La isleña que no conocía el mar

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LA ISLEÑA QUE NO CONOCÍA EL MAR

Diario de Menorca 8 Abr 2019


Es posible que lo que voy a contarles les suene a cuento de Rulfo o Márquez, no por la forma, no cabe decir, sino por esa luz con la que bañaron todas sus historias: una luz ilógica pero verosímil, que convertía lo imposible en realidad irrefutable. Porque yo conocí el realismo mágico el día que María me admitió que, habiendo nacido en la Isla, nunca había visto el mar. Al escuchar su historia, le dije, esto tengo que contarlo. Su única respuesta fue: de acuerdo, pero no uses mi nombre.


María, que así la llamaremos, tiene 71 años y el vigor de quien no concede permiso a los años para instalarse. Trabaja como si sus hijos siguieran siendo niños a los que alimentar, y como si no le hubiesen dado ya nueve nietos. Se mueve con la prisa de los que se sostienen gracias a la tierra, diligente, veloz, efectiva. Es la abuela de una de mis alumnas, a las que s’àvia también paga las clases de refuerzo en lengua. He venido a cobrar el mes, como siempre llena de vergüenza, me siento como el cobrador del frac pero peor, sin traje. María me abre: pasa, mujer, no te quedes ahí. Tengo que sacudirme a sus cinco perros que me reciben como si me quisieran y apartar con el pie a las gallinas que revolotean libres por el jardín. Llevo dos años viniendo a cobrar el último fin de semana del mes, y es la primera vez que la encuentro tranquila. ¿Estás de vacaciones? Bromeo, aunque en serio. Me invita a pasar a la cocina, y sin preguntarme me sirve café. Intuyo que quiere hablar de su nieta. Paula ha sacado 7 en el último examen, le informo. Comienza una charla imprevisible, en la que, no sé cómo, le acabo hablando de lo bello que estaba el mar esa mañana. Su única respuesta es: ah, yo es que nunca he visto el mar.


—¡Pero eso es imposible! ¿En una isla? ¡Imposible! —le digo, casi gritando.

—Pues ya ves, hija, imposible no hay nada.

María me explica que debido a la localización de su municipio, en el centro exacto de la Isla, el mar nunca “le ha pillado de paso”. Este “pillar de paso” hace que de pronto comprenda que la vida de María es y ha sido siempre un vivir en los intermedios, entre un acto y otro, entre un estudiar, casarse, tener hijos, trabajar su predio y todo con el telón de fondo inalterable de su pueblo. Un pueblo que está rodeado por mar, del que sólo hace falta alejarse unos kilómetros para ir a su encuentro. Le pregunto si no le gustaría conocerlo, pídele a tus nietos que te lleven, insisto. Se alza de hombros. Su única respuesta es: no importa, nunca tienen tiempo, y yo tampoco.


Me despido y de vuelta en el coche por la carretera principal, vislumbro Mallorca cortando con su Serra el rojo del atardecer. Veo un pedazo de mar, una línea recta, insuficiente. Regreso pensando en cómo es la vida, a veces, la cabrona. En cómo nos pone en medio de cosas hermosas, nos rodea de belleza, y sin embargo nos venda los ojos, nos ata los pies y las manos con rutinas y las exigencias de nuestra existencia anodina, precaria. Pienso en María y en cómo una vida puede ser sin sus contornos, puede darse sin búsquedas innecesarias. La vida sin agua, sin sal. María es una isla dentro de otra isla. Estoy escribiendo un cuento basado en ella, como los de Rulfo, pero peor, qué duda cabe.



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