Amín

MINICUENTO

Amín

Desde el primer momento supe que estaba enfermo. Era algo en su aura, como un halo cansado, con los ojos difusos cubiertos por una telilla blanca que me hacían pensar en mi perra muerta cuando ya de vieja fue quedándose ciega y la membrana de las cataratas le borró la mirada. También se subía los pantalones en un gesto pueril y fugaz y eso hacía aún más triste su delgadez. Deduje que la enfermedad le había sorprendido sin provisiones y que nada quedaba del hombre que un día llenó con su cuerpo esas prendas. Se movía lento, casi apagado, y cuando hablaba me salpicaba saliva por los espacios que dejaron los dientes caídos. Su casa, cuatro paredes de ladrillos resecos, estaba a la orilla del desierto, y frente a ella el Pacífico. Dormía, comía, bebía y follaba en la misma habitación, y los olores de toda su vida, acumulados dentro de ese cuarto, habían creado una nube densa e irrespirable. Me gustaba hablar con él. Arrastraba tantas historias que lo único que le dolía era no tener más fuerzas para contarlas. Cada rato paraba, respiraba y tosía, siempre en el mismo orden. Y cuando se emocionaba al explicar alguna anécdota, tenía que decirle, tranquilo viejo, te vas a ahogar, y entonces el tipo paraba indignado, quizá muerto de rabia por esa debilidad que nada tenía que ver con las aventuras pasadas, y era precisamente esa incoherencia entre lo que contaba y su estado lo que acababa por hundirme. Esa última noche cocinó vieiras de su propia cosecha y patatas y pimientos, y tomamos cerveza hasta que le ardió el estómago y tuvo que irse a la cama, un colchón color polvo sobre el suelo que me daban ganas de llorar. Pero cómo no vas a estar enfermo viejo, si es un milagro que sigás vivo, le dije. Él me miró desde su cama y sonrió. Yo tampoco me lo explico vieja, dijo.


 

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