El árbol

MINICUENTO

El árbol

Hacía sólo dos semanas que los campos habían cambiado su tono amarillo invernal por el verde vívido de los pastos. Lo hicieron a la misma velocidad del cielo, que sopló sus propias nubes y todavía adormilado, nos cubría suave y tiernamente. Vi cómo las polvaredas daban paso a los prados, y cómo los árboles volvían a vestirse, cobijando a pájaros desamparados e insectos hambrientos. Suele pasarme que cada vez que me encuentro de nuevo con la vida, me refiero a esa vida tangible, esa que resurge una y otra vez, siento unas ganas irrefrenables de desprenderme de todo lo material, de mi ropa, de mi casa, e irme a vivir a ese árbol. Debe de ser por culpa de mis antepasados. Un día, hace ya muchos años, el impulso fue irrefrenable. Caminaba campo a través y yo sólo veía ese árbol, ése único y solitario árbol, majestuoso y protector, llamándome. Me decía, ven, aquí estarás mejor. Sólo necesitas lo que yo pueda darte. No veía nada más, todo era una bruma borrosa de trigo y troncos que se mezclaban. Yo sólo veía ese árbol. Me dirigí hacia él, hipnotizada, empecé a desnudarme, y conforme avanzaba mi ropa dejaba marcado el camino. Gracias a él me encontraron, días después, durmiendo entre sus ramas y cubriéndome con el calor de sus hojas. Me obligaron a bajar y a volver a la civilización. Porque estoy obligada como ser humano a ser parte de una civilización, y ahora cada vez que esa ley universal me oprime y me amarga, voy a visitar ese lugar donde una vez fui libre. Le miro desde lejos y le prometo que algún día volveré, como se le promete siempre a los grandes amores en cada puerto.

 

© Copyright. All Rights Reserved.

Todos los derechos reservados