A dónde van

MINICUENTO

¿A dónde van?

Soplaba un viento verde. Un cóndor extraviado se perdía bajo las sombras de las nubes y resurgía de entre la oscuridad bañado por el sol. A nuestro lado pasaron dos campesinos de piel curtida y rojiza. Arrastraban sus mulas, cargadas sin piedad. ¿Adónde van, muchachos? Todavía no lo sabemos, contestamos. Uno de ellos, el más viejo, miró al otro de soslayo. Una mirada incomprensiva. Si no saben adónde van nunca se van a perder, dijo. Sí, eso no está bien, respondió su amigo. En silencio vimos cómo penetraron en la maleza y desaparecieron por unos instantes. Volvimos a divisarles junto al río. Estaban dando de beber a sus mulas. El más joven agitaba la mano. Creímos que saludaba, así que le devolvimos el saludo. Pero el hombre joven continuó haciendo señales. Bajamos siguiendo las marcas de sus pisadas en la espesura y fijándonos en las heces esparcidas de las bestias. Llegamos al río y caminamos bordeando la orilla durante unos minutos. Pero allí ya no había nadie. ¿Hola? ¿Dónde están? Mi voz dentro del cañón no era mía. Sonaba como la de alguien sin miedo. Intentamos regresar sobre nuestros pasos pero la maleza se había multiplicado, había crecido de un momento a otro, se había formado una broza inaccesible, habían nacido espinas donde antes solo había hojas y miles de lianas se enredaron de pronto en nudos imposibles. Entonces, advertimos unas risas. Eran los dos campesinos, carcajeándose y diciéndonos adiós desde las alturas. Antes de marcharse, el viejo gritó: ¿Ya saben adónde van, muchachos?

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