Fieles compañeras

DANIELA

GARCÍA

TABARES

FIELES COMPAÑERAS

 

Me cedieron la cama donde dormían. No había colchón, sólo una tabla de madera que se levantaba del suelo por cuatro patas clavadas por ellos mismos. Pocas veces me he sentido más afortunada. He estado en hoteles de cinco estrellas que me han hecho sentir profundamente triste. Me llevaron a la habitación y señalaban la televisión y tocaban las telas. Cogían mi mano y me pedían que hiciera lo mismo. Irradiaban orgullo. Pensé qué maravilla la pobreza que convierte todo en tesoros. También al mismo tiempo pensé en el esfuerzo tan estúpido que habrían hecho para comprar esa televisión. Sentí lástima por el afán de tener cosas inútiles en un entorno en el que tantas cosas útiles hacen falta. Como un colchón, por ejemplo. Y una almohada. Eso sería muy útil. Me rogaron casi de rodillas que aceptara dormir en su cama. Yo sólo les cogía de las manos y hacía reverencias, una vez y otra, y no sabía qué decir. No sé dónde durmieron ellos porque al preguntarles no me entendían, y cuando me levantaba ya estaban en el campo. Probablemente dormían en el suelo. La única diferencia con la tabla es que era más frío. La mujer venía cada noche y me cerraba el velo para que no me picaran los mosquitos. Me traía agua y me sonreía desde fuera. Veía sus dientes a través de la tela transparente y me recordaban a Jack Nicholson cuando rompe la puerta con el hacha en El Resplandor. Me quedaba mirando el techo mucho rato hasta que me dormía. Era de ladrillo sin pintar y había muchos agujeros por los que oía correr las ratitas y sus hijitos y sus uñitas hacer tititi todo el tiempo. Ese sonido me arrullaba. Me despertaba adolorida de temblar por el frío, aunque la tabla eliminó por completo el dolor de espalda por el peso de la mochila. Una noche no pude dormir. Permanecí tumbada intentando adivinar por el ruido que hacían cuántas ratas vivían allí. Calculé cincuenta y tres porque pude reconocer muchos de los sonidos que hacía cada una. Cuando empezó a clarear oí cómo corrieron a lo que supuse sería su guarida, que quedaba justo encima de mi cabeza. Me quedé dormida cuando dejé de oírlas y esa mañana soñé que era una de ellas y que por fin dormiría sin frío porque mis compañeras me arropaban.

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