Vratisla

MINICUENTO

Vratislâ

Vratislâ era una mujer amorosa que no tenía a quién dar amor. Se pasaba algunos días y todas las noches en busca de cuerpos que arrullar, corazones que calentar y genitales que besar. Era bondadosa hasta ese punto en el que se pasa por idiota, porque a la pobre Vratislâ lo único que le importaba era hacer sentir a los demás que no estaban solos, y que lo único que debían hacer, sólo por solidaridad cristiana -porque aunque le hubiese gustado Vratislâ sabía que no podía alimentarse de aire-, era proporcionarle ya fuesen algunas monedas o algunas sobras que comer. Cada vez que la veía solía pagarle el autobús para que se desplazara a lugares donde el amor todavía tenía muchos huérfanos olvidados, y ella siempre insistía en agradecérmelo lamiéndome donde yo eligiera. He de confesar que algunas noches de invierno, esas que te dejan a punto del llanto, pensaba en ir a buscarla y dejarme arropar. Pero siempre elegí el frío como compañía y quizá por eso Vratislâ siempre expresó una gran lástima por mí, ay mi pequeña, me decía, deja que te de calor.

Un día de febrero, me la encontré por la mañana muy temprano. Yo iba a trabajar con prisas y no tuve tiempo de detenerme. Al final del día, al bajar del mismo autobús que trece horas antes me había llevado a la fábrica, allí seguía ella, junto a la misma marquesina donde todo aquel que buscaba afecto sabía que la encontraría. Me acerqué y le pregunté, qué tal el día Vrastilâ, hoy nadie, mi pequeña, nadie a quien abrigar.


 

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