mi vieja loca

DANIELA

GARCÍA

TABARES

AY, MI VIEJA LOCA

 

Me preocupé tras el tercer golpe. Me preocupé porque después de aquel estruendo, el silencio me inundó como un llanto inesperado, y a esas alturas el silencio era ya una persona amada a la que había conseguido olvidar tras mucho añorarla. Me acostumbré a sus berridos, a sus portazos, a sus gritos.

Al principio quise matarla. Me pasé los primeros meses en vela por sus quejidos nocturnos. Ella lloraba y lloraba como niña refugiada, y el sonido de su llanto paralizaba mis músculos. Me resultaba imposible enfrentarme a ella. La sola idea de llamar a su puerta y pedirle que se calmara me dejaba sin fuerzas. Pero lo cierto es que imaginé mil formas de hacerla callar: imaginé que filtraba veneno en las tuberías del edificio. Luego caí en la cuenta de que podrían resultar perjudicados vecinos cuerdos. Imaginé que coincidíamos en el ascensor y que lograba colar en su bolso algún explosivo que estallara justo en el momento en el que entrara en su casa. Imaginé que al salir del garaje ella se cruzaba en mi camino, y yo apretaba el acelerador. Imaginé tantas veces a ese diminuto y viejo engendro acallado por un accidente terrible, que no llegué a pensar realmente que el día en que eso ocurriera, el silencio volvería, y con él mi soledad.

Olvidé que su sonora desgracia conseguía que mis fantasmas no se oyeran, que mis miedos no existieran. Sus quejidos me salvaban cada noche de mis pensamientos. Me había concentrado en esa vieja esquizofrénica y había conseguido apartar de mí la comida recalentada, la tele encendida toda la noche, el sofá-ataúd al que cada noche regresaba a dormir como Drácula. Esa vieja demente había llenado mis días de planes, macabros, sí, pero planes al fin y al cabo. No sé qué le ha pasado, pero ahora no oigo nada, y el silencio no me deja pensar. No la oigo dar puñetazos a las paredes, ni romper cristales, ni siquiera su quejido perpetuo de agotamiento por tanta locura. Y tengo miedo de no volver a oírla.

Ay, mi vieja loca, no me dejes todavía, que todavía me queda mucho de lo que huir.

 

 

 

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