Los anhelantes

CUENTO


*ATENCIÓN: Al final de este cuento, encontrarás unas preguntas sobre la lectura.

Son unas cuestiones sencillas sobre la comprensión del texto. Si las respondes, te estaré eternamente agradecida.




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LOS ANHELANTES


—¿Cuánta mierda tiene que aguantar un hombre sólo para sobrevivir?

—Mucha —se oyó la respuesta— y más...

 

Un día, Charles Bukowski

 


En la oficina del SOC del Carrer Siurana, a las nueve y cuarto de aquel lunes extraño, comenzó una trifulca entre dos mujeres que, según los gritos de una y otra, se acusaban mutuamente de robarse el turno para ser atendidas. La máquina encargada de expedir el papelito con el número correspondiente había liado una buena, dando el mismo turno a las dos furibundas desempleadas. Eugenia, sentada al fondo de la sala, apenas distinguía de los alaridos algunos de los insultos que se proferían.

Los nervios en la oficina del Servicio de Ocupación de Catalunya siempre están al borde del precipicio, a sólo una brisa, sea en forma de comentario fútil o malinterpretado, de caer y reventar contra todos los anhelantes. Eugenia se llamaba a sí misma y al resto de los asiduos así, los anhelantes, pues no había más que observar aquellos ojos deseosos de producir para alguien y dejar, por fin, de ser carga excluida para la sociedad.

Los anhelantes tenían, de media, entre cuarenta y cinco y sesenta años. No tenían hijos o padres a su cargo, por lo general, salvo dos o tres casos de dependencia severa. Eran, básicamente, personas solteras o divorciadas que, tras una vida siendo parte de la fiesta, batallando sin lujos pero sin carencias, se vieron de pronto expulsadas de la noria, repelidas, rechazadas, olvidadas del sarao consumista y consumidor.


Podía distinguírseles por ser, cada lunes, los primeros en llegar a la oficina del SOC, incluso antes que los propios funcionarios: hombres y mujeres fofos, amondongados, sin vergüenza de presumir de coche full-equip y legañas full-descanso. Lo que más irritaba a Eugenia era ese saludo onomatopéyico que Maite, la encargada de abrir la oficina, les dirigía a los madrugadores anhelantes que esperaban junto a la puerta. Era un sonido bóvido, interlabial, parecido a un mugido de vaca perezosa y vieja. Tenía que hacerlo así porque, como siempre, el bocadillo de jamón ibérico enfundado en papel con logotipos de cadena delicatesen le impedía articular palabra.

Al fin, tras varios y largos minutos que parecieron años de guerra, uno de los funcionarios, el más subidito y aliñado, con pelo lamido por mano gominosa y chalequito con aroma a Brummel, se dignó a aparecer en la sala de espera para separar a las agarradas, que a estas alturas ya llevaban rato arrancándose ramilletes de pelo que se arremolinaban por los rincones. El estirado, en vez de reasignarles un turno a cada una y pedir disculpas por el fallo de la máquina, decidió que lo mejor era expulsarlas.

—¡Deben abandonar las dependencias! ¡En esta oficina no toleramos ningún tipo de violencia, bajo ningún concepto, así aprenderán! —chilló sobre sus berridos, y las condujo a empellones hacia la salida.

“Qué ironía”, pensó Eugenia, visiblemente contrariada ante tanta incoherencia. El ambiente quedó tocado, a pesar de los esfuerzos por parte de algunos anhelantes de dar conversación jovial y ligera que disipara el rastro de amargura.

—Es que son nuevas —le dijo Juan a Clara, aunque alzando la voz para ser oído por todos— ya se acostumbrarán. ¿O es que no te acuerdas cómo estabas tú? La primera vez, que por poco van y te denuncian por pegarle al Gordo Cabrón.

Gordo Cabrón era el funcionario encargado de revisar los expedientes y comprobar que cumplían con las cláusulas para obtener la prestación por desempleo. Aquella vez le negó a Clara todo reintegro, a falta de dos días de cotización efectiva: vuelve cuando hayas trabajado legalmente dos días más, le espetó, y Clara, como es obvio para todo proletario hijo de proletario, no soportó la humillación recién descubierta y se lanzó contra el cuello del tipo al grito de Gordo Cabrón. Quedó bautizado.

En efecto, se acostumbrarían, como todos ellos lo habían hecho. Aquellas mujeres eran candidatas indiscutibles a anhelantes. Ambas, jóvenes para la vida pero mayores para el mercado, con rastro de desgracia recién estrenada, carta de despido fresca, carpetita de documentos acabada de comprar, todo en ellas eran señales de futuras paradas de larga duración. Eugenia, con varios años de experiencia a sus espaldas, no tenía ninguna duda al respecto.

 

El número once apareció, finalmente, en la pantalla. Eugenia se levantó, se colocó el abrigo a pesar del calor artificial que albergaba la oficina, con la esperanza de disimular el jersey roído y así adquirir un aire menos necesitado, por aquello de conservar intacta la dignidad. Aquel lunes, la mesa adjudicada fue la de Silvia, la joven y preñada Silvia, tan vigorosa, tan de planes de futuro con puesto fijo. Eugenia no tenía los ánimos suficientes para soportar la imagen de Silvia, tan rebosante, tan briosa, fue una hostia a mano abierta y sin nada en el estómago.

 

—Buenos días, Eugenia, ¿Cómo has pasado la semana? —dijo la sonriente Silvia, tan de zona de confort, tan de marido enamorado, tan ajena al infierno del otro lado de la mesa.

 

Eugenia contestó con un gesto de cara y hombros que vino a decir que todo igual que siempre, que todo exactamente igual que hace cuatro años —que en realidad eran cinco, pero Eugenia había decidido deliberadamente dejar de sumar—. Eugenia le tendió su carpeta, igual de mellada que el jersey, que sus zapatos y que su bolso, lleno de parches deshilachados del plástico que ya se desconchaba. Aquella era una cita importante, pues de ésta dependía la concesión de una ayuda, mínima, paupérrima, limosna, pero ayuda, al fin y al cabo. Una de las condiciones para su obtención, era la demostración, entre otras miles y denigrantes exigencias, de que había estado buscando empleo activamente. Para ello, le habían proporcionado una ficha en la que cada fábrica, comercio o PIME en la que dejara su currículo debía estampar su sello como prueba de la buena fe de la aspirante. Debía reunir, como mínimo, un total de cincuenta sellos en tres meses.

