Mi secreto

DANIELA

GARCÍA

TABARES

MI SECRETO

 

Pasaron varios días desde que me di cuenta hasta que lo dije. Soy de natural cobarde y a mí esos asuntos me mantienen en vilo una docena de noches y seis amaneceres. No sabía cómo plantearlo. Esperé para ver si alguien menos cobarde también se hubiese percatado y decidía contarlo. Pero tras la novena noche en vela me di cuenta de que eso jamás ocurriría. Fui a trabajar con el insomnio arrastrado y esa mañana mientras reponía los guantes y las jeringuillas llegué a la conclusión de que si permanecía en silencio el mundo se convertiría en un lugar oscuro. Yo era mi propia fe en la humanidad. Tracé un plan. Se lo contaría a la más chismosa de mi edificio. Le hablaría en susurro y le haría prometer mil veces que no se lo diría a nadie. De esta forma tardaría sólo dos minutos en revelarlo a alguien como ella y todo se descubriría antes del anochecer. Quise fingir un encuentro casual. Si se lo contaba como si no fuera asunto de importancia, la cotilla correría aún más deprisa. Estas personas de vidas vacías adoran la escena de un secreto confesado en mitad de pasillos con la sensación apremiante de que cualquiera pueda oírnos. Cuanto más público y abierto sea el sitio, más placer sienten. Tuve que esperar dentro de mi coche hasta que la vi aparecer. Entré al portal tras ella, pero antes de saludarla tuve que dar dos pasos hacia atrás para respirar hondamente y que no se me notara el corazón en las sienes. Se giró y de inmediato me preguntó si me sentía bien. Sí claro, qué tal usted, ahí vamos hija. Por cierto, no estoy muy segura, pero el otro día vi a alguien tirar un cuerpo. Quise seguir explicándole, pero de súbito la mujer que hasta ese momento me había parecido vacía, se llenó de odio y lo tradujo en una fuerza titánica con la que me embistió contra los buzones. Mi cabeza dió contra el metal. No pude escuchar claramente lo que a continuación me dijo. Me cogía del cuello y apretaba con toda la ira de la que era capaz. Yo sólo rezaba, por favor que su ojo no me explote en la cara. Se le hinchaba como un globo de agua. Logré distinguir estas palabras: se lo merecía. Volví a casa y me dormí pensando en que yo no nací para interpretar el papel de héroe valiente.

 

 

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