La vida no humana

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LA VIDA NO HUMANA

Diario de Menorca 14 Jun 2019


Lunes. Suena el despertador. Levántese con las legañas y esa dulce última imagen del sueño interrumpido pegada a los ojos. Métase en la ducha lo suficiente para disimular el olor a sábanas y babas. Quémese con el café, y por fin, despierte. Mire el reloj cada veinte segundos mientras muerde la tostada. Saque a su perro el tiempo estrictamente necesario para que la vejiga no le reviente en las próximas ocho o diez horas de ausencia. Si no tiene perro y en su lugar alimenta niños, corra a aparcarlos a ese garaje donde con suerte le enseñarán algo, o al menos se los mantendrán vivos. Enfile por las rondas y maldiga el coche de alquiler que lleva delante con ritmo de turista, despreocupado, exasperadamente lento. Fiche, salude a sus compañeros, pregunte sin ningún interés real por su fin de semana. Ocupe su sitio y regrese a su sueño interrumpido mientras finge que produce. Felicidades, ya solo quedan siete horas y cincuenta minutos para volver a vivir.

 

Martes, miércoles, jueves, al fin viernes. Los viernes huelen a permiso penitenciario, a libertad conseguida. Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe, sí, haga la maldita broma. El cuerpo sabe que mañana, al menos, cambiará de escenario, de sala de torturas.

 

Sábado. Despiértese resacoso por las cañitas reglamentarias de la noche anterior. Vaya a la nevera y compruebe que de la compra del sábado pasado no queda nada. Trate de retener el mal humor que ya intuye espumante, hirviente. Póngase sólo desodorante como un acto de rebeldía contra esa ducha mañanera. Vaya al armario y compruebe que de la ropa que lavó el sábado pasado, no queda nada limpio. Invierta su mañana libre en poner otra lavadora, ir al supermercado, tender, aspirar, colocar y todos los verbos de sala de torturas que se le ocurra. Ha llegado la hora de la comida. Cocine, coma. Échese un sueñecito que se le va de las manos. Despierte y mire por la ventana la luna que ya asoma. Salga a algún bar de copas a emborracharse para no tener la sensación de que perdió su día libre.

 

Domingo. Despierte en mitad de un fango con olor a ron. Abra las persianas y compruebe que el sol quema salvaje: deben de ser más de las dos. Maldiga a su amigote o amigota por haberle liado para esa última ronda. Desayune los espaguetis del día anterior. Encienda la tele, ponga Netflix de fondo mientras mira el móvil y repasa las fotos de la noche anterior. O por el contrario, inflíjase coraje y saque su resaca a pasear. Ser parte del rebaño de domingueros da cierta ilusión de dignidad. Mire el reloj y confirme lo que su cuerpo ya sabía: se acabó el permiso de fin de semana. Deprímase profundamente al pensar en los próximos cinco días. Replantéese su vida, prométase por enésima vez buscar algo que le haga feliz.

 

“La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado. Esa vida no es humana”. Y no lo digo yo. Lo dice Juan Luis Arsuaga, paleoantropólogo y responsable de muchos hallazgos de Atapuerca, que de humanidad sabe un rato. ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Acaso no es ese sueño interrumpido, la sensibilidad ignorada? ¿El segundo de emoción por la belleza de la luna, la piel erizada por la música? ¿La búsqueda de respuestas, la capacidad de nunca conformarse? La vida consiste en arder en preguntas, decía Antonin Artaud. Y yo añado: La vida genuinamente humana consiste en arder en preguntas.

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