 

Al principio, Eugenia aceptó de buen grado tal requerimiento. Se convenció de que, quizá, con los dos primeros años de rastreo activo —los últimos tres ya había desistido— no había sido suficiente, de que, quizá, le faltaba el último y definitivo empujón para hallar, por fin, un puestito escaso y mal pagado que le permitiera comer más de una vez al día. Sin embargo, pronto recordó por qué había cesado en su incansable persecución de nómina y horarios.

Los potenciales empleadores, cuando se decidían a recibirla en sus despachos, echaban un vistazo al currículo, luego a su imagen, tan humilde, tan desesperada, y de nuevo los ojos sobre la hoja de vida, limpiadora en grandes almacenes, en gimnasios, camarera, esteticién, cuidadora de niños y ancianos, cajera, y por último el postrero y no por ello menos precario, puesto de comercial en varias oenegés. Eugenia aprendió, en la primera sesión para desempleados a la que asistió, que lo mejor era prescindir de la edad en el currículo, principalmente para los jóvenes de más de cuarenta, había dicho aquel profesor fracasado con tono graciosillo, usando el arte eufemística como fuente de estimulación laboral. En las primeras entrevistas, solían omitir la pregunta de la edad por cortesía. Durante las últimas pesquisas, no había duda que la omitían por sobrentendido. Se expandió la brillante idea de que los mayores de cuarenta no debían exhibir su edad como logro a destacar en sus currículos, pero qué se habían creído, ¿que había experiencia y bagaje del que presumir? De modo que, cuando a los potenciales empleadores se les ponía delante un currículo sin años ni nacimiento, de inmediato concluían que era por vergüenza, y que a ésta sólo tenían derecho los demasiado viejos para cualquier tipo de trabajucho abonado. Lo mismo aplicaba para los inmigrantes, que entregaban currículos sin especificar procedencia, y mucho menos se les ocurría adjuntar foto en el caso de ser solicitante negro. Gracias a Dios, Eugenia sólo debía preocuparse de disimular su edad: imagínate tener que fingir también ser descendiente del Cid, chica, menos mal.

 

Los primeros sellos conseguidos fueron, en verdad, pruebas fiables de la firme intención de Eugenia. Se había vuelto a infligir esperanza, dándose un baño de autoayuda y monólogo frente al espejo, proclamándose dueña de su destino y responsable de su propia felicidad, convenciéndose de que era sólo una cuestión de actitud, de positive mind, de energía bien canalizada. Decidió enterrar en el olvido los dos primeros años de desempleo, hacer como si nunca la hubiesen ignorado, como si nunca nadie hubiese roto su currículo en varios pedazos delante de ella, mientras le decía “¿Pero tú sabes la de gente más joven que tú que me viene a pedir trabajo? Si te enseñara la montaña de currículos que tengo en la mesa…” Sí, definitivamente Eugenia emprendería, tres años después de la última decepción, la búsqueda de empleo, y esta vez lo haría desde otra perspectiva. Ahora sería más sonriente, más proactiva (a pesar de no estar muy segura de qué es ser proactivo, eso le sonaba a yogur para defecar), mostraría más sus dotes carismáticas, su capacidad de liderazgo (aunque en realidad odiaba a los líderes, líderes de qué, de quién, se preguntaba), su dinamismo (qué cruz de siglo, Euge, nena, qué cruz), su potencial. Esta vez se iban a enterar, ya verían, ningún jefe con visión de negocio la dejaría escapar. Para ello, planeó el recorrido dividiendo el mapa de la ciudad por zonas, barriendo de sur a norte todas y cada una de las calles comerciales, para terminar a las afueras, en los polígonos industriales. Calculaba cada céntimo, cada euro, asegurándose de que con tres al día tendría suficiente para fotocopias, bus y bocadillo, ¿Qué podía salir mal?

 

El primer día, perfumada con los restos de frascos vacíos que acumulaba en el baño y maquillada con el culo del pintalabios que había tenido que extraer con la uña del meñique, se subió al bus con una sensación de buenas vibras, de cosas buenas que se avecinan. Se sentó junto a un señor del que no le importó la desfachatez de sus piernas campantemente abiertas, incluso tuvo la paciencia inaudita de comprender su necesidad de airear esos huevos, pobre, si es que debe de ser muy duro tener eso allí colgando sin respirar. Se bajó en la última parada, junto al polideportivo, al que entró porque recordaba haber visto allí un bar, un día que fue a ver un partido con un tipo que le juró amor del bueno, pero que acabó siendo un desgraciado manipulador del que le costó Dios y ayuda deshacerse, pero, en fin, esa es otra historia y Eugenia prefería olvidarla. Y así era, el bar seguía allí, abierto en aquel momento para los jugadores que entrenaban.

 

—¡¿Hola?! —gritó Eugenia una vez dentro del bar vacío. De entre unas cortinas de tiras de plástico que separaban la cocina de la barra, salió una mujer mayor incluso que Eugenia, más gorda (en realidad no lo era, pero a Eugenia ese día todo el mundo le parecía peor), y más lenta.

—Dime cariño, qué te pongo —dijo la mujer, mientras se limpiaba las manos en el delantal.

—No perdona, no quiero nada. ¿Está la encargada?

El rictus de la mujer se transformó, pasando de un cálido tono cordial a un oscuro verde amenaza.

—No, para qué la quieres.

—Es que me gustaría dejarle mi currículum, en caso de necesitar a alguien… —mientras hablaba, y por las reacciones faciales de aquella mujer a sus palabras, Eugenia comprendió que estaba perdiendo el tiempo.

—Llevo aquí más de veinte años sirviendo bocadillos en partidos y entrenos, y de momento nunca he necesitado a nadie. Pero dámelo, que yo se lo entrego —y le arrebató el currículo de la mano, sin que Eugenia pudiese evitarlo.

Ya había perdido los primeros cinco céntimos del día, sabía dónde acabaría esa fotocopia, sabía que, al darse la vuelta, iría directamente a la basura. Aquella explicación de sus veinte años en el mismo puesto le pareció que sobraba, que estaba del todo fuera de lugar, a cuento de qué restregarle su estabilidad. Se quedó con ganas de contestarle: bueno, pues a lo mejor la encargada piensa que ya es hora de cambiar de aires, que con los años te has hecho una inútil y prefiere cambiarte por alguien menos glotón, que está claro dónde van todos esos lomos de cerdo y chistorras que cada mes desaparecen, eh, so foca. Pero en cambio, dijo:

—Ah, bueno, vale, muchas gracias. ¿Te importaría sellarme aquí? Es que en el paro me piden que demuestre que ando buscando trabajo…

—No tengo sello —contestó la mujer, ya sin rastro de simpatía.

