Nadie quien te llore

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NADIE QUIEN TE LLORE

Diario de Menorca 11 May 2019


Ayer, mientras comía con la mirada hundida en el plato y los pensamientos, oí de fondo: hallan un hombre muerto hace más de un año al que nadie había echado de menos. La frase, pronunciada por la periodista con un tono de lástima alarmantemente fingida, la falsa modulación calculada del ensayo, cayó sobre mi ánimo como una sombra. A mi alrededor, nadie pareció impresionado. Los cubiertos continuaron su choque metálico contra la porcelana. La noticia iba a pasar como aquel hombre por la vida: sin comentarios. No hay mensajes en el buzón.

 

   No pude acabar de comer. Hay personas a las que ciertas cosas nos fisuran el discurrir. Por ahí se nos llama Personas Altamente Sensibles, o PAS para los amigos, pero yo lo que creo es que sobra mucho mezquino impasible y psicópata de manual, aunque lo que yo crea de poco importa. Recogí mi plato y salí a pasear a mi perra, a la que mis cambios de humor le afectan como si entendiera. Percibe mi pulso, la arritmia del paso, la respiración tardía. Me acompaña en el malestar, y ya saben que no existe mejor compañía que un silencio sin preguntas. Paseando, pensaba en ese hombre al que habían encontrado gracias a que unos okupas estaban intentando acceder al lugar. Los vecinos llamaron, no por el olor que debía desprender ese piso embutido en mitad del ladrillo rojo de Vallecas, ni porque la correspondencia fuera acumulándose como algas podridas a la orilla del buzón, ni siquiera porque había un vecino moroso que no había pagado su parte de la comunidad. No. Llamaron porque unos malditos piojosos perroflautas habían accedido a su finca y eso sí era algo digno de robarles su preciado tiempo para denunciar.

 

   Se trataba de un hombre de 70 años. Hallaron los restos del cadáver sentados en un sillón. La periodista dijo, con un tono de consuelo barato, que no se percibían signos de violencia. ¿Que no se percibían signos de violencia? Me preguntaba, iracunda. ¿No existe violencia en un anciano que muere solo sin que absolutamente nadie note su ausencia? ¿No existe violencia en un estado que es incapaz de auxiliar como es debido la soledad a gritos de nuestros mayores? ¿De verdad no ven violencia pública, social o como quieran llamarle, en abandonar a alguien hasta eliminarlo de la presencia ciudadana? La violencia tiene numerosas formas, y todos la ejercemos de una u otra manera. Cabe la posibilidad de que ese señor al que no logro sacarme de la cabeza, haya sido un verdadero cretino con allegados y familiares, que no hubiese cultivado ni una amistad reseñable, incluso que él mismo decidiera, en su misantropía, aislarse de esta sociedad enferma. Pero, seamos lúcidos y francos: esa posibilidad es un consuelo barato como el tono de la periodista.

 

   A raíz de esta noticia, encontré también la de aquella mujer que el pasado 18 de abril fue hallada en su casa del distrito de Salamanca muerta desde hacía varios años. Tenía 83. La encontraron porque los bichos ya salían por las ventanas, y eso molestaba a los vecinos. Algo estamos haciendo realmente mal, ya no como sociedad, como seres humanos, para permitir que esto ocurra. Vivimos en una vorágine del “yo, mi, me, conmigo”, convertimos a los extraños en fantasmas.

 

   Aquel hombre murió solo, sentado en su sillón. Lo que me atormenta no es la muerte en sí: tras ella sólo hay descanso. Es imaginarme sus días hasta el final. Probablemente se levantaba, se quedaba encerrado en casa, con la televisión ahuyentando el silencio que no es compañía porque está cargado de preguntas: ¿A quién recurrir? ¿A quién llamar? ¿Por qué esta soledad? Piénsenlo por un segundo, y díganme si no es para que se nos cierre a todos la boca del estómago.

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