Alas de pájaro

CUENTO


*ATENCIÓN: Al final de este cuento, encontrarás unas preguntas sobre la lectura.

Son unas cuestiones sencillas sobre la comprensión del texto. Si las respondes, te estaré eternamente agradecida.




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ALAS DE PÁJARO



Solo tenía que echar a correr, perderse en el río dormido de la multitud, ignorar los gritos con su nombre hasta convertirlos en un recuerdo punzante que la perseguiría el resto de sus días, llegar hasta un punto desconocido y entonces sí, mirar atrás y comprobar que la sombra había desaparecido, ya no arrastraría ese otro cuerpo perennemente cercano, dejaría de sentir la respiración caliente en el cogote, sus pasos replicados, los ojos vigilantes.

Kumiko pensaba en todas las posibilidades. Cada domingo, el mercado central abarrotado de la masa informe le abría esta esperanza: “y si…” Y ya no se reprimía, comenzaba una ensoñación factible, probable incluso, si el coraje hubiese sido una de sus virtudes. Pero no lo era, “y si…” Detenía los pensamientos temiendo que la cercanía fuera canal suficiente, y Guo pudiera escuchar sus planes ilusorios de abandonarle, soltar, por fin, su presencia, y dejarlo caer al vacío de la soledad. Una vez lo insinuó, “Guo, y si…” No pudo continuar, su hermano paralizó todas las oportunidades con una mirada suplicante: “no lo digas, Kumiko, no te atrevas a rompernos, mira que somos los hermanos más unidos de la galaxia, no sacrifiques este lazo sempiterno, guarda tu locura para tus noches insomnes”.


Los gritos de los vendedores creaban un coro antiguo y replicado. Kumiko les saludaba con familiaridad, aunque no conocía sus nombres, les dibujaba una sonrisa frágil como muestra de identificarles tras tantos años. Éstos le devolvían el gesto extendiendo la vista hacia ese hombre-sombra que siempre la acompañaba, y enseguida Kumiko distinguía la lástima asomando en sus rostros, una fracción del entrecejo compungido y los labios contraídos, signos inequívocos de la desgracia que le intuían. De pronto, el alarido de una mujer estalló entre las carpas de lona, “mi hijo”, gemía, “no está”, y la masa informe se irguió alerta, interrumpieron sus compras dominicales, incluso Guo se distrajo y bajó la guardia. No la miraba, absorto por el miedo de aquella mujer, bendita mujer. Kumiko analizaba la escena, en ese instante la atención de su hermano no le pertenecía, la había liberado. “Ahora”, pensó, “ahora saldré de prisa y una vez en la Avenida WeiXú correré por las aceras y esquivaré las gentes, los puestos ambulantes, saltaré semáforos, charcos, hasta encontrar la estación y subirme a cualquier bus que me aleje de esta sombra”.


Tensó los músculos, sentía el corazón expectante, en las muñecas, en el pulso trémulo, flexionó imperceptiblemente las rodillas para darse impulso, se vació los pulmones para aligerar el peso de la huida, “en el próximo alarido”, se decía, “en el próximo arrancaré la marcha definitiva”, estaba preparada, todos los factores jugaban a su favor. Guo no se percataría de su ausencia hasta, quizá, cuando ya hubiese cruzado las esquinas de la calle XinTao y TuePui, incluso hasta que estuviese atravesando el puente FinZé, entonces le parecería escuchar su nombre sangrando en la voz de su hermano, lo vería solo con el abandono golpeándole la vida, siendo, al fin, irremediablemente uno.

 

**

 

Aquella noche, como tantas, no pudo dormir. Esa mañana en el mercado, se había visualizado lejos, tal vez perdida, pero ante todo sintiendo la conquista de un espacio vital ignorado. Guo, en cambio, dormía tranquilo. Kumiko veía su pecho acompasado y la boca ligeramente muerta en la penumbra. Su exhalación le llegaba en ráfagas cálidas que la asfixiaban. Cuando eran niños, Kumiko adoraba la compañía de su hermano en la oscuridad, le daba paz y sus sonidos soñolientos la arrullaban. Sin embargo, como suele ocurrir con todo tipo de amor, un día empezó a detestar todo aquello que la calmaba, se imaginó durmiendo sin las restricciones del otro, abierta como una estrella de mar sobre el blanco fondo marino, tocándose sin el ahogamiento de los suspiros, sin la estrechez de la cama repartida, despertando y alargando su cuerpo en toda su magnitud, sin ningún obstáculo humano que la contuviera.