—Bueno, pues tu firma. Y si te llaman del paro les dices que sí, que Eugenia Cabrera Torres dejó su currículum, ¿Sí? ¿Por favor?

—A ver, pasa el boli —qué suerte haber pensado en este detalle también, de tenderles el boli antes de que huyan, Eugenia, tía, eres una crack, se felicitó.

La mujer firmó sobre la barra, deslizó el papel con desprecio, y sin más dilaciones se escabulló entre las cortinas.

 

El resto de intentos se produjeron más o menos del mismo modo. Los encargados casi nunca estaban, así que los empleados cogían su currículo con la cara llena de altivez ante la posible competencia. Luego se relajaban al leer por encima el historial de Eugenia: no supone competencia alguna una mujer, sin edad escrita, y con semejante recorrido. Algunos encargados que se encontraban en esos momentos en los negocios, le hicieron un par de preguntas, más por costumbre que por interés, pero todos acababan despidiéndose con el mismo mantra: bueno, de momento no hay vacantes, pero me lo guardo y ya te llamaremos. Eugenia solicitaba sello o firma, dejaba instrucciones de confirmar su búsqueda de trabajo en caso de que llamaran del SOC, y se alejaba luchando por no llorar.

Realmente resultaba difícil mantenerse positiva.

 

**

 

Eugenia miraba las manos de Silvia, tan de manicura semanal y crema de manos de farmacia, que en aquel momento hojeaban sus documentos con automaticidad. Silvia detenía los ojos sobre ciertos datos, apuntaba algo en su ordenador, se levantaba para consultarle algo al oído al Gordo Cabrón, volvía, llamaba por teléfono. Eugenia observaba todas estas acciones en silencio, preguntándose qué cojones estaría indagando la niñata esa, iban a darle la ayuda o no, que se dejen de historias ya, maldita sea. Los minutos transcurridos frente a la funcionaria siempre la empujaban a pensamientos violentos, se abandonaba a ensoñaciones brutales en las que machucaba los dedos suaves y pijos de Silvia, dedos de nunca fregar, abriendo y cerrando varias veces el cajón de su escritorio hasta dejarlos como carne picada, obligándole a escribir con la otra mano, libre para tal fin, “subsidio concedido”. A veces, y sólo si la espera era una evidente pérdida de tiempo por parte del funcionario de turno, clara explicación del despilfarro de nuestro sistema, se dejaba embaucar por una idea despiadada, cruel, sórdida, se le iba la imaginación a recodos podridos de la conciencia, en los que toda manifestación de ensañamiento tiene su justificación. Ah, si supieran, si por un segundo llegasen a sospechar la miseria de sus tribulaciones y de lo que éstas habían conseguido con su ingenio, llevándolo a su máximo exponente de salvajismo y retorsión, produciendo métodos de tortura que ya querría haber conocido la Stasi. Eugenia, allí sentada, sacándose y poniéndose el único anillo que había logrado salvar del empeño, pensaba en si no sería verdad que la pobreza, la precariedad y la inseguridad no lo convierten a uno en un ser capaz de imaginar —y quién sabe si hacer— cosas horribles que sin embargo se intuyen justas. Cuánta miseria puede uno llegar a soportar sin sucumbir.

 

Aquel lunes la espera fue excesiva. Silvia se disculpaba constantemente, arguyendo problemas en el sistema informático, aunque Eugenia intuía que había algo que no les cuadraba, alguna de las condiciones no había sido cumplida, alguno de los formularios no había sido debidamente cumplimentado, o, en fin, cualquier tipo de vana formalidad no se atenía a las peticiones. Por fin, tras casi una hora contemplando el espectáculo de la burocracia, Silvia dictó sentencia.

—Ya sabes que, si por mí fuera, Eugenia, yo os daría todo lo que hiciera falta, vamos, ojalá pudiera. Pero es que no depende de mí, ya lo sabes, reina, y de acuerdo al sistema no es posible concederte ningún tipo de ayuda. Según los documentos que has aportado, llevas sin cotizar ni un solo día a la seguridad social desde hace más de cinco años, a excepción de aquellos tres días que figuran como friegaplatos, que ya me acuerdo que fue tu prima que te hizo el favor de darte de alta, y de que eso ayudó para aquella concesión. Pero, ¡ojo! que esto no sería un problema, siempre que hubieses aportado los cincuenta sellos de empresas solicitados hace tres meses.

—¡Pero si están allí, mira! —chilló Eugenia, levantándose en el acto y arrancando de las manos de Silvia la carpeta con sus documentos— ¡Está todo aquí!

—Eugenia… Si ya lo he visto… Espera, mujer, cálmate... Estás temblando… Deja que te explique, reina... De las cincuenta casillas donde debería haber sellos de empresa, hay más de veinte que están rellenadas con firmas. ¿Cómo sabemos nosotros que esas firmas no son de amigos tuyos? Es cierto que van acompañadas de teléfono y deneís, pero como imaginarás nosotros no tenemos tiempo para ponernos a llamar a nadie y averiguar si has estado buscando trabajo. ¿Lo comprendes, Eugenia? ¿Eugenia? ¿Eugenia? ¿Lo entiendes?

 

Eugenia la miraba sin verla. Ella estaba en las calles, corriendo tras los buses, resguardándose de la lluvia en portales, comiendo bocadillos en los bancos de los parques, cosiendo con cinta adhesiva las grietas de su vieja carpeta. Eugenia se veía a sí misma practicando la sonrisa antes de entrar a los comercios, contemplando su reflejo en los retrovisores para retocarse el pelo, pidiendo descuento en la copistería, en la frutería, en la charcutería, pidiendo que le fiaran como si volvieran a ser los ochenta, los noventa, como si el mundo fuese todavía un lugar donde el tendero llama a sus clientes por el nombre. Eugenia estaba en su baño, frente al espejo, dándose esa charla de motivación que ahora la hacía sentirse ridícula, estúpida, pintándose con el rimmel reseco y grumoso, con los polvos caducos, pellizcándose las mejillas para colorearlas, remendando su bolso, sus calcetines, sus pantalones, todo en ella eran parches, en la ropa y en el alma, suturas que camuflaban las vejaciones de la exclusión. Se veía revisando el mapa para asegurarse de no dejar atrás ningún posible negocio que requiriera sus servicios, exhausta y aun así dispuesta, y, como si alguien la arrastrara a través del recorrido de su existencia, se veía sola regresando a casa en la noche, rota, vacía, muerta de hambre, de sueño, de humillación.

Eugenia no dijo nada. Se levantó, volvió a colgarse su descascarillado bolso al hombro, y salió de la oficina del SOC.

