Un hombre anclado al acantilado

MINICUENTO

Un hombre anclado al acantilado

Hay un hombre clavado al acantilado Sur. Yo visitaba mucho ese lugar porque es ahí donde más fuerte rompen las olas y donde a veces la furia del mar me empapaba hasta los huesos, y me gustaba la sensación que me producía volver en el coche mojada de sal y tiritando. Cada vez que iba al acantilado Sur el hombre clavado estaba ahí, impávido, mirando hacia el oeste y nunca hacia otro lado. La primera vez que le vi pensé, mira, qué bien, otro desquiciado como yo. Pero entonces, conforme pasaban los días, y yo coincidía con ese Penélope sin bolso de piel marrón, empecé a preguntarme qué sería lo que observaba, qué sería lo que esperaba con esa devoción divina, será que está calculando su partida, será que sólo quiere volar. Tantas preguntas sin respuesta. Yo no me atrevía a acercarme, qué le vas a decir, hola, he estado observándote durante meses y quiero saber por qué no te mueves, qué es lo que quieres de este lugar. No, no tenía el valor, así que le pedí a mi amigo Leo que fuera y que actuara como una persona normal, que se acercara y le sacara toda la información que pudiera, y que de una vez por todas me rompiera las dudas. Leo me escribió esa noche diciéndome, volveré mañana al Sur, mañana te cuento. Yo mientras tanto, en casa esperando, me comía la piel donde antes estaban las uñas, tanto era mi afán por saber. Al día siguiente, por la noche, Leo me citó en la esquina de la calle Aragón. Cuando llegué, Leo estaba con dos personas muy serias, con pinta de doctores nazis, y al verme me ofreció su sonrisa de serpiente falsa y me dijo, ven, querida, ellos te darán todas las respuestas.

Así que aquí estoy, encerrada en esta habitación blanca con un informe pegado a mi puerta en el que dice: asegura que ve un hombre que no existe.

Leo, si estás leyendo esto, juro que cuando salga iré en busca del hombre clavado al acantilado Sur y juntos te daremos una paliza, traidor hijo de puta.


 

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