Kumiko y Guo nacieron el mismo día a la misma hora, aunque en años distintos. Su madre había erguido, alrededor de esta casualidad, el mito confinante de un solo ser dividido en dos cuerpos, dos hermanos de un solo útero y una misma alma. De niños, le pedían cada noche antes de dormir, que les contara de nuevo la historia de cómo estaban destinados a permanecer, a pesar de las exigencias del mundo, juntos como siameses inoperables.

“Sois dos mitades de una misma vida”, les decía, “igual que alas de pájaro o cuernos de ciervo, dos miembros ligados a un solo corazón. Kumiko esperó a que llegaras, Guo, para reír por primera vez. Durante los dos años en los que no tenía a su hermano, fue una niña callada y solitaria, y al nacer tú, la alegría la inundó y nuestro hogar pasó de ser un nido silencioso a una dulce algarabía. Desde el primer día, no podéis hacer nada el uno sin el otro. Una vez, cuando vuestro padre ya estaba muy enfermo y no regresaba del hospital, la abuela volvió a casa con Guo y yo me quedé con Kumiko en la sala de espera. Erais aún muy niños, Guo apenas hablaba. Kumiko pasó la noche despierta, llamando a su hermano sin descanso. Las enfermeras me pidieron que abandonara el hospital, los gritos eran desgarradores, tanto que al cabo de unas horas su voz se resintió. Me fui a la estación cercana y allí esperamos a que, a la mañana siguiente, la abuela regresara con Guo. Cuando volvisteis a veros, ambos os abrazasteis y respirasteis por fin, aliviados. La abuela tenía los ojos rojos de haber pasado la misma noche inexplicable. El equilibrio se instauró tras un caos de sufrimiento extraño. Vuestra abuela os observó reuniros y resurgir a la conciencia, y fue entonces cuando concluyó: son un mismo ser partido en dos nacimientos. Por eso, niños, no habrá circunstancia que pueda separaros, estáis unidos más allá de mi carne, de la sangre, la necesidad mutua os mantendrá vivos".



Pero Kumiko prefería morir. “Ten presente que ahora solo nos tenemos el uno al otro”, solía repetirle Guo como una amenaza prometida. Quería intentar la libertad de no tener a nadie, si esta vida era estar acompañada sin tregua, elegía la soledad de los muertos. El alba púrpura despuntaba a través del ventanuco y las sombras huían de la habitación compartida. Dentro de una hora deberían levantarse, vestirse al mismo tiempo, caminar al unísono con un eco de marcha militar, sentarse juntos en el bus, trabajar sin separarse, ella empaquetando los productos remolcados por la cinta, él cargando los paquetes hasta el contenedor. Luego, comerían ambos apartados del resto, unas horas más y podrían irse, de nuevo juntos en el bus, camino a casa con pasos idénticos, llegar y tumbarse como animales cosidos por la pernera.

Los días se sucedían y Kumiko tenía que esforzarse por trazar sus proporciones. Era fácil confundirse en el otro, olvidar dónde comenzaba y terminaba su propio cuerpo, de quién era ese olor, de quién esa agitación. Los únicos momentos que disponía a solas eran las duchas matutinas que alargaba hasta que Guo golpeaba la puerta impaciente, más por volver a tenerla cerca que por usar el baño, y entonces se palpaba desde los pies a la cabeza, reconociendo su individualidad, cerciorándose de ser una unidad independiente de esa extensión que no había escogido. Lloraba escondiéndose en el murmullo del agua. “¿Cómo sería convertirme en mi propio pájaro, en mi propio ciervo?” Sin embargo, cada vez que lo pensaba, un vértigo imposible la embestía dentro, porque lo cierto es que no podía soportar la imagen de su hermano desamparado. Kumiko, igual que un ave capturada, trataba de emprender el vuelo con Guo pendiendo de su tarso.

 

**

 

Pronto sería su cumpleaños. Después de la visita rigurosa al mercado dominical, subieron a otro bus hasta las afueras, donde se apearon en una calle polvorienta de garajes convertidos en almacenes ilegales. Gorjeos de aves exóticas, un olor de carnes prohibidas, carteles que anunciaban cosas lejanas. Ambos adoraban la proximidad de su aniversario por lo que suponía de interrupción de la rutina, una vez al año se desviaban de las rutas habituales para comprar los mismos fuegos artificiales que padre les enseñó a quemar. Acudían ineludibles a su cita, donde la señora Hoi les esperaba en su garaje con la caja repleta del ritual sagrado.


