Un taburete de madera

DANIELA

GARCÍA

TABARES

UN TABURETE DE MADERA

 

Fuera empezaba a llover y me invitaron a pasar. La casa no debía de medir más de dos metros y medio de alto y a lo sumo llegaba a veinte metros cuadrados. Sólo había una pared que dividía la estancia entre comedor y habitación y se distinguían una de otra porque en una no había cama y en otra no había mesa. Permanecí de pie en mitad del comedor observándolo todo como si nada fuera nuevo para mí. No me gustan las personas que entran a las casas de otras personas y lo examinan todo con la boca abierta. A mí me parece una falta de respeto actuar como si se estuviera en un museo. Pero sí, claro, hubiese sido la primera en correr a tocar cada figura, a pasar mis manos por los muebles de madera al mismo tiempo que hubiese preguntado cuánto tiempo llevan ahí. Hubiese abierto las cazuelas, los armarios, me hubiese hecho una foto al lado de su adorado Mao Tse-Tung como si fuese la mona lisa. Pero me aguanté, aunque a ellos no les hubiese importado.

Prepararon el té y lo tomamos de pie. Ellos hablaban y yo sonreía al tiempo que mis ojos se desviaban cada dos o tres segundos. Había una foto encima de la cómoda de madera en la que cuatro personas de ojos rasgados reían y rodeaban un montón de madera. Se veía que estaban en la labor de hacer un fuego. Una de ellas tenía un palo en la mano y estaba simulando disparar a otra que tenía los brazos levantados a modo de rendición. Las otras dos parecían morirse de risa con ese juego.

 

El hombre de la casa notó cómo analizaba esa foto. Fue hacia ella, la cogió y le quitó el polvo con el dorso de su mano. Antes de acercármela, la miró, y en una fracción de segundo su rostro se desencajó y todo el peso del mundo y de sus años le vinieron encima como un alud. Se descompuso y se recompuso casi al mismo tiempo, y con una media sonrisa y hablándome en su dialecto me la tendió. Yo analicé la foto y a todos los presentes. Faltaba uno de ellos. Estaban todos exactamente iguales. A pesar de mi nulo sentido de diferenciación de los rasgos orientales, pude reconocerles. Entonces pregunté por el ausente con mi pésimo mandarín y mi muy desarrollado lenguaje gestual -el que me ha dado el moverme a sitios donde nunca me entienden.

El hombre de la foto, el que tenía sus brazos levantados a modo de rendición, se rindió. Digamos que se rindió a la vida, al campo, a la soledad de los sembrados y las vacas, y con gestos que representaron una obra de teatro de cinco minutos, me llevaron a la estancia donde lo encontraron colgado de una cuerda. Me enseñaron el taburete de madera, en el que yo hacía una hora me había sentado al llegar y descargar mi mochila. Se los juro. Era ese mismo banco en el que un muerto dio su última patada y donde quiso ser muerto porque creyó que le venía mejor, y porque esa risa quizá de aquel día de hoguera y arma de madera no le eran suficientes motivos para quedarse. No lo sé. Yo, por el momento, pregunto siempre antes de sentarme si alguien se colgó con ayuda del asiento que he elegido.

 

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