Roma

MINICUENTO

Roma

Aquel día de otoño y diciembre jugamos a ser desconocidos. El plan consistía en encontrarnos por casualidad paseando por las eternas calles de Roma, tropezar el uno con el otro, inventarnos un nombre y una vida, y que esas personas imaginadas se enamoraran como lo hicimos nosotros algunos años atrás. Para que el juego tuviera sentido, decidimos separarnos durante tres largas horas en las que debíamos deambular únicamente por las calles señaladas previamente en sendos mapas. Ah, qué emoción. Recuerdo que cada hombre con chaqueta de cuero y barba espesa que vislumbraba en mi camino hacía que una dulce contracción parecida a un disparo me paralizara piernas, pecho, garganta. Nunca me habían sudado tanto las manos, pues ¿cómo debe uno sentirse al andar rumbo al amor? ¿Cómo puede uno mantener la calma a sabiendas que esos pasos conducen al éxtasis máximo, la felicidad suprema? Mientras le buscaba pensaba una y otra vez en Cortázar y su “sabiendo que andábamos para encontrarnos”, aunque nosotros sí nos buscábamos, nos buscábamos desesperadamente. De pronto Roma me pareció un jardín dorado, las aceras brillaban, los turistas eran pájaros saciados, era el escenario donde iba a ocurrir la instantánea muerte. De nuevo Cortázar. Continué por Via Boezio y tomé la Via Ovidio, pensé en su Ars Amandi de mis años de bachiller: “Mientras sea posible y puedas andar sin atadura alguna por donde te plazca, elige a una que digas: "Sólo tú me gustas". Ella no te vendrá volando a través del aire ligero: tienes que buscar con los ojos una joven adecuada”. Yo era la joven adecuada, amor mío, al menos la que inventé para ti. Saqué el pequeño espejo de souvenir, miré mi reflejo y tenía el aspecto sediento de alguien con ganas de amar. Lo que me mantenía en un estado de dicha constante era figurarme sus ojos buscándome, los entrecerraría como suele hacer cuando busca a lo lejos algo que espera encontrar, se giraría sobre sus propios pasos para corroborar que esa última no era yo, me confundiría con alguna persona que de inmediato le tacharía de loco y él reiría entre avergonzado y excitado, y me di cuenta que eso que andábamos buscando era, en realidad, todo lo que éramos ya.

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