Quiero jugar

DANIELA

GARCÍA

TABARES

QUIERO JUGAR

 

No recuerdo exactamente los días que estuve en ese lugar. Posiblemente fueron menos de los que creo. Pronto me acostumbré al silencio. También al escándalo. En China ambos fenómenos se producen al mismo tiempo. Incluso cuando todos gritan, cuando los gallos cantan y las casas crujen, todo se lo traga la enormidad de un país monstruosamente solitario. La rutina era simple: al levantarme tenía que buscarles en mitad del cañaveral y ayudarles a segar. Los días que llovió me quedé en casa cortando leña o pelando la caña y sacándole el agua. Antes de que el sol se pusiera caminaba hasta que era profundamente de noche y tenía que regresar a gatas leyendo en braille mis huellas. Veía a cuatro mujeres cada uno de los días que estuve ahí. Cada una tenía su sitio y jamás se lo intercambiaron. Jugaban y reían. Yo les observaba. Tardé en darme cuenta que jugaban con fotos. Fotos de personas. Algunas fotos en blanco y negro, otras en color. Se reían mucho, y yo me reía al mismo tiempo, muy alto, para que me vieran y me invitaran a jugar. Pero eso nunca ocurrió. Tenía mucha curiosidad. Cuando regresaba de mi paseo, ya no estaban. Tampoco la mesa y las sillas. Una noche le pregunté a mis anfitriones a qué jugaban esas mujeres. El señor miró a su mujer, sólo un instante, pero fue suficientemente eterno porque leí en sus ojos: no se lo digas. La mujer me cogió de la muñeca y pasó mi mano por su cuello, simulando que ésta era un cuchillo. Luego me sacó en mitad de la noche hacia la parte trasera de la casa, y nos adentramos por un sendero que conectaba con un bosque de árboles viejos y milenarios. Me tiró del brazo fuerte hasta ponerme de rodillas, y me hizo leer en braille los nombres de las personas de esas fotos. Eran sus tumbas. Ellas limpiaban el pueblo.

Copyright © 2016 - All rights reserved. hola@danielagarciatabares.com