De vuelta a casa, Kumiko se hundía en el tedio, “qué idea tan absurda celebrar un nacimiento que fue en realidad mi penitencia, pensaba, qué sentido tiene fingir que me alegro de tenerle, mire donde mire y vaya donde vaya, como una aparición durante un duelo estancado. Celebrar que un año más continúo pegada, sin oportunidad de crear recuerdos distintos a los suyos, días distintos a los suyos, sin pisar escenarios en los que solo exista mi huella”.

Aquella semana percibió a Guo emocionado, le observaba en el trabajo más leve, un cierto brillo le empañaba los ojos. Kumiko asumió esta inquietud como la alegría acostumbrada en los días previos a su cumpleaños, sabía que Guo lo vivía como el regalo que sus padres dejaron en la tierra para él. Porque él sí tenía mucho que festejar, la tenía a ella y eso debía ser agradecido como padre lo pidió: estallando en el cielo las luces simultáneas de su alumbramiento, una representación gráfica y cósmica de lo que supusieron sus vidas a partir de entonces. Él sí celebraba un año más de vida: sin ella no estaría aquí. Sin embargo, Kumiko anhelaba que un día su cielo se iluminara únicamente con su propio fuego, y conmemorar así el instante verdadero en que se vio nacer como un solo ser.


Llegó el día. A través del ventanuco, Kumiko veía los pájaros tempraneros cortar la alborada con su vuelo de flecha y un desprecio imprevisto le atravesó el pecho. Guo dormía más plácido que nunca, Kumiko entrevió cierta sonrisa inconsciente en sus labios. El día sería largo, de nuevo era domingo y tenían que ir al mercado a proveerse para la semana, luego irían al parque del norte a esperar la oscuridad suficiente para prender los fuegos. Despertó a Guo zarandeándole con el pie, y al abrir los ojos éste la miró con suma nostalgia. Kumiko se sentía irascible, esa mirada de su hermano la contrarió pero el mal humor la mantuvo callada. Se vistieron y salieron juntos, Guo caminaba dando pequeños saltitos como hacía siempre que la dicha lo consumía. Pasó el trayecto en bus contemplando a su hermana, repasándole los rasgos, examinándole el perfil, a veces inhalaba profundamente cerca de su pelo como para guardarse su olor. Kumiko padecía la impaciencia en silencio. En el bus, Guo solía relajarse con la mirada colgada en el paso de las avenidas y la gente. Kumiko entendió que esa extrañeza de observarla detenidamente, tenía que deberse a que hoy era su día especial: hoy celebraba tenerla, celebraba que nunca la dejaría ir.

   

El conductor anunció la parada del mercado y todos los pasajeros bajaron atropelladamente. El cántico usual de los vendedores los sumió en la muchedumbre y Kumiko aprovechó el tumulto para descansar de esa sombra que cada día pesaba más. Se confundió en el cúmulo, se escondió tras las espaldas más anchas, evitó a Guo todo cuanto pudo sin sentirse culpable.  Lo había dejado junto al puesto de tortugas y ancas de rana de la entrada, ¿O era en el de las hortalizas cubiertas de tierra? Allí no había nadie buscándola con la mirada, no vislumbraba entre el torrente ningún rostro con aura de perdido. Decidió avanzar y buscarle en los puestos donde solían detenerse, estaba segura de que le encontraría comprando cuello de pato asado, pero en la cola solo vio caras sin nombre, todo a su alrededor era un enjambre anónimo. Tampoco lo halló en el arroz, ni en la carne, ni siquiera en los pasteles del vendedor que reclamaba clientes como un tenor. Kumiko empezó a sentir el ahogo. Un mareo de navegante primerizo la obligó a agarrarse al aire, sintió una mano desconocida sujetándola y el pánico le atenazó los ojos. De pronto, se escuchó a sí misma gritar el nombre de su hermano, lo sintió sangrar en su voz. La gente se detuvo, abrumada por la fractura de su timbre, y Kumiko recordó aquella mujer aullando por su hijo extraviado. Como una madre, buscaba en los rincones, bajo las mesas, le llamaba sin descanso con la esperanza de que estuviera atrapado en algún lugar suplicando su ayuda. Fue hasta el final del mercado, miró entre las bolsas de basura, tras los cubos, quizá se escondía como en aquel juego con el que mataban las tardes quietas del pasado. Un pájaro asustado echó a volar de pronto de entre los restos. Kumiko, entonces, se vio sola con el abandono golpeándole la vida, siendo, al fin, irremediablemente uno.




TEST DE COMPRENSIÓN LECTORA SOBRE ALAS DE PÁJARO




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