 

El día era frío y opaco, un ejército de nubes hinchadas y tristes techaba el cielo. El aire helado le encogió los hombros, la encorvó, le tensó las facciones y los pasos. Con su carpeta bajo el brazo, metió las manos en los bolsillos del abrigo y echó a andar sin rumbo. Antes de doblar la esquina, oyó que alguien la llamaba a lo lejos. Eran Juan y Clara que corrían, o más bien andaban con prisa, para alcanzarla. Llegaron con la lengua fuera, se prometieron dejar de fumar.

—Tía, coño, no te vayas así, cuéntanos qué ha pasado —dijo Clara, tratando de recuperar el ritmo habitual de su respiración.

—Qué, te la han negado otra vez, ¿A que sí? Qué hijos de puta, qué cabrones, son unos mamones, Euge, no tienen remedio —dijo Juan.

De pie en la esquina, los tres anhelantes permanecieron en silencio. De vez en cuando Clara sobaba el hombro de Eugenia, que en aquellos momentos era incapaz de hablar, estaba ausente, con los ojos fijos en ninguna parte. No sabía qué iba a ser de ella, desde hacía demasiado tiempo la incertidumbre de su destino se había convertido en la única constante. No había previsto la negación. Qué ilusa, qué ingenua. Había hecho un esfuerzo colosal obligándose a no ser, una vez más, la lechera del cuento, intentando reprimir las visiones de mejora que el subsidio le ofrecería. Sin embargo, había fallado, de nuevo, de modo que sí, volvía a ser la lechera, había planeado pagar la luz, comprar butano para la estufa, jabón de platos, crema corporal, y quién sabe si incluso carne roja y vino blanco en botella de cristal. Su cántaro voló por el aire y se rompió en mil pedazos. La leche se desparramó por todas partes y sus sueños se volatilizaron.

—¿Sabéis qué? —dijo Eugenia, de pronto. Sonaba como si su voz regresara de un algún rincón muy lejano— Estoy harta, estoy hasta el mismísimo coño, hasta las santas narices. Se acabó. ¿Puedo contar con vosotros?

Juan y Clara se miraron, inquietos. Los ojos de Eugenia habían cambiado de súbito, como si una sombra algente les hubiese extraído lo humano que había en ellos, dejando a su paso unos ojos de cérvido, de animal instintivo, de fuerza que no piensa, que no se reprime, y lo peor de todo, que no siente. Eugenia había tomado una decisión. ¿Cuál? Nadie se atrevió a preguntarlo.

 

 

**

 

Era la una y media de la tarde de aquel lunes aciago. Eugenia vigilaba, tras los arbustos colindantes, el parking de la oficina del SOC. Agradeció la turbiedad del día, aquellas nubes envolvían la ciudad en una bruma lúgubre y continua. Faltaban aún treinta minutos para que dieran el cierre, aunque ya empezaban a marcharse los primeros funcionarios. Eugenia simulaba hablar por teléfono, oculta tras unas enormes gafas de sol, mientras analizaba cada movimiento. El primero en salir fue el Gordo Cabrón, que parecía luchar en cada paso contra su propia gravedad y equilibrio, y que en el momento de meterse en su coche (un Citroën Picasso) tuvo que hacerlo con una coreografía de sobra ensayada: primero dejarse caer en el asiento sobre sus monstruosas posaderas, luego agarrar con las manos la pierna derecha y ponerla sobre el acelerador, después la pierna izquierda, recolocar la monstruosa barriga a la que podría homologarse como airbag, para enseguida coger un palo que reposaba en el asiento del copiloto, en cuya punta tenía un garfio —¡un jodido garfio!— con el que pescar la puerta para poder cerrarla. Sí, aquel mórbido y deforme ser volvía a casa contento, satisfecho por su labor encomiable de librar a las arcas públicas de gorrones, de aprovechados, de zánganos que pretenden cobrar sin hacer nada, de holgazanes avispados que se creían que España es jauja, que esto es el coño de la Bernarda, aquí todo el mundo a comer de papá Estado, a mamar de la teta progresista del derecho al bienestar, pues no, para eso estaba él, para proteger a la patria de tanto parásito, para ahorrarle al dispendio cada euro rogado por el vulnerable. Eugenia le observaba inundada de ira, y sin darse cuenta se hizo sangre en el labio.

 

A las dos de la tarde, apenas quedaban dos coches en todo el aparcamiento. Eugenia paseaba y miraba la pantalla del móvil intentando parecer absorta en alguna lectura, aunque siempre con el rabillo del ojo anclado en los siguientes movimientos. Minutos más tarde, salía de la oficina Maite, la bóvida del bocata de jamón encargada de la puerta, acompañada de Silvia, la gestante y lozana Silvia. Charlaron unos minutos mientras Maite echaba la alarma y el candado a la puerta. Eugenia las vio sonreírse, darse dos besos de despedida y gritarse en mitad del estacionamiento bromas de colegueo zafio.

En ese instante, sin meditarlo, sin ni siquiera calcular distancia ni recorrido, sin ni tan solo detenerse a preguntarse qué demonios estaba haciendo, Eugenia se dejó conducir por su hastío y su tormento, por ese cansancio que ya no la dejaba respirar, hacia la dirección que tomaba Silvia, que se dirigía con cara bobalicona hacia su coche (un Mercedes Mini), escribiendo en su móvil, probablemente a su maridito banquero, que ya iba para casa, que pasaría por el súper antes, que si quería algo en especial ¿Entrecot quizá? Y Eugenia, sin ser verdaderamente consciente de sus acciones, esperó a oír el desbloqueo automático del Mini, se agachó como un soldado tras las trincheras, y en el preciso instante en que Silvia subía a su coche y se inclinaba para cerrar la puerta, Eugenia abrió la puerta trasera y se coló como pasajera.

 

Las miradas se encontraron en el retrovisor interior. Durante unos segundos, ambas permanecieron en silencio escuchando el súbito bombeo de sus sienes. Silvia, con ambas manos agarradas al volante, sintió cómo se orinaba encima. Sin parpadear, los ojos se le cubrieron de lágrimas, las extremidades se le paralizaron, la voz se le extinguió.

—Arranca, ve hacia la autovía —dijo Eugenia. Pero Silvia no respondía.

Una bocanada de olor a meado llegó a las fosas de Eugenia, y ésta, sin poder contenerse, estalló en una carcajada ilegible. Silvia empezó a lloriquear, un quejido monótono y asfixiado salía de entre sus dientes, del que se distinguía un ruego, un “por favor” ahogado, suplicante.

