Tetas y Revolución

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TETAS Y REVOLUCIÓN


Diario de Menorca 20 Mar 2021


Cuando unas tetas aparecen en escena, todo es silencio, confusión. El público asistente se mira entre sí, los entrecejos fruncidos, la interrogación colgando de los ojos. Unas tetas al aire tienen el poder de un grito en la capilla ardiente, del que habla cuando en la boda se pide que lo haga o calle para siempre: toda la sala se estremece, se pueden oír los músculos contraerse, las gargantas tragando saliva, la tensión que se genera exige una mirada inmediata, común, total.

Trato de explicarle esto al amigo que me ha enviado el meme. Un meme en el que aparecen unas mujeres vestidas de legionarias con el siguiente lema: “Esto sí son mujeres que trabajaron por la igualdad sin necesidad de mostrar las tetas”. Me llevo la mano abierta a la cara, un gesto que resume toda una amalgama de emociones. Una mano abierta en tu propia cara significa impaciencia, hartura, incredulidad por lo que se acaba de oír. No me puedo creer que todavía tengamos que explicarle al del meme que eso es una falacia, una posverdad populista de las más simplonas: tiro de imagen de mujer idílica en mi imaginario y la comparo con las que me parecen unas guarras incendiarias. Wow, magistral. Te creía más listo, le digo a mi amigo, porque es un buen amigo al que puedo decirle las verdades, que parece una condición obvia en toda amistad, pero no lo es, y menos, cuando se habla de temas que solo dividen.

Le explico que esas mujeres legionarias de la foto no han luchado por nada: ellas han recogido la lucha que otra mujer inició hace décadas. Una mujer que no fue pidiendo ni perdón ni permiso –tal vez Clara Campoamor y ese pensamiento que convirtió en acción y realidad: “He trabajado para que en este país los hombres encuentren a las mujeres en todas partes y no solo donde ellos van a buscarlas”–. Le pregunto, además, a mi amigo amante de la legión, de qué igualdad me habla, si de cada cien miembros solo diez son mujeres; y si no se acuerda de aquel acoso brutal sufrido por una de sus veneradas legionarias hace dos años, cuando no pudo asistir al desfile por tener que cuidar a su hija. Tres días de multa, escrache, amenazas. ¡Qué bonita la igualdad sin tetas al aire!

Lo cierto es que, con tetas o sin ellas, las mujeres hemos tratado por todos los medios de hacernos oír. Pero el mundo, como el tonto, solo mira el dedo que apunta al cielo. Con tetas o sin ellas, nuestros mensajes se diluyen en un discurso moralista: desde los cristales que rompieron las sufragistas, hasta este último 8M que convirtió a las feministas que salimos a protestar en la misma imagen del mal, nuestras formas son lo único que les importa y nunca es un buen momento para tanta manifestación. No vayamos a escuchar lo que quieren decir, no vaya a ser que nos saquen del confort de los privilegios. Ya les digo a los defensores de la igualdad sin tetas y sin protestas: nos da lo mismo, estamos acostumbradísimas a que se nos demonice cuando no acatamos lo que se espera de nosotras. Somos Lucifer en tetas quemándolo todo.

Y nuestras tetas, en contextos donde no se las requiere, generan incomodidad, casi una violencia inusitada en un entorno en el que nadie las ha pedido. Y he aquí el meollo: usar nuestras tetas como nuestras, descubrir nuestros torsos porque nos da la realísima gana, es lo que les duele a quienes solo las quieren donde las buscan: en el porno, en anuncios de cuerpos erotizados, en cualquier lugar donde las tetas de la mujer resulten agradables, deseadas, turgentes. Porque una mujer con el torso desnudo irrumpiendo en un mitin, con unas tetas como péndulos, caídas y pintadas con mensaje, no es una mujer. Es algo inclasificable, un ser monstruosamente libre. “Esto sí son mujeres” decía el meme de las legionarias. Las que hacemos con nuestro cuerpo lo mismo que los hombres que se descamisan cuando quieren, no somos mujeres, porque las mujeres de verdad saben cuándo se las requiere en tetas y cuándo deben cubrirse, una mujer tiene que saber cuándo se le da permiso para estar, una mujer tiene que saber que, si no es en contextos eróticos, las tetas deben permanecer bien guardaditas como el pecado que son. Porque no les molestan las tetas en sí, ellas son gloria sexual bendita. Lo que les escuece es que ya no pedimos permiso para hacer presente nuestro cuerpo como siempre pudieron hacerlo los hombres. ¿Un hombre con el torso desnudo y un mensaje escrito en el pecho, es incómodo? No. Pero una mujer con su torso desnudo, gritando y alzando el puño, ¡ay! Qué imagen. Cómo se atreve. Pues mira, se atreve porque ya nadie va a decirle cuándo sus tetas son bienvenidas: esa es la revolución. La libertad absoluta de existir en todas partes, con todas nuestras partes, sin permiso.