Hijo de madera

MINICUENTO

Hijo de madera

Boglárka era una anciana maternal que se desvivía por cuidar de los demás. Era feliz sintiéndose necesitada, sabiéndose querida e imprescindible en la vida de quienes sólo esperábamos que la próxima noche fuese fría, muy fría, para que en mitad del sueño raso una ráfaga de aire gélido nos parase el corazón. Y cuando a la mañana siguiente nos descubríamos vivos y entumecidos, maldecíamos nuestra suerte por seguir aquí, con los dedos morados y la nariz llena de mocos de escarcha. Entonces, como un ángel, aparecía Boglárka buscando estómagos hambrientos que alimentar y extremidades que calentar. Arrastraba un carrito de supermercado en cuyo interior transportaba una enorme olla oxidada como la de los batallones de guerra. En ella llevaba siempre sopa de col y jengibre, y el tufo era tan agrio y el color tan mugriento, que la sopa parecía uno de nosotros cocido al vapor. Pero no nos importaba, al verla llegar todos corríamos a rodearla, y con nuestras caras famélicas le besábamos manos y pies. Ella repartía en vasos de plástico el líquido marrón con tropezones de algo blando y amargo. Nos aliviaba el alma.

Un día, mientras me servía mi ración, Boglárka me habló de su hijo. Al parecer vivía en la otra punta de Varsovia, en una casa grande con un jardín infinito que él todo el tiempo cuidaba, repleto de rosales y abedules. Me pidió que la acompañara hasta allí. Quería llevarle ropa limpia y algo de comer.

Arrastramos el carrito más de trece kilómetros. Al llegar a casa de su hijo, vi que sus ojos se iluminaban de emoción. Eran los ojos de una niña. Imaginé que así debían verse ochenta años atrás.

— Mírale, ahí está— me dijo. Su voz irradiaba amor.

— ¿Dónde, señora?— le contesté.

— Pues ¿No le ves? Justo ahí, de pie, en mitad del jardín. Te he traído para que le digas tú también que tiene que comer más. Quizá si una desconocida le dice que está muy delgado, me hace caso de una maldita vez—

Todavía hoy no sé cómo pude callarme. El miedo a romperle el corazón y mi falta de valentía me obligaron a quedarme quieta, contemplando cómo una madre vestía a ese hijo de madera y paja, y cómo daba, cucharada a cucharada, sopa de col a ese espantapájaros al que llamaba mi amor.

 

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