—¿Qué te pasa, reina? ¿Por qué lloras? ¿Es que acaso tienes miedo? —Eugenia no dejaba de reír, era un estruendo de risa incontrolable, como una presa que abre sus compuertas y libera el torrente de años acumulados.

No dejaba de ser irónico que, a pesar de las circunstancias extrañas en las que se encontraba, sintiera de un modo inequívoco que, por fin, tenía el control. Ahora era ella quien estaba al otro lado de la mesa, jugueteando con la incertidumbre, poniendo en jaque el destino de otra persona. Eugenia reía sin prisa, la situación le resultaba verdaderamente paradójica, hacía sólo unas horas había sido ella quien imploraba por una palabra que cambiara la suerte de su sino y fíjate dónde estamos ahora, se decía, ahora soy yo quien dicta sentencia.

 

Silvia, sacando fuerzas del instinto maternal que le hervía en el vientre, introdujo la primera marcha y salió del aparcamiento. A esa hora, el tráfico en la ciudad había disminuido hasta hacerse anecdótico, esa parte del mundo cumplía con la costumbre mediterránea de aperitivo, comida y siesta, y los pocos que quedaban deambulando en las aceras expedían la imagen de un anhelante en proceso de acoplamiento. Eugenia ya no reía. Había dejado de hacerlo algunas manzanas atrás, para estudiar el reflejo de los ojos de Silvia en el espejo. Los observaba, vidriosos, buscar las señales, barrer los andenes en busca de otros que la vieran y, milagrosamente, entendieran que necesitaba auxilio. Sin duda, los ojos de Silvia gritaban, bramaban. Si alguien se hubiera cruzado con ellos, es seguro que ese alguien quizá no hubiera podido salvarla, pero al menos jamás la olvidaría.

En el primer semáforo en rojo, con las sienes exhaustas por el bullir del terror, Silvia retiró los ojos del retrovisor y giró la cabeza para enfrentarse a los de Eugenia, ahora ya sin ningún espejo que la protegiera. La colisión de ambas miradas directas produjo un choque espasmódico en ambas mujeres, una suerte de temblor medular, como si aquel impacto de los ojos vivos de la otra fuera la prueba irremediable de una realidad que no acababan de creerse.

 

Eugenia y Silvia se miraban como si nunca se hubieran visto. Silvia iba a decir algo, pero el nudo en la garganta se lo impidió. Se abrazaba la enorme barriga tiesa con ambos brazos, y gimoteaba algo ininteligible mientras lloraba.

—Arranca, está en verde —dijo Eugenia, con una voz impía que ni ella misma reconoció.

Silvia continuó en dirección al ramal que llevaba a la autovía.

—Pe… Pe… Pero dónde vamos… por favor… —se oyó, por fin.

—Ya sabes que, si por mí fuera, Eugenia, yo os daría todo lo que hiciera falta, reina —la imitó Eugenia.

Silvia conducía ciega a todo lo que la envolvía. Sabía que estaba conduciendo, pero no comprendía quién daba las órdenes a sus músculos. Porque ella sentía que todo lo que era en ese instante, toda su voluntad y capacidad de raciocinio, luchaba por mantenerse en pie, de puntillas, sobre el taburete que la separaba de la soga. Todo su esfuerzo lo destinaba a mantenerse a sí misma y a su bebé con vida, y eso incluía, por lo visto, conducir. El sabio instinto que nunca duerme le decía que debía obedecer, al menos, por el momento.

 

Durante los siguientes diez minutos, ninguna emitió el más mínimo ruido. El silencio encapsulado dentro del coche solo se veía acompañado por el deslizar pegajoso de las llantas sobre la carretera. La luz continuaba diáfana, casi al borde de desvanecerse tras la multitud de nubes negras. A lo lejos se oyeron unos truenos, feroces, aunque todavía ajenos. Eugenia miraba ahora por la ventana. Los trazos veloces y alargados de las marcas en la calzada la ayudaban a pensar. Dentro de un momento debía dar la próxima orden, y sabía que existía una gran probabilidad de que ésta no fuera acatada. En ese caso, debía meditar la réplica inmediata a ese desafío. Un agujero sin fondo ni fin se abrió en el interior de su conciencia. Lo que vio en él le hizo sentir miedo de sí misma.

 

—Coge la próxima salida, estará a un kilómetro —ordenó.

La señal de dicha salida apareció instantes después. Las miradas volvieron a encontrarse, la de Silvia iba y venía constantemente de la carretera al espejo, donde le esperaban los ojos de Eugenia, clavados como ojos de ciervo disecado. En los segundos que transcurrieron hasta que el desvío se hizo visible, las sienes despertaron de esa serenidad pretendida y se entregaron de nuevo a la furia, los latidos mutuos podían oírse rompiendo el silencio embotado del coche. Ambas sabían lo que la otra estaba pensando, y ambas podían sentir que conocían sus recíprocas intenciones. Esa certeza constituía la auténtica amenaza, pues la incapacidad de sorprender al enemigo significa perder, sino todas las opciones, al menos la gran mayoría.

 

Eugenia exploraba cada minúsculo ademán en el cuerpo de Silvia. Estaba tan tensa, que podía verle las venas verdes palpitar indómitas en el dorso de sus manos adheridas al volante, detrás de las orejas, en el trozo de frente sudorosa que recortaba el espejo. El desvío se acercaba, y Silvia sostenía la mirada concentrada en la carretera recta, calculando las consecuencias de rebelarse, dar un volantazo y acelerar para pasar de largo el ramal. Se preguntaba qué haría una vez dejase atrás la salida indicada, adónde ir. En ese tramo de la autovía todas ellas llevaban a pueblos en los que nunca había estado, pueblos de cooperativas agrícolas y vinícolas, formas de autogestión que nunca había presenciado. Además, qué posibilidades tenía de llegar al siguiente pueblo con una pasajera desquiciada en el asiento trasero, alguien que no tenía nada que perder. Silvia lo sabía bien. Tras tantos años viendo a Eugenia entrar en la oficina del SOC, conociendo todos sus vaivenes, aprietos y congojas, podía jurar que, a esa mujer desahuciada que la tenía secuestrada en su propio coche, no le quedaban razones para no hacer lo que había ido a hacer.

Finalmente, Silvia tomó el desvío. Al devolver la mirada al espejo retrovisor, pudo ver en los ojos de Eugenia cómo sonreía dentro de sí, satisfecha por esta victoria.

 

Aquel pueblo, a esa hora del día, emanaba sueños plácidos y reparadores, sus calles desiertas respiraban el descanso de sus vecinos. Solo vieron un bar con la terraza vacía y una furgoneta destartalada, cuyo conductor era un anciano hablando por teléfono.

