me libraba de ese escozor del demonio con un simple descanso, le entregaría la vida. Pero Dios prefiere otras vidas menos oportunistas, de modo que me abandonó con el calcetín ensangrentado por las ampollas reventadas y con una infección inmunda en la uña del dedo gordo. En el pie izquierdo el panorama no era mejor: la planta estaba en carne viva debido a que había apoyado en ésta todo el peso que la otra no soportaba. Estiré las piernas y me quedé observando los estragos del camino. No tenía calcetines limpios ni secos, ni nada con qué envolverme los pies enfermos. Empezaba a anochecer y el llanto que instantes antes había sujetado en la garganta, se escapó como un ave enjaulada. El cansancio y las lágrimas arrullan igual que una madre, y sin darme cuenta fui cayendo en un sueño manso. Soñé que mi abuelo me mecía y me curaba. Cuando desperté, yo dormía con la cabeza apoyada sobre un lomo negro que respiraba despacio. Era un yak y tenía restos de sangre y piel muerta en las barbas: mi abuelo me había lamido las heridas.


 

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