El pollo

DANIELA

GARCÍA

TABARES

EL POLLO

 

Me pidieron que matara un pollo mientras ellos encendían la leña. Se reían de mí. Les oía en la cocina decir Tañela, que es como en China pronuncian mi nombre, y a continuación risas. Yo gritaba y corría detrás del condenado a muerte. Le tocó el turno a un gallo enclenque y de cresta escuálida porque fue el único que no corrió más rápido que yo. Le cogí fuerte desde donde nacen las alas y lo apoyé sobre el tronco de madera talado que a la vez servía de mesa. Yo sólo gritaba y gritaba y les decía no puedo no puedo. Pero a ellos el juego les hacía tanta risa que ni me escuchaban. La mujer chilló que me diera prisa que el fuego ya estaba listo. Con una mano sujeté su cuerpo tibio y pude notar su corazoncito bombeando como si tuviera que dar sangre a un cuerpo grande y pesado. Bombeaba y bombeaba tan de prisa que a veces cuando me quedo muy quieta todavía mi mano izquierda sube y baja como si tuviera un corazón apretado. Cogí un cuchillo y rasgué firme y fuertemente su cuello. La sangre brotaba y fluía. Me manché las botas y los bajos del pantalón. De hecho no he lavado ese pantalón todavía y a quien viene a mi casa le digo que huela la sangre seca del pollo que maté. Murió tranquilo, sin mucho drama. Justo lo contrario a lo que me gusta a mí. Ya cuando su cuerpo parecía un saquito repleto de lava me senté en el suelo y lo desplumé. Lo abrí por la mitad y lo vacié. Y cuando ya estaba listo se lo llevé a esta mujer. Me miró orgullosa y me dijo está bien, sólo que Tañela, hoy comemos verduras. Tíraselo a los cerdos.

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