—En el cruce, gira a la izquierda, y avanza hasta el final de la calle.

—Eugenia… Por favor, te lo ruego… No nos hagas daño… Te prometo que voy a ayudarte en lo que pueda… Eugenia, por favor…

—Cállate, estoy hasta el coño de escucharte. Siempre con las mismas patrañas. ¡No! A mí ya no me engañas, pija estúpida, a mí ya no me la cuelas.

—Pero qué vas a hacer… ¿Eh?… Mujer… Mira, volvemos ahora mismo, y te juro por mi hijo— se acarició el vientre terso— que jamás le diré nada a nadie, esto queda entre las dos, te lo juro por lo que más quiero… Eugenia… Por favor…

 

**

 

—No podemos dejarla más tiempo ahí metida.

—Ya, joder, ya lo sé.

—Como le pase algo al bebé…

—Que ya lo sé, cállate, no me dejas pensar.

—Hace rato que no se la oye. Ve a echar un ojo, Juan.

—No, no, no, yo fui la última vez, tsé, por qué no vas tú.

Pero ninguno se movió. Los tres anhelantes, sentados alrededor de la mesa, sopesaban los próximos pasos. La lluvia, al fin, se había liberado de las garras del cielo, y azotaba con sus piedras de metal la fachada y las ventanas ajadas por el abandono. Clara succionaba los cigarros, los fumaba como un asmático su inhalador, y el denso humo gris bailoteaba bajo la luz amarilla de la lámpara. Eugenia calculó la hora, y de acuerdo a la profundidad de la noche que se vislumbraba tras las persianas, debían de ser las tres o cuatro de la madrugada. Aquel martes iba a ser, cuanto menos, inolvidable.

 

Silvia, por su parte, también consideraba sus opciones. Hacía un par de horas que nadie venía a verla, y decidió que ese descuido tenía una carga de vacilación que le otorgaba ventaja. Podía percibir el rumor nervioso de sus voces tras la puerta, aunque el traqueteo de la lluvia impedía que les entendiera. De pronto, cayó en la cuenta de que, seguramente, ellos tampoco escuchasen con claridad lo que ocurría dentro del zulo. Llevaba un rato trajinando con las manos para desatárselas, pero la falta de riego en los brazos se los había dormido, dejándolos como un peso inútil pendiendo en sus hombros. Tiritaba, aunque ya no de miedo. La tela con la que la amordazaban, sabía a grasa de motor y polvo concentrado. Los pies, amarrados a las patas de la silla donde la obligaron a sentarse, habían perdido también su circulación, por lo que, a falta de sangre y a golpe de frío, su cuerpo se había convertido en un saco albanado e inservible cuya única certeza era aquello que albergaba en su interior. Desesperada y harta, evaluó la distancia de caída. Si se balanceaba hasta tumbar la silla, debía asegurarse de caer de espaldas para no dar con el vientre contra el suelo. Luego debería girar sobre sí misma y frotar su mejilla contra éste, para, de esta forma, zafarse la mordaza de la boca. Después vería cómo liberarse del resto.

Empezó a columpiarse en la silla adelante y atrás, como sólo había visto hacer a los locos en las películas de psiquiátricos, y en una de esas embestidas puso todo su empeño en el impulso posterior y cayó, aliviada, sobre el respaldo. El choque seco de la cabeza contra el suelo casi la obliga a gritar, pero se contuvo a tiempo, para dar paso a un mareo inusitado que le nubló unos segundos la consciencia. Sentía algunas gotas calientes mezclársele con el pelo, debía de estar sangrando.

Al abrir la puerta, Eugenia se encontró en la oscuridad del zulo con una especie de escarabajo gigante que pataleaba torpemente con sus pies en el aire.

—¡Pero qué coño haces! ¡Vosotros! ¡Echadme una mano aquí! ¡La muy tonta se ha caído!

Juan y Clara se apresuraron, y entre los tres volvieron a sentarla. Silvia volvía a gritar con todas sus fuerzas, que ya eran, a decir verdad, las sobras. Su grito se estancó en la tela que la amordazaba, que solo dejó filtrar un hilo afilado en el aire, débil como un zumbido. No sabía cuántas veces se había orinado encima, pero de nuevo volvía a hacerlo sin poder evitarlo.

—¿Te traigo agua, guapa? —le dijo Juan, acercándose a su rostro contraído de terror.

—¡Joder, Juan! ¿Por qué no le haces un masaje en los pies, ya, de paso?

—Euge, tía, a esta mujer hay que darle algo, que está embarazada, joder. Mira que tener que decirlo yo, que soy un tío…

—¿Y qué que seas un tío? ¡¿A qué viene eso ahora?!

—¿Y qué? Pues que se supone que vosotras sabéis más de estas cosas, ¿o no? Y está claro que una mujer deshidratada con un crío dentro no es buena idea… Pero, no he dicho nada, qué sabréis vosotras de embarazos…

—Y tú sí lo sabes, ¿no? gilipollas… Euge… Juan tiene razón. Hay que darle al menos agua. Dijimos que nada de…

—¡Ya, ya, ya! ¡Dios mío, qué cruz con vosotros dos! Clara, ve a por agua. Juan, trae las linternas y nuestras tres sillas, y cierra la puerta. Vamos a hablar, no podemos perder más tiempo…

 

Mientras Clara le quitaba la mordaza y le daba de beber, sosteniéndole la barbilla con delicadeza, incluso arreglándole el pelo con los dedos, Eugenia y Juan acercaban sus sillas a Silvia. Los halos blancos de luz de las linternas encendidas se balanceaban nerviosos, alumbrando como faros repentinos fragmentos del cuartucho donde creía que iba a morir. En una esquina, alcanzó a distinguir objetos anodinos, una escoba, un cubo, un rastrillo. En otro flashazo pudo comprobar lo que ya intuía bajo el roce de sus zapatos, y es que el suelo, al igual que las paredes, jamás había sido alicatado. Exhibían la desnudez del cemento como una muestra intimidante de su utilidad, pues, ¿Qué acción amable o agradable podía llevarse a cabo en un agujero como aquel?

Los focos se detuvieron, al fin, sobre su rostro, cegándola al instante.

—¿Para qué me ponéis la luz en cara? Si ya sé quiénes sois…

—Cállate —dijo Eugenia, sintiéndose igual de estúpida que con aquel discurso positive mind —aquí yo digo quién habla y cuándo.

—Muy bien… te escucho…

—¡¿Me estás vacilando, pija de mierda?!

