Uñas y cerdos

DANIELA

GARCÍA

TABARES

UÑAS Y CERDOS

 

Gracias al señor Zhung supe que vengo de la tierra. Venir de la tierra es la virtud más humanizadora. Creo que la capacidad de vivir de acuerdo al sol y las lluvias eleva el alma y prioriza las sensaciones, al tiempo que nos aleja de todo lo que está vacío de espíritu. Su piel era de cuero duro, de los que se usan para azotar a las vacas, y su olor era producto de la fermentación de sus propios sudores mezclado con el de su ganado. Me quedaba mucho rato observando sus manos. De ellas nacían una uñas más largas que los días de sequía, y con ellas se ayudaba a la hora de desgranar el maíz o pelar los guisantes. Qué útiles eran. Además cortaban las hojas secas de los árboles más débiles y con sus uñas también lijaba la madera para construir algunas herramientas. Un día, todos tuvieron que irse a la ciudad en tren porque ya no quedaba pienso para los animales. Yo tuve que hacerme cargo de las cinco ovejas mientras el señor Zhung limpiaba los comederos de las bestias. Oía gritos, pero estaba tan distraída viendo pastar a los corderitos que caí en la cuenta muchos minutos después que esos gritos no eran de los cerdos sino del señor Zhung. Fui corriendo a la granja. Me encontré al señor Zhung de rodillas y de espaldas a la puerta. Le pregunté también gritando qué pasa qué pasa y me acerqué lo más rápido que pude donde estaba. Me resbalé en el orín de los cerdos. Cuando le toqué la espalda, se asustó. Por sus propios gritos no me escuchó llegar. Me miró y lloraba como un niño abandonado. Había un pequeño charco de sangre sobre sus pantalones. Los cerdos le arrancaron las uñas y algunos dedos al confundirlos con comida, así de muertos de hambre estaban.

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