La siembra

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LA SIEMBRA


Diario de Menorca 17 Jul 2019


Era la segunda vez en toda mi vida que iba a un velatorio. De la primera no recuerdo mucho porque estuve todo el sepelio en shock, era un compañero del instituto y teníamos 22 años, ustedes comprenderán. Pero esta vez he logrado permanecer consciente y alerta a los detalles por el escaso lazo que me unía al ausente. Un motivo egoísta y bajo, pero qué le vamos a hacer, no todas las muertes duelen igual y a Dios gracias que la empatía tiene sus límites.


A lo que iba. Como pude estar atenta a cada gesto, rictus o conversación, iba paseándome por la sala dando las condolencias a los que les tocaba pasar el shock y a los que, a pesar de la tristeza, lograban hablar del muerto. Y como yo estaba allí más por compromiso que por apego, pude ir recogiendo la siembra en los diferentes corrillos que siempre se forman como colmenas de zumbidos y susurros –y digo siempre porque muchos años separan un velatorio del otro y en mi primera vez ocurrió lo mismo– en los que tres, máximo cinco personas se reúnen en un círculo apretado para recordar lo que acaba de perderse.


La siembra es lo cosechado, lo plantado, lo regado. La siembra es lo que dicen los demás de nosotros cuando ya no podemos oírles, y es la idea que tienen los demás de lo que fuimos aunque nada tenga que ver con lo que fuimos. Es la parte que se ve de los campos cultivados, lo que hay bajo tierra apenas lo ha visto nadie. Intentaré explicarme: el muerto era el mejor amigo de una compañera barra conocida barra colega. Por supuesto alguna vez yo había coincidido con el muerto, pero todo lo que sabía de él se lo había oído decir a mi compañera. Resulta que ésta, en un momento de ira extrema por sentirse de pronto coja y abandonada ante la vida sin su amigo, empezó a desahogarse contra él por haber osado dejarla sola, y lo hizo de la manera más desleal posible: aireando sus secretos y vergüenzas para ver si al menos así el muerto despertaba solo para vengarse.


Lo que mi compañera soltó en ese lapsus de dolor, distaba mucho de la imagen que se narraba en el corrillo de la entrada, y los que estos contaban nada tenía que ver con lo que hablaban los que se amontonaron al lado de la ventana. Es decir, lo que escuchaba del muerto eran varias versiones del mismo, como si ese ataúd albergara el cuerpo de varios hombres, como si estuviéramos velando a muchas personas. Por supuesto, había un rasgo en común compartido por todas las memorias que le conocieron: era un cachondo, un bromista, un tipo con sentido del humor. Sabía reírse de sí mismo, odiaba la seriedad, la corrección, el saber estar. Lo que no conocía casi nadie, salvo su mejor amiga, eran los motivos por los que huía de todo lo que requería rectitud. Todo lo que escuché en esa sala fue el resumen de una vida, las distintas caras con las que nos movemos por el mundo: el generoso, el padrazo, el alegre, el bonachón, el listo, el líder. Nadie, salvo la persona que más lo conocía, sacó a relucir la otra cara, la que nos ponemos cuando nadie nos ve. Y estoy segura de que ésa no es la última versión: solo el muerto sabía qué existía bajo todos los disfraces.

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