—Euge… vamos, mujer… Acabemos con esto ya…

—Bueno, pero que no me rete más.

—Anda, Silvia, guapa, pórtate bien, ¿Eh, bonita? Que nosotros no queremos haceros daño —Clara le acarició la tiesa barriga intentando calmarla, sin embargo, Silvia interpretó aquel gesto como la advertencia final. El miedo había regresado cobrando nuevas formas.

—Muy bien, escúchame, y escúchame bien, reina… A las nueve de la mañana, cuando abran la oficina, vas a llamar. Probablemente te conteste la zorra del bocata de jamón, o el Gordo Cabrón. Da igual, para el caso, nos da lo mismo. Probablemente, también, a estas horas ya te estén buscando, tu maridito banquero no se habrá quedado de brazos cruzados esperándote sin más.

—¿Qué marido?...

—¡Que te calles! ¿Pero habéis visto? ¡Si es que me está buscando!

 —Euge, por lo que más quieras, te lo pido, acaba ya.

—Bueno, pero que se calle… Cuando te contesten, el que sea, le dices que no vas a poder ir hoy a trabajar, que te encuentras muy indispuesta. Si te preguntan dónde estás, que tu marido está muy preocupado, les dices que te has ido… que tenías cosas que pensar… ¡Eso! sí, les dices que tenéis problemas de pareja y que necesitas tiempo… Esas cosas siempre cuelan.

—Que no tengo marido…

—¡Pues lo que sea! Y entonces, les pides lo que voy a decirte. Recuérdalo bien porque no voy a repetirlo dos veces, y sólo tienes una oportunidad para que te entiendan. Diles que ayer olvidaste dar de alta las ayudas de Eugenia Cabrera Torres, Juan Roig Escribano y Clara Flores Capdevila, y te inventas alguna de esas sandeces burocráticas sobre la urgencia de las aprobaciones, o lo que coño quieras inventarte, pero que suene a cosa urgente, a cosa que se tiene que hacer porque es de vida o muerte, ¿comprendes ya, reina?

—Pero…

—Pero qué.

—Eso no funciona así…

—¿Qué no funciona? ¡Ya veremos si funciona!

—Euge, yo creo que Silvia tiene razón… Ahora que lo dice, yo tampoco creo que sea así, tan fácil… Si no, imagínate la de chanchullos…

—Exacto… O sea, es que nosotros no decidimos nada… Es el sistema…

—¡El sistema, el sistema! ¡A la mierda el sistema! ¡El sistema me come el coño! ¿Me oís? No quiero oír una palabra más. Haz lo que tengas que hacer, pero quiero esas ayudas aprobadas para las nueve y cuarto, ¿me oyes, reinita pija?

—Eugenia… Esta mañana te la denegaron… El sistema hace sus cálculos con los datos introducidos, y entonces es él quien nos dice si desde el Ministerio está aprobada…

—¡Los datos! ¡Eso es! ¿Podéis cambiar los datos? No sé, ¿modificarlos o corregirlos?

—Bueno… Con autorización de Cristóbal…

—¿Quién es Cristóbal?

—El Gordo Cabrón… —dijo Silvia con la boca pequeña. Los tres anhelantes se echaron a reír.

 

El alba parecía no llegar nunca, y el estruendo de la lluvia se negaba a marcharse. Los tres anhelantes rodeaban a Silvia sentados en sus sillas, y ésta observaba sus rostros deformados por las sombras de la penumbra. Intuía en su risa un cansancio más allá del físico, su tormento no tenía fin. Silvia, por primera vez, fue plenamente consciente de lo que estos tiernos secuestradores en ciernes le pedían. No exigían rescates millonarios ni traspasos inmediatos de cuentas bancarias, no mencionaban ni siquiera la posibilidad de que la misma Silvia les proveyera con sus propios recursos, ni mucho menos que les diera todo cuanto tuviera a cambio de su vida y la de su hijo. Ellos no querían saber nada de su liquidez. Lo que estos tres seres incautos y algo torpes exigían, en una situación en la que bien habrían podido reclamar el oro y el moro, era, nada más y nada menos, que una exigua ayudita mensual, una parca y siempre insuficiente paga que les permitiera respirar, aunque solo fuera de forma ilusoria.

Silvia sintió, a pesar del miedo aún latente y del frío tenaz que le producía el pantalón mojado de orín, una lástima profunda e implacable hacia esos tres perturbados que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Decidió que iba a ayudarles. Ella también estaba harta de lidiar con la pena, no era fácil para un alma cándida y empática como la de Silvia enfrentarse diariamente a tanta injusticia social.

—Escuchadme… Por favor… Si me desatáis y me dejáis secarme, que me estoy muriendo de frío… Prometo ayudaros. Creo tener la manera de ayudaros, pero tenéis que dejar que me caliente... Os lo ruego…

—No, no, no, no. Ni hablar. No vamos a desatarte, sí hombre, lo que me faltaba por oír.

—Pero, ¿qué creéis que voy a hacer, así? —se señalo la barriga con la mirada— Si no sé dónde estoy, no sé dónde está mi coche, no sé nada…

—Euge… Tiene razón, voy a desatarla. Clara, vete arriba, y del armario de la habitación de la derecha tráete algo, creo que hay sábanas o mantas.

—Gracias… De verdad que no os arrepentiréis.

 

El amanecer los cogió cabeceando de sueño. Silvia se había quitado los pantalones mojados y llevaba sujeta a la cintura una manta gruesa que le hacía las veces de falda. Se paseaba de un lado a otro del cuartucho acariciándose el vientre y calmando con su filamento de voz dulce al hijo que le crecía dentro. Eugenia la contemplaba, tratando de averiguar sus verdaderas intenciones. De pronto recordó aquello que había dicho.

—¿Qué es eso de que no tienes marido?

—Pues eso…

—¿Te preñó y se largó?

—No, no… Digamos que decidí ser madre soltera desde el principio.

—¿Qué quieres decir?

—Joder, Euge, hija, a veces pareces tonta, ¿Eh? —respondió Clara— Pues que la muchacha ha querido ser madre y no le ha hecho falta ni marido ni novio ni nada de nada… Jajaja tú sí que sabes, nena.

—¿Y el anillo?

—Es el anillo de bodas de mi madre, lo llevo desde que murió.

—Ah, coño ¿Y yo cómo iba a saber eso? —dijo Eugenia, de nuevo, sintiéndose ridícula.

