Trescientas noventa y cuatro piedras

DANIELA

GARCÍA

TABARES

TRESCIENTAS NOVENTA Y CUATRO PIEDRAS

 

Hacía varias horas que intentaba rebotar las piedras en el agua tal y como me enseñaste. Pensaba que estaba sola en muchos kilómetros a la redonda porque llegué a tirar al agua trescientas noventa y cuatro piedras sin lograr rebotar ninguna, lo cual supone un intervalo de tiempo de muchas horas sin ver a nadie. Las veía hundirse como si dijeran por fin alguien me ahoga. A lo lejos apareció la figura de este hombre y al principio pensé que era un pato que se había perdido, así de pequeño le veía. Al tirar la piedra número doscientos ochenta y siete distinguí el movimiento de sus brazos y el remo. El tipo remaba como si hubiera nacido remando y no fuera a morir nunca porque el remo le hace eterno, de hecho parecía ser infinito porque el movimiento de arrastrar la balsa gracias a la fuerza de sus brazos lo convertía en parte de la tierra. Su cabeza no hizo ningún movimiento desde que le divisé, y cuando le tuve delante sólo se inclinó una fracción de milímetro en señal de reverencia que es como los chinos saludan. No me miró a los ojos. No me dijo nada. La balsa se deslizó por la orilla de piedras produciendo un sonido de pulidora de madera, hasta estar fuera del agua. Entonces me tendió su mano en sinónimo de orden. Subí por miedo a que esa cara llena de toda la paz del mundo se transformara en odio y de un momento a otro me partiera la cabeza con su remo y me la abriera como una sandía. Navegamos hasta que me quedé dormida. Cuando desperté, estaba en la misma orilla de piedras. Tenía trescientas noventa y cuatro piedras entre mis manos y todas estaban mojadas.

Copyright © 2016 - All rights reserved. hola@danielagarciatabares.com