—Pues qué quieres que te diga, pero a mí me parece fantástico, vamos, lo más. Si quieres ser madre, pues lo eres, punto. Para qué tener que aguantar un desgraciao si podemos solitas, ¡claro que sí, joder! —Clara se sentía realmente entusiasmada ante tanta independencia femenina.

—Bueno… Me hubiese gustado “tener que aguantar” un marido, pero… El tiempo pasaba…

—Claro, claro. Que una hace lo que quiere, coño, más faltaría, nosotras parimos nosotras decidimos, ¿o no? Jajaja

 

De pronto empezaron a hablar de sus vidas. No profundamente, pero sí con honestidad. Silvia les contó lo de su tratamiento, lo de los abortos, los embriones que no agarraban, y como si las confesiones de la secuestrada abrieran un escondrijo mullido y seguro en el bosque de su zozobra, los tres anhelantes olvidaron sus roles tiránicos y se entregaron también al relato de su experiencia, explicando con más o menos detalles el suplicio de sus caminos, soltando ora entre risas, ora entre lágrimas, el peso de sus historias maltratadas. Silvia los escuchaba, e incluso en los silencios que dejaban entre una frase y otra podía oír un fondo sordo de humillación. Nunca antes había personalizado el sufrimiento de la pobreza. Silvia conocía los datos, las cifras, sabía lo que producía a nivel colectivo la negación de las ayudas y los subsidios, había estudiado la teoría socioeconómica del impacto de sus decisiones. Por eso, escucharles uno a uno, con sus voces guarecidas tras la intimidad que ofrecía la alborada, hizo que una avalancha de vergüenza le cubriera el pecho, una sensación tangible de haber sido verdugo, de deberles más de lo que ellos mismos presentían. Porque sí, tenía que reconocerlo, podía haber hecho más. De hecho, podía haber hecho mucho. No era cierto que el sistema lo decidiera todo. En sus manos había estado siempre la capacidad de introducir algún dato distinto, una errata sin maldad, una teclita de más o menos. Podía haber corroborado la búsqueda obcecada y persistente de Eugenia, haber confirmado que los cincuenta sellos de empresas eran válidos, que eran correctos y que la solicitante había estado realmente persiguiendo un trabajo legal, pues con su sola palabra hubiese bastado. Qué revelación, saberse de pronto responsable de sus desgracias, parte filtradora del tinglado. Era cierto que día a día presenciaba la desesperación en los rostros que desfilaban frente a ella, uno tras otro, caras de insomnio y sacrificio, y que ello, en ocasiones, la hacía retorcerse de lástima. Pero también era cierto que se había parapetado en la excusa sumisa y mezquina de tener que hacer bien su trabajo, de solo ser un mero transmisor de información, una simple anotadora de la verdad, y la verdad era que en la ficha de Eugenia había firmas y no sellos. Y como su pasividad exculpatoria, alianza del sistema, le impedía mentir, pues no lo había hecho, de modo que ese amor a la ley y a la verdad había llevado a aquella mujer del bolso roído a hacer lo que había ido a hacer. Ahora los comprendía.

 

—Está bien… Creo que ya son más de las nueve. ¿Me dais mi teléfono?

—Toma, no te olvides de nuestros nombres, Eugenia Cabrera Torr…—pero Silvia la calló con un gesto de la mano, como queriendo espantar moscas.

La luz ya clara del día sin lluvia se filtraba por los agujeros de las persianas, irrumpiendo como rayos láser desperdigados por toda la habitación. Los tonos de llamada se oyeron nítidamente a través del teléfono. Silvia se irguió sentada en la silla, aclaró la voz con un carraspeo que intentaba aliviar la afonía por los gritos, y miró las caras de los tres anhelantes. Rezó porque su plan diera resultado.

 

—Ei, Hola, Cristóbal. Soy yo, Silvia. Sí, sí… No te preocupes… Estoy bien, estamos bien… Es sólo que, ya sabes, últimamente me está dando muy malas noches, pero es que hoy estoy destrozada… No he pegado ojo… (Silencio) Ya… jejeje, tienes razón, lo compraré… (Silencio) Sí, sí… (Silencio) Escucha, que también te llamo porque, ya sabes, con esto del insomnio tengo más horas para darle vueltas a todo… Y anoche me puse a repasar los casos de ayudas que está concediendo el Ministerio a los parados de larga duración, lo del programa +40. Exacto… Sí… (Silencio) A mí también me trae de cabeza… (Silencio) Ya… Es que los parámetros no están muy claros… (Silencio) Ajá, sí… Pues como te decía, anoche caí en la cuenta de que la lie con tres de los solicitantes… El caso es que desde mi ordenador no puedo cambiar los datos sin tu firma electrónica, como bien sabes, jejeje… ¿tú podrías cambiarlos por mí y aprobar esas solicitudes?... (Silencio) Claro, claro, lo entiendo… Sí… Pues a ver… La cuestión es que les negué la ayuda arguyendo eso de la falta de sellos… (Silencio) Lo sé, tremendo, lo que tenemos que aguantar, si es que todo recae en nosotros… Pues resulta que he estado haciendo averiguaciones y consultando el Boletín Oficial y, pues resulta que no, no les faltaban sellos… Los tenían todos, contabilicé mal… Sí… Ya sabes, ando agotada y no doy puntada con hilo… jejeje… (Silencio) Ya, ya, tienes razón… Podría hacerlo yo mañana en la oficina… Pero, espera… ¿No teníamos sólo veinticuatro horas para modificar cualquier dato introducido en el fichero del solicitante?... jejeje… (Silencio) No te preocupes… Genial, Cristóbal… Te lo agradezco… ¿Tienes el programa abierto? Apunta…

 

Eugenia miraba ahora las manos de Silvia, tan de mujer asalariada, tan de madre ansiosa por cuidar. El abismo que había vislumbrado en su propio interior, ese oscuro e insondable vacío al que se había asomado en los momentos de mayor desesperanza, había ido abriéndose día a día, año tras año, rechazo tras rechazo. Lo que ahora cambiaba era la seguridad absoluta de que jamás caería en él. Había sentido miedo de sí misma al imaginar la tortuosa y sangrienta venganza, sin embargo, tras aquel lunes extraño, había comprobado que todos esos sueños de violencia justiciera solo eran reflejos de su propio calvario, de la impotencia brutal por una vida sin control ni futuro.

 

Silvia, ya en el coche, miraba en el retrovisor el reflejo de los tres anhelantes, cada vez más lejano. Agitaban sus manos en un adiós que sellaba una alianza cómplice y secreta, una alianza que el sistema jamás podría denegar.





TEST DE COMPRENSIÓN LECTORA SOBRE LOS ANHELANTES




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